Ante el dramático informe de la RAG sobre la lengua gallega, ¿señala Irlanda lo que puede ser nuestro destino?
15 may 2021 . Actualizado a las 12:23 h.Tír gan teanga, tír gan anam. Como bien sabrán aquellos de ustedes que dominan el gaélico, que serán muchos, en este aforismo resumió Eamon de Valera sus ansias lingüísticas. «Sin lengua la patria no tiene alma», sentenciaba el padre de la independencia irlandesa en la revuelta contra el yugo británico. Gran lider revolucionario, en cambio como profeta tuvo el mismo éxito que el adivino que pregunta quién llama a la puerta. El tiempo dictaminó que el dirigente se equivocaba porque puede haber patria sin lengua, como es patente en la República de Irlanda actual, dotada de un patriotismo superlativo que se expresa en inglés con el debido acento.
Paseen por Dublín y oirán el mismo irlandés que Leopold Bloom en el Ulysses de Joyce, o sea, casi ninguno. En la mayor parte del Eire el idioma propio se lee en los rótulos de los pubs, en los coches policiales de la Garda, o los titulares que aluden al Taoiseach o primer ministro. También está en la escuela y en los medios públicos, pero en las calles escasea, a menos que uno se aleje de las ciudades y acuda a las pequeñas reservas idiomáticas situadas en el lejano oeste del país. ¿Señala Irlanda lo que puede ser nuestro destino? Pido perdón si la pregunta desafina en medio de las celebraciones propias del Día das Letras, pero quizá sea inevitable formularla para que ese futuro nos coja confesados.
Alfredo Brañas ponía el ejemplo irlandés para espolear el renacimiento galaico (érguete e anda como en Irlanda!), y sin embargo ese modelo no sirve en el terreno lingüístico aunque Ana Pontón lograra hacer realidad próximamente su sueño de una Galicia independiente. El fantasma del gaélico está ahí, por más que sea verdad que el gallego cuenta con la ventaja de ser pariente cercano de un idioma universal como el portugués, algo de lo que no puede presumir ni el irlandés, ni el vasco, ni el catalán. Hay una parte del Informe —dramático— sobre la lengua gallega del admirado Alonso Montero que está muy vigente. Augura un idioma transformado en código litúrgico para élites políticas y culturales que «se ponen» a hablar gallego cuando la circunstancia lo exige. En vez de una etiqueta indumentaria, otra idiomática. Una especie de traje ocasional.
Es decir, que muchos gallegos empiezan a tener con el idioma la misma relación del agnóstico con la catedral. La visitan, la admiran, se alegran de que se restaure, sin por ello ponerse a rezar. ¿Responsabilidades? Igual que en la Irlanda angloparlante del prodigioso Banville, suele olvidarse que el culpable fundamental es la propia gente que rompe la cadena de transmisión familiar en una autodeterminación pasiva contra la que es difícil combatir. La catedral seguirá en pie, si bien tenemos el riesgo de que generaciones futuras pregunten para qué servía.
Últimos coletazos
El jurado de los premios Princesa de Asturias apunta que «la entrega al arte absoluto y su adhesión a la vanguardia ofrecen experiencias conmovedoras». Así describe las virtudes de Marina Abramovic, galardonada en esta última edición. El elogio serviría para Pablo Iglesias si, en lugar de considerarlo un político, viéramos en él un artista de la performance igual que la famosa serbia. Desde el punto de vista artístico, quien se acaba de cortar la coleta, como un actor que se despoja del maquillaje, es un triunfador indiscutible que logra el favor de un público numeroso. Algunos lo votaron; casi todos estuvimos pendientes de sus números. A nadie dejan indiferente Iglesias o Abramovic por más que no se sepa si lo suyo es arte o tomadura de pelo. Que él suprima su apéndice capilar coincidiendo con el décimo aniversario del 15-M es un indicio de que Los indignados fue una representación parecida al musical Los miserables, solo que en escenarios reales y extras auténticos. Así que el próximo premio ya tiene candidato.
El ligue en la pospandemia
Ars Amandi no guarda relación con el vino, sino con el amor. Se trata de un manual para el ligue que dio a conocer el poeta Ovidio hace más de dos mil años y que ahora podría convertirse en un best seller del arte amatorio si se confirma el diagnóstico de algunos psicólogos, malo para el ligón apresurado pero bueno para el romántico. Decían el otro día que hay que dar por desfasado el rollo de un noche, debido a los condicionantes del covid-19. El amor expeditivo y fugaz dejará paso a la relación prolongada donde los pasos se dan con sentidiño, algo que ya recomendaba el bardo romano en sus lecciones. Don Juan, Romeo, la emperatriz Sissi, Emma Bovary o Ana Bolena, fueron aventajados discípulos suyos. Recurrían a la prosapia evitando ir al grano de forma abrupta, deleitándose en el galanteo, sin prisas. Cuando parecía que ese estilo ya estaba enterrado, un virus inesperado logra que resucite el romanticismo. El amor deja de ser casi mecánico o gimnástico para volver a las enseñanzas de un poeta ajeno a tuits y algoritmos.