A un año de las elecciones y ante la atenta mirada de sus oponentes, la filtración del nombre de una espía para vengarse de un crítico pone contra la pared al presidente
02 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.?or si tuviera pocos problemas, a George W. Bush le ha explotado en la cara un caso Kelly a la americana, a un año de la cita electoral en la que pretende salir reelegido presidente. Los demócratas han olfateado la presa y no piensan abrir las fauces hasta llegar a la yugular del inquilino de la Casa Blanca. Y es que el «caso apesta», según Roy Temple, antiguo director ejecutivo del Partido Demócrata en Misuri. Como tal, vivió de cerca los más de diez años de relaciones entre Karl Rove -sospechoso de filtrar que Valerie Palme es una agente de la CIA para vengarse de su marido, Joseph Wilson, por contradecir los informes sobre las armas de Irak- y el fiscal general, John Ashcroft, cuyo departamento está encargado del caso. Sus profundos lazos políticos crean, según los demócratas, un obvio conflicto de intereses y es necesaria una comisión independiente que garantice la imparcialidad de la investigación. «Todas las opciones están abiertas», según Justicia. Mientras, agentes del FBI al mando del fiscal John Dion, con 30 años de carrera, han comenzado a rastrear los documentos de la Casa Blanca y de la CIA. El Pentágono y el Departamento de Estado podrían correr la misma suerte. El uranio inventado Para entender el escándalo hay que remontarse a principios del 2002, cuando Joseph Wilson fue enviado a Níger por Washington para investigar si Irak había comprado uranio enriquecido en ese país para desarrollar armas nucleares. Tras su misión, aseguró que no había hallado prueba alguna. Aún así se incluyó en el discurso sobre el estado de la Unión que Bush pronunció en enero. La paciencia de Wilson se acabó y decidió hacer públicas sus conclusiones. En venganza, el ex diplomático dejó entender que Karl Rove, asesor político de Bush, filtró a lo que realmente se dedica su mujer. En julio se supo que el informe sobre el uranio lo compraron agentes italianos -que posteriormente pasaron a sus colegas británicos- por unos «miles de doláres» a un diplomático nigerino que los inventó para hacer dinero.