Trescientas familias, hacinadas en carpas de plástico y bambú, seguían ayer ocupando una hacienda en el estado de Río de Janeiro, en una acción de protesta del Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST) de Brasil. El MST, que es una espina para Lula da Silva, recurre a las invasiones como forma de presión para pedir que se repartan las tierras. La hacienda Santa Justina, en Mangaratiba, una localidad turística de la costa, fue tomada el sábado pasado para exigir que esa improductiva propiedad de 850 hectáreas sea dividida y repartida entre sus familias. Hoy, el MST, autoproclamado el «mayor movimiento social de Brasil, quizá de América Latina», dice aglutinar a 500.000 familias, de las cuales unas 350.000 ya tienen tierras asignadas por el Gobierno y otras 150.000 permanecen en campamentos. El campamento En el montado en Mangaratiba exhibe una animada organización, en medio de la incertidumbre por un posible desalojo. Las mujeres preparaban ayer café para unas cien personas y hacían hervir una olla de arroz suficiente para alimentar a una tropa. Adolescentes bajo la supervisión de algunas madres cuidaban de los niños y organizaban juegos. Un poco más allá, bajo un toldo, fervorosos evangélicos cantaban salmos en un ritmo monótono. «Están rezando para que todo salga bien», explicó Binga, un albañil en paro. «Necesitamos la tierra. No tenemos nada», dijo. El MST siempre había simpatizado con el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula, que ha prometido llevar a cabo una «verdadera» reforma agraria. «Los Sin Tierra siempre fueron amigo del PT, pero el partido llegó al poder y no ha impuesto el ritmo de expropiaciones que nuestro movimiento esperaba», advirtieron sus líderes. Lula había prometido asignar en el 2003 tierras para 60.000 familias, pero ese año sólo fueron beneficiadas 26.000.