La muerte de Jonas Savimbi, líder de Unita, dispara las ambiciones por controlar el mercado de las gemas en Angola La muerte de Jonas Savimbi, el líder de la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (Unita) ha transformado el escenario político de este país. Se abren ahora nuevas esperanzas de paz tras 28 años de guerra civil, pero los observadores temen que las distintas facciones de Unita se enzarcen en disputas internas. ¿La razón? El control del suculento negocio del tráfico ilegal de diamantes, una fuente de ingresos que ha servido para financiar uno de los conflictos más largos y sangrientos de África, en el que han perdido la vida un millón de personas y que ha causado el desplazamiento forzoso de cuatro millones más.
27 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.El pasado día 22, quince balas acabaron con la vida de Jonas Savimbi. Con él moría uno de los líderes guerrilleros más veteranos de África, pionero en la lucha contra el colonialismo portugués y contra el avance del comunismo en África. Y también desaparecía el amo del mercado ilegal de diamantes de Angola, país que cuenta con el 10% de las reservas mundiales y que abastece a los principales mercados europeos. Tras la independencia, en 1975, el comunista Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA) se hizo con el poder con el apoyo de la URSS y de Cuba. Savimbi no tardó en conseguir la ayuda de Estados Unidos y de Sudáfrica para hacer frente al avance del comunismo. Así comenzó una guerra contra el Gobierno de Luanda que ni siquiera se detuvo tras las primeras elecciones democráticas, en 1992, cuyos resultados no fueron aceptados por el derrotado Savimbi. Treinta años de conflicto Salpicado de treguas y de declaraciones de alto el fuego, el conflicto sigue abierto después de casi tres decenios. Una larga y costosa guerra de desgaste que Unita ha financiado, en buena medida, con el tráfico ilegal de diamantes, un negocio que genera unos ingresos anuales de unos 500 millones de dólares (575 millones de euros). Los yacimientos son explotados por los propios guerrilleros o por campesinos reclutados por la fuerza; también es habitual que los mineros ilegales, los garimpeiros, se vean obligados a ceder una parte de sus ganancias como «impuesto revolucionario». En 1993, la guerra de Angola era el conflicto más sangriento del planeta, con más de mil muertes diarias. La ONU denunció estos abusos y llegó a imponer en 1993 un embargo a los diamantes angoleños, que nunca pudo cumplirse por la complicidad de terceros países. Hubo un tiempo en el que la estrategia política justificaba el apoyo de Occidente a Unita. En los años ochenta, el propio Ronald Reagan llegó a calificar a Savimbi de «luchador por la libertad y contra el avance del comunismo». La guerra fría terminó hace tiempo, pero la guerra civil angoleña siguió adelante, a pesar de haberse convertido en un fósil ideológico. Sin duda, combatir era un buen negocio para Savimbi, que ha dejado a sus herederos una fortuna de 2.000 millones de dólares (casi 2.300 millones de euros). No es de extrañar que, con su muerte, se hayan disparado las ambiciones de sus secuaces por sucederle.