Los desenterradores de vacas

Los coruñeses descubren espantados unos «hechos escandalosísimos»: un grupo de desaprensivos exhuma reses muertas para introducirlas en el mercado


Redacción / la Voz

Verano de 1901. La carne escasea y está por las nubes, pero hay donde se pone a la venta a precio más bien asequible. «Tras no poco trabajo», La Voz destapa los motivos, «que espantan por su horrible desnudez». Para horror de los vecinos de A Coruña, descubre que «a tres kilómetros» de la ciudad «ocurren hechos escandalosísimos que atentan gravemente a la salud». Un «mal viejo y tan corriente allí [...] que nadie se asusta de ello».

El origen del caso está «en el vecino lugar de la Grela», donde «existen varias sociedades de ganados. El vacuno [...], el que aquí más abunda, está inscripto y garantido [...]. Si una de las reses [...] muere por enfermedad o accidente [...] la carne y demás despojos se entierran para evitar que sean destinados al consumo». Al menos, en teoría.

Los buitres de Vioño

En la práctica, no siempre es así. «El sábado de la semana última se murió un buey [...]. Disponíase el interesado a enterrar los despojos [...], pero he aquí que se presentan seis individuos de Vioño y, cuchillo en mano, pretendieron tranquilamente descuartizar la res y llevarse la carne [...]. Protestaron el exdueño y el presidente de la sociedad, pero ante la facha feroz de los buitres de Vioño y sus afilados cuchillos, tendrían que sucumbir, si a uno de ambos no se le hubiera ocurrido la feliz idea de aplacar los deseos de aquellos con unos cuantos perros gordos para caña».

Enterrado el buey «a bastante profundidad» y bajo «enormes piedras», los ganaderos dieron el asunto por zanjado, sin adivinar que «pocas horas después, ya de noche, y cuando el dueño del animal estaba en casa, llamaron a su puerta los de Vioño, que ya formaban una partida de diez, y le obligaron a que señalase el sitio del enterramiento y les facilitase además una azada». Y como si de cosechar nabos se tratase, «allá se fueron y exhumaron los despojos de la res, dándose tal maña que en pocos momentos no dejaron más que los huesos como recuerdo. El buey aún no está bien claro de qué murió. Dicen unos que fue de mal del bazo y otros de la nacida o carbunco».

El problema grave es que «sabe Dios adónde fue a parar» la carne y que el hecho no es puntual, ya que «aún no habían tenido tiempo de digerirla sus compradores, cuando se repitió la suerte en el mismo lugar».

En competencia con los perros

Tras la muerte de una vaca días después, «se hizo el desuello, al que asistieron en calidad de practicantes dos de esos sujetos que viven de traficar con los despojos de reses enfermas. Ambos se encargaron de enterrar la vaca, y enterraron, en efecto... los huesos. La carne, que pesaría unas 12 o 14 arrobas, se la repartieron [...]. El peso del saco que contenía la carne y lo difícil del camino hicieron que uno [...] cayese en tierra, torciéndose una pierna [...]. Los perros de la Grela, que hasta entonces habían guardado prudentemente la distancia, acudieron veloces y se lanzaron sobre el saco». Pero «el dueño de la carne, olvidando sus dolores y más fiera que los propios perros, les arrebató su presa. El espectáculo era digno de un país habitado por salvajes».

Practicante con largo historial

El practicante en cuestión «tiene una larga y accidentada historia en tales correrías». Parece que en cierta ocasión en que murió un buey «atacado de carbunco», acudió a desollar el animal, «y estando en esta operación, se sintió picado en un brazo por una mosca. Estuvo en peligro de muerte, y tardó más de un año en curarse». No sirvió de escarmiento, porque «después de restablecido, la suerte le deparó otra res muerta por enfermedad», así que volvió a las andadas. «Cargó con gran parte de la carne y se regaló con alguna de esta. Cómo estaría, que el sujeto tuvo [...] lleno de pústulas todo el cuerpo no poco tiempo».

Meses más tarde murió un ternero. «Cuando iba a ser enterrado, se presentaron varios de los desenterradores, atraídos por el olor [...]. Hubo pujas, y al fin uno [...] se llevó la res entera en ¡medio duro! Entonces el consabido practicante, visiblemente contrariado [...], exclamó ante un grupo: ‘‘Estouche aviado. Nesa carne que ía ser miña, fanme perder dez pesos’’. La lamentación [...] da lugar a un sinnúmero de comentarios».

«Otro detalle: algunos de los perros que comieron carne de las reses muertas enfermaron, y hubo labrador que por lo que pudiese ocurrir dispuso que se diese muerte a su can». Es decir: «¡Vivimos de milagro!»

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