«Il Xacobeo è móbile»

La ampliación del Año Santo al 2022 evoca a milagros del pasado


Muchos son los milagros que jalonan la historia xacobea. Desde el hallazgo del obispo Teodomiro en el siglo IX hasta la reinvención del Camino con Portomeñe en el XX hay una sucesión de prodigios que ayudan a explicar la persistencia de la tradición. El Apóstol llega tras un proceloso viaje en una nave de piedra botada en una lejana Navantia, su enterramiento es detectado por un avispado ermitaño para después perderse y salir de nuevo a la luz gracias a las pesquisas de López Ferreiro y la sabiduría del cardenal Payá. Nada pudieron contra la devoción olvidos ni piratas, ni erasmistas ni luteranos, ni ilustrados racionalistas, ni Almanzor, ni tampoco los franquistas, que quisieron hacer de él una liturgia kitsch del régimen.

El covid-19 es una amenaza nueva que también se soslaya con una prórroga del Xacobeo hasta el 2022 que, de no ser tan incrédulos, incluiríamos en la relación del hechos milagrosos. Que haya sido una decisión papal, decretada al límite del tiempo reglamentario, no impide que se añada al catálogo de portentos porque, en definitiva, la voluntad de pontífice estuvo movida por su superior jerárquico. ¿Qué otra cosa es un milagro? Lo es aunque muchos lectores ya estén frunciendo el ceño en señal de escepticismo, mientras se preguntan si este amanuense está de broma, cosa que nunca es oportuno desvelar en los tiempos de la corrección política. No es que sean ustedes incrédulos; es que su credulidad se ha desplazado hacia otras cosas igualmente inexplicables pero que tienen la vitola tecnológica.

Ya no dirigimos nuestras plegarias hacia los cielos, si bien rogamos que nuestros datos estén a resguardo en la nube, gracias a nuevos dioses protectores que tienen nombre de empresa más feos que los del Olimpo o el santoral. Hemos dejado de creer y de hablar con santos y ángeles, y sin embargo tenemos una relación coloquial con Siri, Alexa, Cortana o cualquier asistente virtual que habla desde el más allá del móvil. Aunque se diluye la fe en sacramentos como la confesión, las redes sociales son un confesionario cotidiano en el que la gente lo cuenta todo. Al no estar entrenados para asombrarnos ante los prodigios, la multiplicación del Año Santo la vemos como un acto administrativo que alguien resuelve en un negociado del Vaticano tras aplicar un código canónico y presionado por los intereses de los nuevos mercaderes del templo.

Démosle la razón a Chesterton, católico inglés nada meapilas, cuando aseguraba que dejar de creer en Dios conlleva el problema de empezar a creer en cualquier cosa. En la tecnología, en la casualidad, en las conspiraciones. Se pierde el sabor del milagro y a cambio no se gana nada. De ahí que sea preferible pensar que en las vacunas hay algo de milagroso y que es un milagro el Xacobeo elástico. En serio.

Un Rajoy para el PSC

Estamos en el Pasapalabra y el concursante ha de adivinar el nombre de un político actual, de corte estoico y tono mate, soso en definitiva, cuyo nombre contiene la «a». Hay dos respuestas posibles. Sería acertado contestar «Illa» porque su figura se adecúa a ese perfil tan a contracorriente de las modas actuales. Forma parte el todavía ministro del tipo de dirigente anestésico que duerme a su audiencia, y quizá sea esa una de sus pocas virtudes al frente de un cargo al que llegó de carambola. Así que el competidor daría en el clavo. Pero también tendría otra opción igualmente válida: «Rajoy». Illa es el equivalente socialista de Rajoy aunque asombra que todo lo que se consideraba reprochable en el gallego (su abulia, ese abstencionismo en los problemas, el oportunismo de estar en el área del poder en el lugar y momento apropiados) se tenga por virtuoso en el hombre del PSC. Es una especie de reivindicación tardía del marianismo por parte de quienes lo derrocaron. Registradores y filósofos no son tan diferentes.

Yankees y confederados de nuevo

¿Con qué riman los acontecimientos del Capitolio? Mark Twain, medio en broma medio en serio, aseguraba que la historia no se repite, pero sí rima, y en este caso la simetría hay que ir a buscarla muy atrás, en los tiempos que vivió el propio escritor. Lo que está sucediendo evoca la guerra de Secesión en la que el padre literario de Tom Sawyer combatió como confederado. Había entonces dos Américas y las vuelve a haber ahora, no enfrentadas en batallas como la de Gettysburg, sino en una guerra fría que ya dura varios años y no tiene visos de acabar en paz permanente. Lo ocurrido no es el 23-F americano, no se trata del golpe de una secta histérica, sino de una insurrección que representa a millones de ciudadanos abducidos por Trump. La toma de la Bastilla por una coalición de David Crockett, Rambo y Homer Simpson bajo banderas de la vieja confederación, una prueba más de que la historia rima. Aquel conflicto donde estuvo Twain duró cuatros años; este va para largo. Trump pasa de la Casa Blanca al lado oscuro de la fuerza.

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