MANU LEGUINECHE ANÁLISIS
06 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.El maharajá Hari Singh de Cachemira era el playboy número uno de los Himalayas. No reparaba en gastos para caprichos, por muy caros que fueran. Hasta que terminaron las delicias de Capua y, en 1947, con la participación de la India y Pakistán, joyas de la corona británica, el príncipe se vio obligado a tomar una decisión histórica: la de entregar Cachemira a la India o Pakistán. La mayoría de la población era (y es) musulmana, pero el Singh se inclinó por India, que prometió un plebiscito que nunca llegaría. Empezó una tensión que aún late hoy. India y Pakistán han librado tres guerras. Se habla de la cuarta. Pero algo ha cambiado desde la separación de 1947 por una opción religiosa y es que India es potencia nuclear desde 1974 y Pakistán desde 1998. Se calcula que India posee 250 cabezas nucleares por 150 Pakistán, que perdió tres guerras y perderá la cuarta, si llega. La desproporción es evidente. Cachemira arde desde hace 12 años en guerra subcutánea. Los soldados de Alá pakistaníes atacan e India reprime. El que fue valle feliz hasta los 80 ha sufrido en torno a los 30.000 muertos. Pakistán quiere Cachemira e India no cede. «La guerra no es necesaria» dice el primer ministro indio Vajpayee. La reunión de los países del sur de Asia en Nepal, con el apoyo de EEUU y Gran Bretaña, se convertirá en un bálsamo sobre la herida del pasado y los peligros del presente. Ninguna de las naciones quiere guerra. Pacto de no agresión Una victoria de India no resolvería nada e incluso provocaría más rabiosas oleadas de terrorismo. India lo sabe y necesita un Pakistán estable. Por eso, los dos estados se amenazan o se estrechan la mano al pairo de los sucesos según pinten oros o bastos. El ataque terrorista de los musulmanes al Parlamento de Nueva Delhi el 13 de diciembre elevó la tensión al límite. Ahora han jurado de nuevo no atacar sus respectivos centros nucleares. Algo es algo, a la espera de que India acepte una especie de Andorra en Cachemira. El presidente pakistáni Musharraf ha tenido que frenar a estos comandos que cruzan la frontera para llevar la destrucción a Cachemira. Si el general Zia ul-Haq islamizó la sociedad, Musharraf desanda el camino para evitar que la República Islámica de Pakistán vaya aún más lejos. Musharraf es de educación británica, sale en televisión con sus perros pekineses (impuros para el Islam) y bebe whisky. Hasta ahora todo le ha salido bien al general nacido en la India, a la que odia y ha combatido en dos guerras, pero hay quienes no descartan para él un final parecido al que sufrió Anuar el Sadat en Egipto: la muerte en un desfile. Por eso Musharraf no convoca desfiles militares y duerme cada noche en una cama distinta.