Jarana de las tres, las doce o las trece uvas

Llegase de Francia o de Alicante, la tradición de recibir el año atragantados se convirtió sin remedio en deporte nacional, aun con varios cambios de reglamento


Redacción / la Voz

Sobre el origen hay unas cuantas teorías. Que si la importó de Francia la aristocracia del XIX, que si fue consecuencia de un excedente de cosecha en Alicante... Lo único seguro es que hace algo más de un siglo empezó a arraigar la costumbre de maridar campanadas y uvas para recibir el año. En las reuniones de postín, con moderación: «Esta noche celebra el Nuevo Club su anunciada y brillantísima fiesta de despedida de año [...]. Cuando den las doce, el champagne y las tres uvas tradicionales consagrarán [...] la entrada solemne y alegrísima de 1911». En las populares, no tanto: «Los más prácticos empinaron sus botas de vino, y al mismo tiempo que sus camaradas tragaban doce uvas, atizaban ellos doce latigazos, uno por campanada».

Por si la docena de la suerte no bastase, una extra quizás asegurase mayor fortuna. Por lo visto, era bastante frecuente, y muy oportuno para entrar en 1913. «Las gentes [...] esperaron a que las solemnes campanadas vibrasen en el reloj municipal, para hacer los honores a las trece consabidas uvas, entre grandes demostraciones de alborozo». También en el 14, «en muchas casas [...] se tomaron con champagne o con otro vino nacional cualquiera las consabidas trece uvas», que tampoco era para ir sumando cada año. Menos, después de una copiosa y «espléndida cena [...] a ocho pesetas el cubierto». «Menú: consomé royatti, merluza frita, perdiz a la cazadora, espárragos museline, jamón en dulce, postres, doce uvas a cada comensal y una copa de champagne», según un anuncio de 1926, en el que el restaurante prometía, además, la música de una orquestina.

A las mejores fiestas no se podía ir con cualquier trapo. «Los caballeros vestirán de frac. Nada hay que decir de la elegancia exquisita de las damas», porque «es lo más seguro que, después de que la despedida estupenda se haya realizado entre taponazos y vítores, la gente joven haga baile».

Con menos pompa y sin galicismos a la mesa era la celebración popular. Tras la cena, los vecinos bajaban a cualquier plaza donde hubiese un reloj que les indicase cuándo atragantarse. Después, «por las calles, animadísimas hasta la madrugada» no faltaban «las murgas, los organillos estrepitosos ni las parrandas alegrísimas».

Desde la Puerta del Sol

Así lo contaba el corresponsal de La Voz, por telégrafo, desde la zona cero de la Nochevieja hispana: «Con el mismo bullicio e igual algarabía de años anteriores, unas cinco mil personas reunidas en la Puerta del Sol hicieron anoche, a las doce en punto, una recepción jubilosa al nuevo año de 1910. Desde media hora antes [...] iban llegando a la amplia plaza compactos grupos de hombres, mujeres y chiquillos, provistos de panderas, guitarras, tambores y demás instrumentos, tales como almireces, sartenes, tapaderas de lata, a guisa de platillos, etcétera. Cada cual aparecía provisto de su cartucho de uvas, más las correspondientes botas con abundante morapio. El vocerío era ensordecedor, una alegría desbordante. Se bailó por todo lo alto, y se hizo exhibición de formidables borracheras con todo el consiguiente estrépito. La primera campanada de las doce, dada por el reloj de Gobernación, fue acogida con una salva de aplausos [...]. La última [...] fue saludada por un viva unánime y solemne al nuevo año. Este se festejó después con bailes, libaciones y otros excesos».

«Llegue en buena hora el 1914, y que ustedes puedan verlo morir».

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