En los ocho años de Gobierno de Cardoso, la fuerte dependencia de los capitales extranjeros ha dejado a la nación atrapada en un círculo vicioso
03 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.El candidato que gane las elecciones de Brasil heredará un país que se esfuerza por equilibrarse en la peligrosa cuerda floja de la dependencia de capitales externos creada en los ocho años de gobierno de Fernando Henrique Cardoso. Los avances económicos y sociales logrados durante su mandato fueron logrados gracias a la estabilidad inflacionaria y a los fuertes flujos de capital externo que recibió el país tras la edición del Plan Real, en julio de 1994. Sin embargo, desde 1998 se produce una progresiva retracción de ese movimiento de capitales que, aliada a sucesivos ataques especulativos, llevó a la moneda brasileña a depreciarse en más de dos tercios y a la deuda interna a triplicarse, lo que redujo la confianza de los inversores en el país, que hoy está atrapado en un círculo vicioso. Reducir la vulnerabilidad de la economía brasileña a las turbulencias financieras internacionales es precisamente uno de los objetivos de todos los candidatos a suceder a Cardoso, entre ellos el favorito de las encuestas, el socialista Lula. Éste, así como su principal adversario, el oficialista José Serra, coinciden también en la fórmula para hacerlo: aumentar las exportaciones y ampliar el mercado interno, mediante el incremento de la oferta de empleo y la mejoría del poder adquisitivo de la población. El camino para concretar esas propuestas, sin embargo, está colmado de escollos. Con una deuda pública que representa el 60% del Producto Interno Bruto (PIB), el futuro gobierno dispone de pocos recursos para invertir. Además, el margen de maniobra de futuro presidente estará fuertemente limitado, en el primer año, por el austero proyecto de presupuesto de Cardoso y por el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, que obliga al Gobierno a lograr en el 2003 un superávit equivalente al 3,75% del PIB. Además, Cardoso entregará a su sucesor un país con 7,8 millones de desempleados, unos 20 millones de miserables y un ingreso per cápita en descenso acentuado.