En salvaje defensa de la verbena

La intervención de la Guardia Civil para aguar una fiesta prende un levantamiento feroz con pedradas, tiros, heridos y 17 detenidos «entre presuntos y sospechosos»


Redacción / la Voz

Vaya por delante que «actos tan ruines y cobardes como al que nos referimos merecen la reprobación de toda persona honrada y llevan la indignación al ánimo». Estamos a 31 de mayo de 1901, y «en la parroquia de Morás, lugar de Uges, término municipal de Arteijo, se celebró anteayer una romería en honor del Espíritu Santo, o más bien como pretexto para que la patulea soez de las aldeas vecinas [...] se divirtiese a su modo corriendo la pólvora y cometiendo tropelías. Tan pacífica prometía ser la fiesta, que ya a su solo anuncio comenzaron a llover en el Gobierno Civil peticiones para que se enviasen a Morás fuerzas de la benemérita».

Y como la solicitud fue atendida, «allá fueron, en efecto, tres parejas de dicha fuerza». Una era «de infantería». Las otras dos, «de caballería», todas al mando del cabo Guillermo López. La fiesta transcurrió «en orden relativo», por la presencia de los guardias y, «sobre todo, la luz del día, que obligaba a dar la cara a los revoltosos, les infundía saludable temor y les hizo ser prudentes entonces».

Al caer la tarde, el cabo ordenó a sus hombres que comenzasen «a disolver los grupos y a hacer que terminasen los bailes». Los mozos obedecieron «refunfuñando y de mal grado». Eso sí, sin que ocurriese «cosa mayor».

«Gozosos quizá los guardias de haber salido del paso tan bien librados», recogieron sus bártulos y emprendieron el regreso al cuartel. Primero partieron los que iban a pie. «Era ya entonces de noche [...], las diez próximamente».

Otro baile

Al llegar a la altura de la vecina aldea de Feáns, la pareja «encontró obstruida la carretera por numerosa turba». Sucedía que allí «se celebraba un baile, y el jaleo entre los concurrentes era grande». A la Guardia Civil le dio por imponer el orden, y «quieras que no, hizo cesar la música y dispersó a los bailarines». Apaciguadas algunas «protestas sordas», la pareja «prosiguió su camino».

Sus compañeros de caballería marchaban a media hora. Cuando llegaron a Feáns -a cuya entrada había «grandes masas de árboles, matorrales espesos [...], zanjas y vallados-, los estaban esperando. Se oyó, «partiendo de entre la maleza, el grito de: ‘‘¡Muera la Guardia Civil!’’».

Emboscada

Abortada la verbena, empezaba el rosario de la aurora. «Simultáneamente de uno y otro lado del camino partieron una nube de balas y de piedras. Las detonaciones de arma de fuego eran continuadas. Las piedras, todas de gran tamaño, llovían». Al tiempo, los «ocultos enemigos, los apostrofaban desde la sombra» y bramaban: «¡Son nosos!».

Para cuando «comenzaron los guardias a hacer fuego», como si se tratase de un espectáculo taurino, «los vecinos de Feáns, asomándose con cautela por puertas y ventanas, contemplaban pacíficamente la refriega».

Increíblemente no se contaron más heridos que dos, uno por bando. El peor parado fue un guardia al que una bala «fue a alojársele en los testículos», con lo que «la cura fue todo lo dolorosa que puede suponerse». Poco a poco, las fuerzas del orden se hicieron dueñas de la situación, y una vez llegados refuerzos, pudieron practicar 17 detenciones «entre presuntos y sospechosos». Todos eran «mocetones aldeanos, rudos y zafios», aunque «al ingresar en la cárcel, mansos y con apariencia de humildísimas personas, parecía que ninguno de ellos es capaz de matar una mosca». Pero les habían chafado la verbena...

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
11 votos
Comentarios

En salvaje defensa de la verbena