«Ciudadanos cabe en el PP», dijo Feijoo en clave claramente autonómica
07 dic 2019 . Actualizado a las 05:00 h.Hablar de la herencia al salir del tanatorio es de mal gusto, pero la dinámica que ha adquirido la política obliga a tener un ojo en el recuento de apoyos para la investidura y el otro en la siguiente cita electoral. Albert Rivera ha dejado un valioso legado repartido por España en forma de diez diputados y tres mil cargos públicos entre parlamentarios autonómicos y concejales que participan casi siempre de forma secundaria pero decisiva en la aritmética de los gobiernos de veinte millones de españoles.
En Galicia, la transmisión patrimonial no llega ni a la legítima. Apenas 35 ediles sin incidencia en la gobernabilidad de las ciudades y la sensación de no haber levantado cabeza desde sus erráticos inicios. En las autonómicas del 2016 sacaron la cartelería con la bandera gallega al revés y desde entonces no han terminado de encontrar su sitio, con un despiste notable para encajar su oposición extraparlamentaria y sin candidatos locales de perfil emergente. La dirección autonómica ha vivido al margen de los vaivenes nacionales cuando comenzaron a saltar las costuras, porque tenía sus propios conflictos internos que el secretario de Organización ha ido encendiendo y apagando como ha podido, siempre más pendiente de los egos que de las estrategias ideológicas. Laureano Bermejo es desde el 10-N una suerte de administrador concursal que mantiene con dificultad un capital de 6.000 simpatizantes o inscritos que se apuntaron en las vacas gordas, una cifra que no resistiría una actualización rigurosa.
El futuro inmediato tampoco pinta bien. La pachorra con que la gestora ha asumido el luto y la sustitución de Rivera no se programó pensando ni en las elecciones gallegas ni en las vascas, dos territorios especialmente amargos para los naranjas. Cuando Inés Arrimadas asuma el mando a mediados de marzo quedarán menos de seis meses para las autonómicas, con la Semana Santa y el verano de por medio, ese momento en el que el calendario va cuesta abajo y los votantes empiezan a pensar en cosas realmente importantes como las vacaciones.
Cualquier aspirante de Ciudadanos -la periodista viguesa y exdiputada Beatriz Pino, que ha entrado en la gestora, sería la mejor colocada- tendría que buscarse un hueco en la agenda gallega sin una plataforma institucional en la que apoyarse. Una aventura política muy arriesgada y costosa en lo económico para un partido que tiene que gestionar un descenso radical de los ingresos públicos y que en los últimos comicios se ha vuelto a quedar por debajo del 5 % del total de votos, un listón imprescindible para acceder a un escaño en O Hórreo.
Hasta aquí la crónica más o menos subjetiva. A partir de esta línea todo son suposiciones e indicios, como la escueta frase de Feijoo al hilo de la política general pero que tiene una inevitable lectura autonómica: «Ciudadanos cabe en el PP». Y en Galicia, no digamos, le faltó decir. Los 64.000 votos que obtuvieron son el primero de los dos pilares que necesita el presidente de la Xunta para atornillarse a la cuarta legislatura consecutiva. Y lo tiene fácil, porque si no decide plantar la política, Feijoo volverá a repetir su estrategia de parapetarse en las listas con los principales actores de su Gobierno, lo que en caso de victoria desencadena una cascada de nombres muy viva. Salvo excepciones, el que entra en el Ejecutivo, sale del Parlamento. Por eso, colocar a un candidato de Ciudadanos en posiciones intermedias sería un esfuerzo insólito pero efectivo, porque no hay muchos activos populares en esos puestos que arrastren más votos que toda una marca política, por deteriorada que esté.
La otra pata es más compleja. La estructura de Vox en Galicia es desconocida y su única estrategia es la de los ataques de la cúpula madrileña al presidente gallego, que tiene descolocados a sus 115.000 votantes con la duda de si su papeleta solo servirá para aupar a la «dictadura progre». Por eso, antes o después, Feijoo y Arrimadas se van a tomar un café. Tacita a tacita.
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