El crimen del holandés Verfondern en Petín: «Santoalla era el salvaje Oeste»

Solo dos familias vivían en la aldea, y acabaron enfrentadas hasta la muerte del hombre que ahora se juzga


ourense / la voz

El fiscal se dirigió al jurado popular que acababa de constituirse en la Audiencia Provincial de Ourense para juzgar el crimen del holandés Martin Verfondern en Santoalla (Petín) en enero del 2010. Les aclaró que un juicio con jurado en el sistema procesal español «no es como en las películas americanas». «Pero llegarán a la conclusión de que Santa Eulalia [Santoalla] era como el salvaje Oeste», avanzó.

Miguel Ruiz, el fiscal, dibujó el escenario en el que todo ocurrió: Santoalla, una aldea aislada de difícil acceso a la que nunca va nadie, salvo algún cazador. En ella solo vivían dos familias, la de los acusados -los hermanos Juan Carlos y Julio Rodríguez- y la de la víctima, Martin Verfondern, que llegó a la aldea con su esposa Margo Pool en 1997, decidido a dar un giro a su vida e instalarse en un medio totalmente natural.

Al principio, la pareja holandesa fue bien recibida por los residentes de toda la vida, pero luego empezó a haber problemas de convivencia. Según sostiene la Fiscalía, porque la familia de los acusados no aceptaba que los holandeses participasen de los beneficios económicos del monte comunal. Cuarenta días antes del crimen, un juzgado había reconocido al holandés el derecho a ser comunero, recordó el fiscal al presentar su tesis ante el jurado, lo que obligaría a la familia gallega a repartir la mitad de los ingresos que obtenía del monte. Por ello, sostiene la acusación pública, Juan Carlos decidió esperar a Martin y dispararle cuando este regresaba de la compra en su viejo Chevrolet. Su hermano Julio escondió el cadáver y el coche en un recóndito paraje, a 18 kilómetros de Santoalla. Tan bien lo ocultó que el coche, quemado, y los restos óseos del holandés solo se descubrieron por casualidad, al sufrir un fallo mecánico un helicóptero de la Guardia Civil que sobrevolaba la zona en labores de prevención de incendios.

Esta parte de la acusación la suscribió Julio. Su hermano, que está en prisión preventiva desde su detención y para quien el fiscal pide 18 años de cárcel, permaneció durante la primera sesión encogido y con la cabeza baja. Se acogió al derecho a no declarar. Según la defensa, tiene la edad mental de un niño de siete años y es incapaz de elaborar planes. Según la Fiscalía, padece un retraso mental leve, pero entiende la diferencia entre el bien y el mal. A los investigadores de la Guardia Civil que andaban por el pueblo les dijo un día que él fue quien disparó a Martin porque iba conduciendo «como un tolo» y casi lo atropella. Fue una más de sus «manifestaciones fantasiosas», opinó su abogada.

Julio, que como encubridor estaría exento de pena, pero si lo declaran coautor se expone hasta a 18 años de cárcel, sí dio detalles. Relató que cuando llegó la pareja holandesa la relación con su familia era «perfecta». Su padre la puso en contacto con el dueño de la casa que compró. En algún documental todos salían compartiendo actividades, como la matanza del cerdo. Julio contó que, aunque no dormía en Santoalla, subía al pueblo cada día para atender al ganado. Respecto al holandés, manifestó que nadie le privó de usar el monte, pero que Martin, «al saber que había molinos, empezó a ver dinero por todas partes». Definió a la víctima como esquizofrénico y agresivo. Mencionó que su padre le reprendió por coger piedras de otras casas, por un vertido en una finca o una denuncia por una agresión a su madre.

Aquel 19 de enero, contó el acusado, subía en tractor a Santoalla. «Encontré el coche de Martin, encendido, y con él muerto. Se me ocurrió sacarlo de allí por si había tenido problemas con mi familia, me puse muy nervioso. Vino mi hermano y movimos el cuerpo a la parte de atrás», detalló. La aparición sorpresiva del hermano en el lugar del crimen era una declaración novedosa, puntualizó la defensa de Juan Carlos R., pues en la instrucción dijo que no le había visto. Los hermanos movieron el cuerpo sin dirigirse la palabra. Julio no vio ni sangre ni el orificio del disparo, aseguró. Llevó el coche y el cuerpo a un coto de caza donde el vehículo estuvo oculto cuatro años. Tapó el cuerpo de Martin con unas ramas y el coche empezó a arder: solo, según declaró.

Hasta el 2014 siguió saludando a la viuda. Después no hubo relación, salvo un ingreso de 10.000 euros por venta de madera. Hoy está llamada a declarar.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
16 votos
Comentarios

El crimen del holandés Verfondern en Petín: «Santoalla era el salvaje Oeste»