Negro sobre blanco

La odisea de Serigne Mbayé sería imposible en una sociedad racista como la que algunos dicen que somos


Al igual que Martin Luther King en el monumento a Lincoln de Washington, el joven Serigne Mbayé tuvo un sueño en algún lugar impreciso de Senegal hace cosa de unos quince años. El líder de los derechos civiles, poco después de aquel vibrante sermón de la montaña, moriría asesinado sin imaginar que alguien de su raza llegaría a ocupar la Casa Blanca. Aquel senegalés, en cambio, figura en una lista electoral madrileña y si las caprichosas carambolas del poder le son propicias podría ser consejero, ministro o presidente. En Airbag nuestro Manquiña («el conceto es el conceto») se codea con un lendakari negro. Todavía no se llegó a eso, pero la odisea de Serigne sería imposible en una sociedad racista como la que algunos dicen que somos.

En los retales de su vida que vamos conociendo, el racismo lo sufre en el país del que huye y lo padece después a manos de las mafias de su propia raza que lo acarrean por la geografía africana y lo embuten en una patera suicida para llegar a Canarias. Ya en Tenerife no entra como esclavo en una plantación de algodón, ni malvive en la cabaña del tío Tom, ni sirve en la mansión de la señorita Escarlata. Una vez en A Coruña, su siguiente escala, no se ve obligado a rebelarse contra la segregación en los autobuses como Rosa Parks en Montgomery ni ha de sentarse aparte en los sitios públicos. En Madrid ejerce la actividad alegal de mantero sin ser reprimido como Kunta Kinte, y logra la nacionalidad española sin las limitaciones que los negros americanos tuvieron hasta la Ley de Derecho al Voto de ¡1965!

Es una historia reconfortante en la que los gallegos podríamos ver reflejada la gesta de tantos parientes que también tuvieron un sueño y marcharon con él en la maleta hacia la tierra prometida. Sin embargo hay una diferencia gruesa que separa ambas epopeyas. Nuestros paisanos alaban a su tierra adoptiva, están orgullosos de ella, se convierten en portavoces de sus méritos, se ponen a sí mismos como prueba de la capacidad de acogida de sus anfitriones. Su actitud se parece al hilo argumental de Barack Obama o Kamala Harris quienes, sin olvidar que siguen existiendo episodios racistas como la muerte de George Floyd, lucen su orgullo por el triunfo de la integración racial en USA.

Ni el candidato Mbayé ni sus bwanas políticos de Unidas Podemos hacen lo propio. Se esfuerzan por hacernos culpables perpetuos de una «leyenda negra» que la biografía del portavoz del sindicato de manteros desmiente. Es como si su «esclavitud» solo se redimiera cuando es llamado para figurar en la lista-patera de la formación morada. Digan lo que digan, la peripecia de este hombre no nos retrata como unos Caifás o Pilatos en la Semana Santa de la historia, sino como buenos samaritanos. Son otros quienes usan a Serigne como fariseos.

Entre Roma y Génova

La diferencia entre Roma y Génova es que Roma no pagaba a traidores mientras que Génova los coloca en la lista. A lo mejor los romanos sí abonaban algo a sus Toni Cantó pero como lo sabe hacer un gran Imperio, o sea dándole las treinta monedas en una oscura entrada de servicio, no lejos de la cloaca y el lupanar. En cambio los genoveses lo incluyen en su reparto estelar con loas que no reciben los populares de toda la vida. Volviendo a Roma, los desertores que buscaban recompensa llevaban algo consigo para comerciar, como la cabeza de un caudillo bárbaro, un grupo de guerreros mercenarios, o los planes de batalla de un galaico levantisco, cosa que no sucede con el susodicho, que no da nada a cambio. Ni votos ni ideas. Cs empezó con apóstoles y mártires haciendo política en las catacumbas y acaba con los que practican el timo de la estampita ante un Casado que se parece al comprador compulsivo en las rebajas de primavera, incapaz de distinguir la ganga del engaño grosero. Y ríase la gente. Lo escribió Góngora y lo canta Cantó.

¿Por quién doblan las campanas?

Hemingway hace la pregunta pertinente para interpretar la llegada a Galicia del nuevo cónsul de Moncloa. Descartadas las causas administrativas en el cambio (Javier Losada hizo más o menos lo que todos sus predecesores), hay que fijarse en las políticas y partidarias y ambas señalan a Gonzalo Caballero. Entre las tareas del recién llegado estará la de organizar la transición que da comienzo el 12 de julio del año pasado cuando las urnas sepultan al candidato socialista. Con los resultados a la vista sólo quedaban por definir los complementos circunstanciales: el cómo, el cuándo y el quién. Sobre todo el quién, ya que una parte de la trayectoria del todavía líder del PSdeG se explica por su audacia frente a una mayoría de detractores que no supieron encontrar una cabeza visible. Coincidían en la necesidad del relevo para después mirarse unos a otros a la espera de que alguien diera el paso. La oposición interna a Caballero es aún acéfala y muda. Necesitaba un entrenador que hiciera doblar las campanas. Ya llegó.

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