Un país con las manos en alto

ALBERTO MAHÍA, Enviado especial

INTERNACIONAL

El Gobierno israelí niega a los palestinos la entrada a las zonas judías, con controles en 129 carreteras

24 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

La cara de aquel palestino era un poema. Allí estaba parado, en el control que el Ejército israelí mantiene a la salida de Belén, con un soldado con los brazos como jamones golpeándole el capó de su coche blanco, un 124 modelo Palestina. El receptor de la borrasca estaba paralizado de miedo, con las manos prendidas al volante. Era un tipo débil, de aspecto inofensivo. Nadie le calculaba media bofetada ni aunque sacara una parabellum de la guantera. Mientras el soldado le ordenaba bajar del coche, una recluta de pelo rubio, gemela de Mayra Gómez Kemp, le apuntaba a la cabeza con el M-16. El hombre descendió y se dirigió al maletero con la cara de haber subido el Kilimanjaro. Abrió el portamaletas, gesto que acompañó con una sonrisa al soldado. Vacío. El joven judío se echó la escopeta a la espalda y hurgó como un sabueso sin encontrar nada. No le importó. Decidió no dejarlo pasar. Entonces, el palestino se atrevió a hablar, al tiempo que juntaba las palmas de la mano en señal de súplica. El soldado le cerró el pico con una simple mirada. La mayoría de los árabes no tiene coche e intenta salir de los territorios palestinos a pie, en busca de trabajo. Han de soportar largas colas frente a la garita de control del Ejército. Una vez registrados e identificados, pasan o no pasan. Las Fuerzas Armadas israelíes, desde el comienzo de la intifada, mantiene 129 controles en las carreteras de país, lo que provocó la división del territorio palestino en un queso de 200 agujeros. Ahogamiento económico No es por capricho. Las razones por las que el Gobierno hebreo niega la entrada a la gran mayoría de palestinos en el Estado de Israel responden a una política de ahogamiento económico, más que a un plan de seguridad. Los árabes trabajan y comen de las empresas judías. Si no van a trabajar, no sustentan a la familia. Así se convencen de que la guerra, los actos terroristas, no conducen más que a la pobreza. Por eso son cada vez más los palestinos que quieren la paz. Por mucho que odien al enemigo hebreo, el plato en la mesa, es el plato en la mesa. Pero los hay que no. Los hay que entregan su vida a la causa palestina, se visten con dinamita y se lanzan como obuses contra una pizzería, un estanco, una garita del Ejército o un bloque de cemento armado si resulta que el suicida es un nécora al volante. Como de estos está el país sobrado, Israel dedica al Ejército lo que seis españas a la seguridad social. El pasado año, el Gobierno hebreo destinó 7.200 millones de dólares a las Fuerzas Armadas (el 12% del presupuesto total). Barrio antiguo Las calles de cualquier ciudad, sea Jerusalén o Tel Aviv, están literalmente tomadas por soldados. Un paseo por el barrio antiguo de Jerusalén, a esa hora, por ejemplo, en la que gotean las macetas, las carnicerías están abiertas y el árabe pega dos tajos con la navaja al melón, chis, chas, para que caten el producto, supone sacar el pasaporte cuantas veces lo requiera la autoridad, vaciar el bolso o intentar explicar al recluta con el inglés de los indios de John Ford que eres español, de Galicia, donde jugó Revivo. Aparte de la seguridad interior, el Gobierno hebreo destinó esfuerzo y dinero a sellar el país de sus enemigos externos. Sabedores de que terroristas de Hamas o Yihad Islámica se esconden en Jordania o Siria, han rodeado el territorio con sofisticadas defensas a lo largo de su frontera. Dos alambradas electrificadas corren en paralelo a El Líbano, Siria, Jordania y Egipto. Por si alguien es inmune a a varios centenares de voltios, un camino de tierra se dibuja junto a la frontera. Un tractor pasa cada media hora para alisar el terreno. Si encuentran una huella, salta la alarma.