El casco histórico compostelano fue el primero en entrar en el listado de la Unesco, un club al que ahora también pretende unirse Ribeira Sacra
30 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Un 4 de diciembre de hace cuarenta años, el entonces alcalde de Santiago, Xerardo Estévez, se bajó de un avión en el aeropuerto de la Lavacolla en compañía del arquitecto Rafael Baltar con los detalles de cómo se había fraguado en París la aprobación definitiva de la inscripción del casco histórico compostelano en el listado de bienes declarados por la Unesco patrimonio mundial de la humanidad. Era la primera vez que Galicia metía un pie en un club inaugurado en 1978 por el casco antiguo de la ciudad de Quito y las islas Galápagos, en Ecuador; el parque de Yellowstone, en Estados Unidos, o la catedral de Aquisgrán, en Alemania.
Fue todo un triunfo para la comunidad, sobre todo porque nadie dudó de que la catedral, los históricos edificios y las calles empedradas que habían instruido a cientos de estudiantes para que dieran el salto a la edad adulta tenían que estar ahí. Igual que tampoco hubo debate con las famosas cuevas de Altamira.
Lo que más había enorgullecido al alcalde durante los días que pasó en París fue escuchar decir al arquitecto técnico del órgano asesor del Comité del Patrimonio Mundial para la aplicación de la Convención del Patrimonio Mundial de la Unesco que era «un honor para la Unesco que Santiago de Compostela entrara a formar parte del patrimonio de la humanidad».
Lo contaba entonces Xerardo Estévez en las páginas de La Voz, las mismas donde adelantó que fue el propio comité asesor el que le recomendó presentar la candidatura del Camino de Santiago al año siguiente.
Aquella petición tuvo sus frutos, aunque hubo que esperar hasta 1993, en pleno año santo jacobeo, para que la Unesco incluyera el Camino Francés en el listado. Y 22 años más tarde, en el 2015, también sumó los caminos del norte: el Costero del Norte, el Vasco del Interior y por La Rioja, el de Liébana y el Camino Primitivo.
En medio, la Unesco volvió a fijarse en Galicia. Esta vez en su costa. Fue cuando en el 2009 incorporó la torre de Hércules a la relación de bienes merecedores de esta protección mundial por ser un faro y «un emblema de la entrada al puerto de A Coruña desde el siglo I de nuestra era, cuando los romanos lo construyeron con el nombre de Farum Brigantium». Y no solo está incluído el faro levantado sobre una roca: también esta el pequeño edificio romano de forma rectangular, los petroglifos del monte de Os Bicos, que datan de la Edad de Hierro, o el cementerio musulmán.
Habrá que ver ahora que decide el comité asesor de la Unesco sobre la Ribeira Sacra. De momento, esta semana la Xunta ha avanzado en la presentación de la candidatura para que este enclave del interior de Galicia sea reconocido a nivel mundial. Y de nuevo el debate se gestó en París.