India es una república federal de veinticinco estados, con mil millones de habitantes, de los cuales 130 son mulsumanes. Dispone de un poderoso ejército dotado de armas nucleares. Su régimen político es una democracia parlamentaria y su principal problema es Cachemira, cuyos habitantes son de religión mulsumana, sometidos a presiones de insurgentes terroristas para que proclamen la independencia y se unan a sus hermanos de Pakistán. Este país, es una república islámica, de régimen dictatorial con 150 millones de habitantes mulsumanes y un ejército más reducido, pero también dotado de armas nucleares. Constituye la base de apoyo de los grupos terroristas que se infiltran en India para atentar, como ocurrió el pasado 14 de mayo, con 34 muertos en la base militar de Kaluchak. India ha concentrado un millón de soldados para sellar los 700 kilómetros de frontera con Pakistán y los vientos de guerra han vuelto a soplar con fuerza, temiéndose lo peor. Se cerró el espacio aéreo y una poderosa flota india bloqueó el espacio marítimo paquistaní. Los líderes políticos arengaron a sus tropas y los ejércitos desplegados iniciaron bombardeos y choques de contacto, con bajas por los dos lados. El peligro de guerra era máximo la semana pasada. Mediación internacional Estos días se ha iniciado la mediación internacional para evitar la guerra que podría desembocar en un conflicto nuclear. Ahora la crisis de Cachemira parece que tiende a remitir en intensidad. Pakistán asegura que controla el terrorismo en sus fronteras. India ha abierto el espacio aéreo y ha retirado sus barcos. Son buenas noticias para la paz mundial, pero el problema -una vez más- no es que los políticos decidan parar la guerra, que reside más bien en el corazón de las personas cuyos odios han sido inflamados. En el fondo de este conflicto laten razones estratégicas de las que otro día escribiremos.