santiago / la voz

Estamos en una de las calles del casco antiguo de Santiago en un día frío y lluvioso. Al final de un breve mercadillo, abrigados bajo los soportales, tres hombres con un perro comparten una litrona.

-¡Hola! ¿Cómo estáis? ¿Queréis un chocolate?

Los hombres, porque ya no son chavales, dejan de circular la botella y se excusan:

-No, gracias, Chus. Ya hemos desayunado.

Chus, que ha llegado arrastrando un carrito lleno de termos, vasos, calcetines y sacos de dormir, se queda mirando a uno de ellos y lo llama por su nombre: «¿Qué? ¿has vuelto, no?». Él intenta levantar esa mirada cansada que te deja el colocón y expresa algunos porqués. Y al final le dice que sí, que le dé un poco de chocolate.

Chus Iglesias, 63 años, en su segunda tanda de quimioterapia, con dos mastectomías en menos de un año y cuatro pastillas diarias para aliviar un dolor que nunca se alivia del todo, saca el termo y los vasos y reparte el chocolate caliente y unos trozos de panetone entre el grupo.

Hay un poco de charla que Chus aprovecha para ofrecerse a llevar al que está más perjudicado al centro de atención a drogodependientes. El hombre sortea la invitación. Dice que ya ha quedado con una asistenta social, que tiene cita para otro viernes. Probablemente ambos saben que no es verdad, así que se despiden cordialmente. Chus carga el carro y sigue su peregrinaje por las calles de Santiago. No es fácil porque el empedrado que llena de encanto la ciudad es un infierno para arrastrar toda esa carga de calor físico y humano.

Chus es muy conocida en su ciudad. Desde hace ya muchos años organiza una cena en Nochebuena y una comida en Navidad a la que acuden centenares de personas de toda condición y con una característica común: no quieren estar solos. Porque Chus, cuenta, una vez, en una cena de nochebuena se sintió muy sola y se ha dedicado desde entonces a evitar esa sensación, para ella, para los suyos y para cualquiera que quiera participar. Es la cena del Paluso que, con los años, se fue alargando hasta sacar a la calle esa filosofía cualquier día o cualquier noche para dar alivio a la gente que duerme en la calle. A los que no tienen nada.

Pero el año pasado llegó el cáncer y Chus tuvo que pensarse eso de salir a las calles. No lo pensó demasiado tiempo. Por eso, cuando puede y a veces cuando no puede pero cree que debe, se faja y sale al frío para alviar a la que llama «mi gentiña». 

Una joven embarazada

La jornada ha comenzado sobre las diez en el domicilio de Chus, que tiene en el bajo un auténtico almacén con yogures, leche y otros enseres y alimentos que reparte entre la gente. El coche nos ha dejado en la estación de autobuses, donde duermen algunos sintecho. Allí, Chus ha repartido chocolate y algunos calcetines a los que aún estaban por la estación. Están de paso. Todos con sus historias y con esa verdad que, cuando la pronuncian, da verdadero miedo: «Para acabar en la calle no hace falta mucho». Uno de ellos le cuenta a Chus que hace un rato que se ha ido una pareja joven. Ella está embarazada. Chus se ralla: «Tengo que venir esta noche a hablar con ella. Tienen que espabilar porque, si no, les van a quitar el niño».

A lo largo de nuestro periplo matinal, Chus irá recordando a la joven embarazada que aún no conoce y a la que ha convertido en su nuevo objetivo. No es el único, claro: «Estoy empeñada en encontrarle un empleo a un joven al que no se lo dan porque fue toxicómano. Pero es de fiar. Estoy segura». Y fabula con el futuro: «Con una donación montaría una instalación en el campo con terreno y con animales para que esta gente se pudiera ganar la vida de verdad».

«Ya está bien que nadie me ceda unos sacos de dormir para esta gente»

De vez en cuando, el carro de seis ruedas tropieza y a Chus se le caen los sacos de dormir. Y se mojan. Ella los recoge no sin dificultad, los vuelve a colgar del gancho y sigue adelante. Hoy está empeñada en encontrar a un par de chavales que los necesitan: «Me los han mandado de Madrid, que ya está bien que nadie me ceda unos sacos de dormir para esta gente». Pero los chavales no aparecen.

Por el camino me habla de Suiza, donde vivió con su marido, de los días felices, del país al que fueron a vivir y no solo a trabajar como muchos otros emigrantes. Pero un día, la vida le dio un volantazo y lo cambió todo. Su hija, de vacaciones en Galicia, murió en un accidente de tráfico. Chus se emociona aún al recordarlo. Venía una vez a la semana a visitar la tumba de su hija, hasta que decidió quedarse. Luego llegó lo del restaurante Paluso y aquella cena de nochebuena. Sin su hija: «Éramos 14 pero me sentí sola. Una soledad terrible. Y me prometí que no volvería a tener una Navidad así».

Por el camino nos cruzamos con gente a la que Chus saluda. Muchos son excluidos que entran y salen del arroyo. «Este salió de la heroína, pero creo que ahora está con el alcohol», dice después de despedirse de un chaval que nos ha contado un proyecto para ir a pescar. Un rato antes nos hemos parado también en plena calle con otros dos. Han aceptado el chocolate de Chus por cortesía, porque tienen mucha prisa. «Yo doy al que no pide», dice ella. 

Dos lemas

Normalmente, cuando sale, Chus conduce: «No debería hacerlo porque tuve metástasis en este brazo. Pero después de conducir 45 años yo creo que se puede hacer con un solo brazo», bromea. Porque esta mujer estará enferma, pero a buen humor no la gana nadie: «Cuando me preguntan si estoy enferma yo digo que no, que lo que tengo es cáncer».

Dice que tiene dos lemas que son los que la inspiran: «Hoy por ti y mañana por mí y, Manos que no dáis, ¿qué esperáis?». Y también que, en realidad, es todo una cuestión de egoísmo porque cuando Chus realmente se siente bien, cuando no le duele lo que casi siempre le duele es cuando se sumerge en su labor de ayuda. «Yo detesto la palabra caridad. Caridad es dar lo que te sobra. Prefiero la solidaridad».

Se me hace tarde. No puedo seguir con Chus, que se aleja con su carrito rumbo a las víctimas de la soledad y la miseria, pensando en la joven embarazada y en los sintecho a los que le quiere dar los sacos de dormir. El amor es su terapia contra las mordeduras del cáncer. No solo. También contra las de la vida.

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Una mujer contra la miseria y la soledad