Bohunice: ¿nucleares? No, gracias

La Voz

INTERNACIONAL

X. FERNÁNDEZ

El cierre de la central de Jaslovske Bohunice, de diseño soviético, se convertirá en un referente de la estrategia en materia de la política de energía de la UE.

24 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Pese a vivir a tan solo 40 kilómetros de Bohunice, Jaro, el joven taxista y traductor eslovaco, nunca ha estado en ninguno de los pueblos que rodean la central nuclear. «¿Para qué iba a querer yo ir hasta allí? ¿Acaso hay algo interesante? Creo que aquí nadie va nunca hasta Bohunice», se justifica -sin embargo, hay un par de autobuses que hacen diariamente la ruta-. Ni siquiera sabe muy bien cómo llegar a nuestro destino y se vale de las ocho gigantescas chimeneas para orientarse. No es difícil: en un terreno tan llano como el que rodea el recinto, la instalación es visible a mucha distancia. Los humeantes conductos rompen el paisaje rural, pero no parecen entrañar ningún peligro, ni siquiera producen ruidos que perturben la tranquilidad del campo eslovaco. Nada indica que las moles tienen sus días contados. Pero así es. La central de Jaslovske Bohunice dejará de funcionar el 31 de diciembre del 2008, si no hay nuevos cambios en el plan (el Gobierno ya había señalado el 2000 como fecha de cierre, pero la pospuso) y la decisión convertirá a la planta en referente de la estrategia en materia de energía nuclear de la UE. Los habitantes de la zona parecen confiar a Dios su protección frente a cualquier tipo de mal procedente de las instalaciones de diseño soviético. Los cruces de carreteras que rodean el lugar están presididos por imágenes religiosas, una especie de versión moderna y un tanto hortera de los cruceros gallegos -los santos, a tamaño real, se parecen mucho a esas figuras que coronan los televisores de algunas casas-. Prohibición También hay una de esas estatuas, que representa a la Virgen, a la entrada de Prcenady, una pequeña localidad, con una veintena de casas y un solo bar, a un par de kilómetros de la central. Allí, un motorista, que sale de uno de los garajes, explica a Jaro que no nos vamos a poder acercar más hasta las chimeneas: «Está prohibido recorrer la carretera que pasa al lado. Tampoco se pueden sacar fotos a partir de ahí, muchas veces está la policía-», avisa -efectivamente, una señal de prohibido cierra el acceso-. Dentro del bar, una decena de obreros, en traje de faena, beben cerveza y observan como dos de ellos discuten, medio en serio, medio en broma, hasta que uno se cansa y se va. No trabajan para la planta, ni tampoco tienen ningún interés en hablar de ella. A las preguntas de Jaro sobre si les parece un riesgo vivir tan cerca de la vieja central (comenzó a construirse en 1958) sólo uno contesta: «Aquí no hay más peligro que el que puede encontrar ese en su país», asegura y hace un gesto hacia mí con la cabeza. Michal, que charla con su hijo en el jardín de una de las casas del pueblo, es de la misma opinión: «La verdad es que nunca hemos tenido miedo. Esta central no da problemas. Nadie nos ha explicado porque la cierran. Que siga o no funcionando me da igual -Michal vive de una tierra de labranza que tiene a unos kilómetros de distancia-, pero a la gente que lleva negocios por aquí o a los que trabajan en la planta no les hará mucha gracia». Nadie parece temer en Prcenady a los cuatro reactores de Bohunice y no es ninguna sorpresa. Ya lo había anunciado Álvaro Ferreira, el español encargado de gestionar los trabajos previos al desmantelamiento de las instalaciones: «La central es segura. Si se cierra es por motivos políticos y socioeconómicos. Lo ha decidido el Gobierno, coincidiendo con su entrada en la UE, pero no se ha detectado ningún tipo de fallo». Ferreira trabaja en Bratislava para la empresa española Soluziona, la filial de Fenosa que se ha hecho con el proyecto para desarrollar sin riesgos la cuenta atrás de la planta. «Estamos empezando, sólo llevamos aquí cinco meses -explica-, pero no creo que tengamos ningún problema con los plazos». Si eso es cierto, se acabarán los recelos de algunos países vecinos, como Austria, que llegó a amenazar con vetar la entrada eslovaca en la UE si no se ponía en marcha un plan para cerrar la instalación. Y es que, aunque a los lugareños no les preocupe, Viena tiene muy presente la avería en un reactor A1 (ahora definitivamente cerrado, según la Unión Europea) que afectó al subsuelo y alrededores de la central. Según el informe del suceso, la zona contaminada fue aislada y se realizan revisiones periódicas del terreno y el agua en las proximidades. Esa agua riega los campos de los alrededores del pueblo que comparte nombre con la planta, de la que apenas dista un kilómetro. Es bastante más grande que Prcenady. Le dan forma una larga fila de casas bajas en torno a la calle principal, de la que salen varias callejuelas. Las inevitables imágenes religiosas también están presentes en cada uno de los accesos. «No creo que sean para protegernos de nada. Nos gustan y ya está», explica Lucía con una sonrisa. Tiene 11 años y es de Bohunice: «Siempre estuvieron ahí», dice, señalando las chimeneas. Luego, cuando Jaro insiste, se encoge de hombros: «No sé si me gusta o no que las quiten. Me da igual». La opinión de la pequeña no coincide con la del dueño de una de las tiendas de la localidad: «Si la planta deja de funcionar va a ser malo para todos. Aquí habrá mucho menos trabajo. No creo que ninguno de los del pueblo quiera que la cierren». Poco importa que la decisión convierta al lugar en referencia de la estrategia en materia nuclear de la UE, en Bohunice no buscan la fama: «Queremos que nos dejen seguir como estamos», asegura el tendero.