Las claves de los nuevos incendios: despoblación y hábitats periurbanos

Hay que abordar la prevención, el desarrollo rural y la vulnerabilidad de las viviendas en la frontera con el monte

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Redacción / La Voz

Los nuevos incendios, que algunos expertos ya bautizan como superincendios, suponen un problema global que empeorará a medida que el cambio climático muestre con aún más crudeza sus fauces. Pero en algunos lugares será aún peor. Galicia, por ejemplo, cuenta con los dos ecosistemas más sensibles a los incendios: por un lado, un espacio rural inmenso que está despoblado y envejecido. Por otro, un espacio periurbano con viviendas unifamiliares en la frontera entre la ciudad y el campo, que suelen ser las áreas más afectadas por los grandes incendios de este siglo. En esa interfaz entre monte y áreas urbanizadas el riesgo para las vidas humanas y la destrucción de bienes es muy alto, como se comprobó el pasado domingo en el área metropolitana de Vigo y, en la oleada del 2006, en la de Santiago.

El problema de la despoblación del campo ya preocupaba a los ingenieros de montes en la segunda mitad del siglo XX. Así, Ricardo Vélez, que fue durante muchos años alto cargo en el Ministerio de Medio Ambiente en la lucha contra los incendios forestales, ya anticipó el cambio global en el patrón de los incendios, debido a la variable del cambio climático y las transformaciones socioeconómicas. «La despoblación de las áreas rurales da lugar a un proceso acelerado de abandono de tierras, que son invadidas por vegetación espontánea con un alto grado de combustibilidad», aseguró en un estudio publicado por el Instituto de Biodiversidade Agraria. Y añadía: «La concentración de la población en las zonas urbanas va ampliando la interfaz urbano-forestal. Las nuevas residencias, permanentes o secundarias, se ven amenazadas por la espesura creciente en las zonas circundantes».

Incluso la Ley de Incendios Forestales de 1968, en pleno franquismo, alertaba del problema «por el descenso experimentado en el consumo de algunos productos forestales, como las leñas y brozas, con cuya extracción, además de eliminar evidentes peligros, se fijaba una mano de obra abundante y experimentada, unido al proceso general de despoblación de las zonas rurales».

La Sociedade Galega de Historia Natural (SGHN) adjuntó en un comunicado de prensa reciente sobre los incendios dos mapas de Europa -los que acompañan a esta información- que son realmente ilustrativos de la relación entre la crisis demográfica y los fuegos. En uno se ven las zonas más afectadas por los incendios. En otro, las zonas que pierden población (azul oscuro) y las que la ganan (rojo). El centro y el norte del interior de Portugal, Galicia y todo el noroeste español, Cerdeña, Sicilia, el sur de Italia, Grecia y los Balcanes evidencian que el exilio del hombre provoca la vuelta del fuego. En el caso del noroeste de la península ibérica la relación entre ambas variables es casi simétrica.

Serafín González es presidente de la SGHN e investigador del Instituto de Investigaciones Agrobiológicas de Galicia, del CSIC. Lleva muchos años estudiando los incendios forestales, en especial su efecto sobre el suelo. Y cree que oleadas como las del domingo son muy difíciles de combatir. «Lo que hay que hacer es preguntarse qué hemos hecho antes para evitar los 200 incendios», dice. Este investigador tiene claro que la crisis demográfica gallega y el abandono del campo explican buena parte de los incendios, especialmente los que afectaron a Os Ancares o al parque del Xurés. «En todo el noroeste se han abandonado usos tradicionales del suelo (zonas de labrantío, pastos, soutos...) que actuaban como cortafuegos naturales. La vegetación ha ido invadiendo estos espacios, al tiempo que se plantaban especies exóticas muy inflamables», explica para ilustrar el efecto de la despoblación en el interior del país.

En este contexto, cree que es necesario invertir más en prevención, sensibilización y desarrollo rural para crear entornos sostenibles libres de incendios. El envejecimiento de la población también influye en la dinámica incendiaria. «Siguen quemando, pero ya no son tan ágiles a la hora de reaccionar cuando el fuego se descontrola. Y entonces llega el problema». «El fuego -añade- se ha utilizado como herramienta agrícola desde el Neolítico. En casi toda Europa ha dejado de usarse, salvo en territorios como Galicia. Con la extensión del matorral se está utilizando el fuego incluso para despejar los marcos de las fincas».

Las zonas híbridas

Fijar más población en las zonas rurales parece una quimera, pero hay ejemplos que funcionaron. Otra cosa diferente es ver cómo se protegen del fuego las zonas híbridas, lugares con amplias zonas residenciales salpicadas de espacios forestales o parcelas naturales degradadas con vegetación inflamable. «Hay más de 300.000 viviendas en ese contexto, lo que supondría desbrozar cada año el 5 % de la masa gallega, algo inviable», explica.

Recientemente, la organización ecologista WWF / Adena centró su informe del 2017 sobre incendios en la vulnerabilidad «de la difusa frontera entre lo urbano y lo forestal», una cuestión que puede provocar más víctimas mortales en los próximos años si no se toman medidas. «Se debe mejorar la gestión de las emergencias y concienciar sobre el riesgo a la población», concluyeron.

Urbanizaciones sin apenas planes de defensa frente al fuego

El último informe de WWF / Adena sobre incendios alerta del hecho de que solo el 10 % de las urbanizaciones españolas en contacto con espacios naturales «disponen de un plan de autoprotección para ser menos vulnerables ante el fuego». En este informe se pone en relación el abandono de los montes con «la desordenada incursión de viviendas» en estas zonas, lo que sumado a la «escasez» de medidas preventivas «nos aboca a un futuro con incendios cada vez más grandes y simultáneos», que colapsarán los servicios de extinción.

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