Lluvia, buitres y voluntarios

La Voz

INTERNACIONAL

MARA MAHÍA / DIARIO DE UNA GALLEGA EN NUEVA YORK El pillaje y el racismo empiezan a asomar entre los escombros de Manhattan Como si si fuera cosa de meigas, el viernes se escucharon truenos y el cielo se iluminó un par de veces, como si la ira de los dioses se cebase con Manhattan. Llovió con rabia durante horas, con esa constancia pendenciera que sólo le he visto a la lluvia gallega.

15 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

No hay nada peor en Nueva York que un terrible día de lluvia o de nieve. Recuerdo cómo se colapsó la ciudad hace un par de años, cuando una mañana amaneció lloviendo con tanto coraje que tuvieron que poner policías en el metro para organizar a los pasajeros, que corrían desbocados. Como si el caos no se conformara con el desastre y la lluvia, también estaba anunciada la visita de Bush. Pesadilla Esta mañana me desperté en la misma pesadilla, pero ahora, con tanta lluvia, todo se ha vuelto más gris que un policía franquista. La tele lleva encendida desde el martes a las nueve de la mañana. En las noticias locales, el alcalde Giuliani se queja del caos informativo. No quiere dar falsas esperanzas, aún no se ha encontrado a nadie vivo. Protesta por la imbecilidad de algún simpático que se había pasado el día de ayer anunciando más bombas. Giuliani se queja también de varios pseudovoluntarios que se habían adentrado en el lugar del siniestro bajo pretexto de ir a ayudar, y que fueron detenidos robando en las tiendas de la zona. Comienzan a salir los buitres a hurgar en la carroña, y los rateros sin escrúpulos empiezan a hacer de las suyas. Una empresa de telemarketing ha estado llamando a ancianos para pedirles donaciones económicas. Puro fraude. «¡Iros a casa!» Anoche, la calle 11 esquina sureste con la Primera, donde hay una mezquita árabe, se convirtió en el escenario de una película de Spike Lee. Un montón de policías hablaban con un grupo de árabes, unos vestidos al estilo occidental, otros con sus vestimentas tradicionales. Enfrente, dos chicos blancos portan una bandera americana y una sábana en la que se lee «Nuestra venganza caerá sobre vosotros» y «Debería daros vergüenza». Alrededor de la mezquita se juntan unas cincuenta personas, y una chica comienza a gritar: «¡Iros a vuestra casa, no sois americanos!». En un instante me encuentro gritando y aplaudiendo. Todos gritamos: «¡Racistas, xenófobos bastardos!». A la media hora, los dos chicos doblan con cuidado la bandera, quitan la pancarta y se van. Rescate Cuando regreso a casa, la televisión muestra imágenes de los servicios de rescate bajo la lluvia, separando escombros y cortando vigas de acero con sierras eléctricas. Continúa lloviendo y en la tele siguen con la pesadilla. No se me ha ocurrido ir a la oficina, después de lo de ayer, cuando nos desalojaron por una amenaza de bomba. No quiero volver a subirme a un rascacielos. Mi vecino Enrique, de Valencia, me propone apuntarnos como voluntarios. En información nos dan varios teléfonos, y llamamos a la Cruz Roja. Nos preguntan qué sabemos hacer, y los dos nos quedamos pasmados. Él es fotógrafo, yo soy escritora. No sabemos hacer nada. En la tele, Giuliani dice que ya no quieren más voluntarios, que ya tienen bastantes, y pide a los periodistas que cubren el rescate que no vuelvan a preguntar a los bomberos cómo se sienten. ¿Qué clase de pregunta es esa?