El oro de Meirás

El auténtico tesoro en España está en el pazo. Pero, ¿para qué querían los Franco semejante acopio de arte?


Notable error el de quienes pensaban que el mayor tesoro de Galicia seguía sepultado en Rande, o que España tenía oculto en Moscú el oro robado inicuamente. Tanto zambullirse en las aguas de la ría de Vigo en busca de los galeones perdidos y tanto reclamar al Kremlin la devolución de las onzas, cuando la mayor de las riquezas estaba aquí al lado, en Meirás.

El inventario publicado, con sus errantes profetas pétreos, pilas bautismales, tapices, ánforas fenicias, sillas nazaríes y cornucopias, sitúa el botín del pazo entre los mas importantes tesoros reales o legendarios, junto al de Alí Babá, el de Moctezuma, el que acumulaban los piratas en la Isla de la Tortuga, el que guardaba el rey Salomón o el de Rackham el Rojo (aquí sería azul) en las peripecias del intrépido Tintín.

En este caso no ha sido necesario Indiana Jones, sino una feliz coalición de antifranquistas obstinados que dieron durante décadas la tabarra, jueces oportunos e instituciones dispuestas al rescate de un patrimonio común. De no ser por todos ellos el oro de Meirás hubiera permanecido escondido o quizá hubiese acabado dónde suelen acabar este tipo de objetos de valor: en el Museo Británico. Tal vez estuvimos a un paso de que semejante patrimonio acabara en sus vitrinas, igual que las estatuas del Partenón, las estelas mesopotámicas o el ajuar de varios faraones de lejanas dinastías.

Hablando de faraones y bucaneros, hay una pregunta que pugna por salir: ¿para qué querían semejante acopio de arte? Para los egipcios era algo así como un equipaje que se llevaban al más allá para disfrutarlo, lo cual es una justificación convincente que aquí no encaja. Barbanegra y compañía colocaban la mercancía robada en diferentes mercados, pero en este caso toda la riqueza inventariada está amontonada y solo a ultima hora se contratan los camiones para llevársela a no se sabe dónde.

El caso es que el tesoro perdido se encuentra y se recupera, un motivo de «orgullo y satisfacción» que lleva aparejado sin embargo el peligro de que el pazo y sus tesoros se conviertan en la manzana de la discordia entre administraciones. Cinco van a intervenir y ya no faltan matices sobre el destino y la gerencia del recinto. Desde luego si se aplicaran los mismos criterios que se usan cuando aparece en el Caribe un galeón lleno de doblones y alhajas, el Gobierno central no tendría mucho que pintar en la administración del tesoro, y menos cuando podría estar tentado a regalar un profeta en piedra, una cornucopia o un tapiz a algún nacionalismo a cambio del voto en una ley importante. No sería descartable que la Generalitat reclamara una parte en pago por la opresión sufrida por Cataluña durante el franquismo. Ahí está el precedente de los archivos de Salamanca. De momento el oro de Meirás vuelve a casa.

Atracador en prácticas

La premio Nobel Doris Lessing escribió La buena terrorista, pero no hay nada en su extensa obra sobre atracadores ineficientes como el que nos trae la memoria histórica. Se trata del nuevo líder de Podemos en Madrid, un gallego en cuyo historial figura el atraco a un banco ourensano en nombre de un grupo revolucionario allá por el 1980. Tales antecedentes no tienen por qué dificultar la carrera política de Nieto Pereira que, con su experiencia, en la España de hoy puede acabar de titular de Hacienda, Justicia o Interior. No va por ahí este apunte, sino por la impericia en su antiguo trabajo o afición. Contaba la crónica de La Voz de Galicia que el futuro ministro sustrajo 300.000 pesetas y se dejó medio millón. Tanto si le dio pena la entidad financiera como si fue un despiste, el episodio no dice mucho de su destreza como terrorista, y así se lo debieron haber reprochado sus contrincantes en las primarias de Podemos. El atraco quizá sea un plus para medrar en el partido, pero un atraco como Dios manda sin piedad ni chapuzas. 

Todo está en Shakespeare 

Casi todo lo que ocurre con nuestra monarquía está en Shakespeare. El rey solitario enfrentado a numerosos meigallos; el monarca errante que expía sus culpas en países extranjeros; las bandas de conspiradores que quieren destruir el trono; la arpía Lady Macbeth que teje poco a poco la perdición del soberano. No es la colección de Juego de tronos lo que debió regalarle Iglesias a Felipe VI, sino las obras completas del bardo que analizó como nadie las virtudes y pecados de la institución. Se produce ahora una regulación fiscal del emérito que deja en el aire la pregunta de si estos gestos detienen el ocaso de la dinastía. De momento el gran apoyo del rey son quienes se empeñan en presentar la república como una reedición de la Segunda (desmitificada por Payne en su Historia) y un complemento de proyectos revolucionarios. Mientras no haya nuevos Ortega y Gasset o Marañón, es decir republicanos sosegados y hasta conservadores, el delenda est monarchia estará lejos. ¿Cuánto tardarán en aparecer? He ahí la cuestión.

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