¿Por qué Boimorto se llama Boimorto?

RAG y Xunta ultiman una «app» para que los gallegos participen en el registro de todos los topónimos

Galicia ten dúas «Cabezas da Vaca» e ducias de «Rabos de Galo» A memoria dos nomes dos lugares vive nos seus habitantes. E o rural nunca tivo tan pouca poboación. Para recuperar e non perder os centos de miles de topónimos e microtopónimos hai que actuar axiña. Percorremos lugares que corren perigo de extinción

Redacción / La Voz

Un tratante de ganado viajaba con muchos bueyes y uno se le escapó corriendo; comenzó a perseguirlo y como el animal no respondía, acabó por matarlo. Por eso en el corazón de Galicia hay una aldea que se llama Boimil, muy cerca está O Boído y a nada se encuentra Boimorto, que además es concello. Esta es la muestra de cómo la gente convirtió en leyenda, nunca tomada muy en serio, topónimos que, según Gonzalo Navaza, lingüista y miembro del Seminario de Onomástica de la Real Academia Galega (RAG), tienen un origen totalmente diferente: «Boimil é claramente un topónimo de posesor, alguén tiña unha casa alí [‘vila boimili’]. O nome de Boimorto pode vir de bado, dun paso, que deixou de utilizarse. Xa hai algún parecido na zona de Monforte, Baamorto».

Hacia los 4 millones

La toponimia es un patrimonio inmaterial de un pueblo, y el gallego es rico, tanto que se calcula que los 400.000 nombres catalogados en el nomenclátor oficial son solo el 20 % del total. Los importantes ya están bien documentados y registrados en el Nomenclátor de la Xunta, pero ahora se está dando impulso a los menores, las leiras, fuentes, peñas... lo que se conoce como microtopónimos y que pueden desaparecer con el fallecimiento de vecinos con más edad, esos que saben cómo se llama cada peña, cada montículo, cada recodo.

Hay cuatro razones que explican por qué en Galicia tiene una toponimia tan rica: una geografía irregular, que requiere puntos de identificación constantemente; un asentamiento continuado en la historia; una dispersión poblacional como no ocurre en ningún otro punto del país; y una gran fragmentación de la propiedad (una finca se llama, por ejemplo, Silvado y cerca hay varios Silvados; eso quiere decir que la finca madre fue la del nombre singular y el resto fueron particiones de una herencia). En Galicia además hay que sumar la numerosa documentación existente gracias a los monasterios.

De hecho la Iglesia ha sido capital en la toponimia. Pueblo celta, los gallegos honraban a la naturaleza en cada esquina y la religión católica fue tapando esas creencias paganas con cruceiros (solo como nombre de lugares hay 141), y con capillas y ermitas. Por eso Igrexa es uno de los topónimos de más éxito, que además tiene tantas variantes y deturpaciones como uno pueda suponer: Suigrexa, Igrexario, Soigrexa, Tras da Igrexa...

Entre todos los gallegos

Para evitar que todos los nombres queden en el olvido o, lo que es casi lo mismo, se pierdan en documentos que nadie consulta, la Real Academia Galega y la Xunta (Vicepresidencia y la Consellería de Cultura) -con el apoyo técnico de Amtega (la agencia para la modernización tecnológica)- han retomado un proyecto muy querido que la crisis aparcó, el Proxecto Toponimia de Galicia. Este macroatlas de nombres se tiene que hacer entre todos. Con eso cuenta Valentín García, secretario xeral de Política Lingüística: «Necesitamos a axuda dos galegos. Sen eles é imposible conseguir algo así. Non podemos mandar ós técnicos por toda Galicia preguntando polos nomes, porque non é só o nome senón onde está o sitio».

Todavía no hay fecha para que la app que va a recoger la aportación de los gallegos en la microtoponimia funcione. Según las previsiones de Valentín García, a partir de los cálculos de Amtega, en el primer trimestre del 2018 habrá una versión de pruebas, para ver su rendimiento. Vicente Feijoo, de la RAG, creador de la app, tiene confianza en su éxito: «Contamos con que participen moitas persoas. Eu dou moitas charlas nos institutos e sempre lles digo aos rapaces que van poder subir a situación das fincas dos seus avós, e incluso un vídeo deles explicando as lendas da súa parroquia». Ás veces estas son imposibles, como decir que Lalín es un nombre derivado de ‘la’ e ‘liño’ o Maside como recordatorio de una batalla contra los romanos a los que se les envío lejos (más-ide).

El 70% de los nombres han quedado fijados en la Baja Edad Media, pero hay casos curiosos, como Manzaneda. Esta zona se llamaba Maceda hasta el siglo XVI, pero por contagio del castellano acabó adoptando la forma española y así ha quedado.

En el futuro, cuando el proyecto se concluya, los gallegos podrán saber a golpe de clic dónde está exactamente la finca que heredó de su abuelo, una labor que hoy resulta descorazonadora si no cuenta con ayuda de un vecino de la aldea.

Algunas explicaciones curiosas a nombres muy comunes:

Los nombres de los ríos, celtas. Ulla, Tambre, Miño, Sar... todos los nombres de los ríos y de los grandes accidentes geográficos son bimilenarios, anteriores a los romanos. Como los terminados en ‘-obre’. Se considera además que ‘mor’ era piedra o ‘sar’, río. Con todo, los lingüistas reconocen que es difícil tener información de un período del que no hay documentos.

Los romanos dejaron sus «vilas». Vila era, en el mundo romano, sinónimo de granja o de casa rural. Así que Vilanova sería una granja nueva, nada que ver con el concepto actual de ‘villa’. Otro recuerdo toponímico latino son las terminaciones en ‘-in’ o ‘-an’, que era una manera de mencionar el nombre del posesor de las tierras: Verinus era el propietario de una ‘vila’ que creció y hoy conocemos como Verín. Los expertos recuerdan que una vez que el nombre se establecía en la Baja Edad Media, apenas cambiaba.

Mucha documentación. La informática facilita acceder a la documentación, y hay muchísima, sobre todo medieval, en gran parte por los monasterios asentados en Galicia. Por ejemplo, gracias a estos textos ya parece no haber dudas de que A Coruña viene de un nombre elegido en el siglo XIII por Alfonso IX a partir de una leyenda que aparecía en el Códice Calixtino.

Leyendas fabulosas. Ante la falta de información o conocimiento de la etimología, la explicación popular es desbordante: desde los bueyes de Boimorto hasta una plaga que dejó sin comida a Nigrán (ni-gran) o el pasado submarino de Gondomar (gondo-mar). Nada más lejos de la realidad: Níger (vila nigrana) o Gundemaro eran propietarios de granjas.

El peso del «lobo» germánico. El paso de pueblos germánicos por Galicia no tuvo el peso de los celtas o los romanos, pero también dejaron huella en nuestro nomenclátor: las terminaciones ‘-iz’, ‘-ende’ o ‘-ulfe’. De hecho, ‘ulfe’ es la versión galaica del ‘wolf’, del ‘lobo’ centroeuropeo.

Falsos amigos. Mouro no es ‘moro’ sino un ser imaginario que daba sentido a lo misterioso, que realmente no era tal sino, por ejemplo, un dolmen. Y Touro no es ‘toro’ (eso sería Toural, como la plaza santiaguesa) sino que viene de ‘tor’, piedra.

Outeiro y Castro hay más que uno. En los cientos de miles de topónimos hay también mucha repetición. De los ya registrados, en Galicia hay 563 Outeiro, 448 Igrexa, 415 Castro (como el de Zas), 287 Lama, 141 Cruceiro o 96 Gándara, entre otros muchos. La repetición es muy superior en los microtopónimos, desde ‘devesa’ a ‘telleira’ o ‘toxeira’. 

Víctor Freixanes: «O patrimonio toponímico do país é unha responsabilidade moi grande»

Oportunidade histórica. Así define Víctor Freixanes, presidente da Real Academia Galega, o momento actual da toponimia. Contar cun rexistro accesible e interactivo de todos os nomes galegos, que poden ser tres ou catro millóns, é un luxo ó alcance de moi poucos países.

-O patrimonio toponímico do país é unha responsabilidade moi grande, máis do 50% das entidades de poboación do INE están en Galicia. Filgueira Valverde calculaba que habería uns 3 millóns de topónimos, e aínda que sexan 2,5 é unha cifra espectacular.

-A RAG leva moito tempo traballando na toponimia.

-Moitos anos, e aí está o Nomenclátor da Xunta. Esta primeira fase xa está [son os topónimos importantes, dende concellos a parroquias e aldeas]. Pero agora queremos dar un paso máis cos chamados microtopónimos. Buscamos fixar un patrimonio que senón o rexistramos agora pódese perder.

-En Galicia cada finca ten o seu nome.

-Eu vivo nunha parcela de 1.700 metros cadrados que ten seis microtopónimos. Un vello dunha aldea pode coñecer na súa contorna entorno uns 500 nomes de rochas, cortiñas, toxeiras...

-A toponimia interesa, non si?

-Asombraría a cantidade de consultas que temos na Academia sobre os nomes. E cando o Seminario [de Onomástica da RAG] se pronuncia sobre un deles, é o resultado dunha investigación feita con rigor, con tempo e estudo. Necesítanse medios materiais e humanos.

-Vostedes recalcan que ter xeolocalizado cada monte ou finca permitirá mellorar as atencións de todo tipo.

-Ter catalogado o terreo a este nivel, nós que temos nome para todo, valerá para o catastro e cuestións fiscais, pero tamén para localizar as herdanzas ou enviar axuda en caso de accidente ou dun incendio forestal, por exemplo.

-O seguinte logro sería conseguir que eses nomes foran os elexidos para as novas urbanizacións que se constrúan.

-É o que aconsella a Unión Europea, é certo.

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