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El Celta, debilitado en cuanto a plantilla pero con una nueva filosofía de juego, todavía en construcción, somete a examen su propuesta en el estreno liguero

12 sep 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Cincuenta y cinco días después de la agónica salvación, el Celta inicia una nueva vida. Debilitado en lo deportivo, con un once muy reconocible y con un cambio de filosofía de juego en construcción. Con menos toque y más vértigo. Con más rock and roll, aunque lejos de la electricidad de Klopp. El estreno liguero será a domicilio cinco años después, en la cancha de un Eibar que se presume como rival directo en la lucha por la tranquilidad.

Porque si algo acompaña a este nuevo Celta es la mesura. Hace un año la palabra Europa casi estaba la mismo nivel que Afouteza, pero el baño de cruda realidad de las dos últimas temporadas y la lentitud a la hora de reforzar el equipo (Óscar García comentó ayer que le faltan cinco o seis mimbres) han rebajado las expectativas celestes a un programa casi de mínimos: la salvación holgada y sin estridencias ya sería una excelente noticia para un celtismo que asume que los suyos vivirán por debajo del ecuador de la tabla.

Porque, con respecto a la temporada pasada el Celta, ha perdido a sus dos porteros (temporalmente por sendas lesiones) y a bastiones como Murillo y Rafinha. De la columna vertebral solo está en estos momentos Iago Aspas, que una vez más será el faro al que agarrarse, máxime después de marcar en los tres partidos de pretemporada, todos ellos ante conjuntos de la segunda categoría.

Y para cubrir tanta pérdida solo uno de los tres nuevos parece fijo en el once después de que pudiera ser inscrito en la jornada de ayer casi a la carrera: Tapia. El peruano a punto estuvo de quedarse en la grada si el club no cierra la cesión del Toro Fernández, que le tapaba el registro en la LFP por falta de licencias extracomuntarias.

Y a falta de grandes nombres, en contraposición con la temporada pasada, da la impresión que en Vigo ha llegado el momento del bloque, aunque la construcción todavía está en pañales. Óscar García se ha pasado toda la pretemporada reclamando un equipo agresivo, valiente y veloz y el resultado hasta el momento es un Celta de presión alta, que muerde tras la pérdida de balón y que disfruta proyectando una contra cada vez que tiene espacios.

Para conseguir este agitador propósito, el Celta iniciará la liga con Iván Villar bajo los palos, con un cuarteto defensivo clásico con Aidoo supliendo al añorado Murillo y con Tapia como gran novedad en la sala de máquinas. Al lado del jefe de la presión podría situarse Beltrán para que Baeza juega un punto más descolgado en la media punta, dejando las bandas para Nolito y Brais con permiso de un Emre Mor que aprobó con creces el examen del verano pero que arrastró problemas musculares a lo largo de la semana.

Al Eibar tampoco le ha cambiado mucho la vida. Sigue Mendilibar como absoluto foco de atención con la obligación de reinventar un equipo que se quedó sin la magia de Orellana y sin la pegada de Charles. Porque los armeros solo han incorporado a dos jugadores y solo Recio, cedido por el Leganés, será titular. El polaco Kadzior, tocado, iniciará en el banquillo.

Lo que no cambiará en el conjunto guipuzcoano será su presión alta y su sucesión de centros laterales para Sergio Enrich y Quique. Una amenaza que pondrá a prueba el engranaje defensivo de emergencia céltico.

Porque este año, más que nunca, un buen comienzo se antoja fundamental. Hay demasiados fantasmas del pasado presentes en el ambiente.