Israel: la destrucción del otro

ALBERTO MAHÍA, Enviado especial

INTERNACIONAL

Las comunidades hebrea y árabe, condenadas a vivir juntas, se niegan a aceptar que ninguna de las dos vaya a desaparecer

23 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

A las doce menos cuarto del mañana, seas árabe, judío o cristiano, se escucha en Israel y Palestina la llamada a la oración para los musulmanes. El grito del almuédano recuerda a todos que ha llegado la dohar, el rezo del mediodía. Los judíos están obligados a vivir con ese canto, que les cae al estómago todas las mañanas como una sopa de ortigas. Otro sonido que suena y también escuchan todos es el de las aspas de los helicópteros Apache. Atacan con misiles a pesar de que Arafat ha detenido a líderes de Hamas. En esta guerra de sonidos, en la Tierra Santa de las tres religiones monoteístas, al lanzamiento de piedras sucede el de los misiles. Más TNT, más mozos-bomba. La escalada continúa en la tierra de las certezas y del fanatismo. El Ejército israelí aplica a estas horas la ley del Talión, que está en la tradición hebrea y que en su tiempo aplicaron los nazis. Ojo por ojo. Contra el coche bomba, helicóptero Apache. Contra la ocupación judía, atentado terrorista. Nueve de cada diez judíos aprueban los asesinatos selectivos de Ariel Sharon contra los activistas palestinos. El mismo porcentaje se da en la población árabe, que aplaude los atentados de los integristas de Hamas y Yihad Islámica. Freno al proceso de paz Siempre ha sido así. Se trata de devolver el golpe. Pero ahora se han calentado, se comportan como gallos de pelea. Este recrudecimiento del conflicto viene de la provocadora visita que el primer ministro israelí, Ariel Sharon, realizó a la Explanada de las Mezquitas en septiembre del 2000. En aquel tiempo, el proceso de paz caminaba a paso lento, pero caminaba. Israel estaba dispuesto a reconocer el Estado palestino. Y de repente, apareció Sharon. Acudió a la Explanada contra lo que pensaban en su propio partido, contra los intereses árabes, contra los deseos de Estados Unidos y la Unión Europea. Contra todos. El halcón del Likud, arropado por su Ejército, paseó por la Explanada. Y se armó el belén, estalló la segunda intifada. Más coches bomba, más muertes... Hoy, la Explanada de las Mezquitas está cerrada al público. La puerta de acceso está sellada por soldados de gatillo fácil. «Out, out», gritan al transeúnte que se acerca a 25 metros de la garita. A la guerra de las armas se suma la guerra económica. Palestina no tiene de qué vivir, más que de las ayudas internacionales. El paro supera el 65%, los turistas no llegan a la plaza del Pesebre, sus hoteles y restaurantes están cerrados. El bloqueo israelí a las ciudades de la Autonomía Palestina ha asfixiado a la economía local. Todas las carreteras son judías, el agua que beben es judía, el comercio es judío... Casi todo es judío. Y si alguien puede dar trabajo, ese será un judío. «Este mes me he quedado sin sueldo», comenta Tahar, un palestino domiciliado en Belén pero que se gana la vida en el oeste de Jerusalén como mozo de limpieza. El cierre de las fronteras de los territorios le ha cogido por sorpresa en zona palestina. Ahora deberá esperar a que finalice el conflicto. Hoy, ese final está más cerca que ayer. Las tropas judías abandonaron los territorios palestinos y Sharon estudia liberar a Arafat del encierro forzoso de Ramala. El gesto responde a las presiones de los sectores industriales del país, que desde el cierre de las fronteras se han quedado sin la mano de obra de los palestinos, lo que llevó a algunas industrias a cerrar sus puertas.