Los que hacen funcionar el Parlamento

Un centenar de personas trabajan en O Hórreo. Algunas han conocido a todos los políticos de la democracia


SANTIAGO / LA VOZ

Aunque sea usted un asiduo seguidor del parlamentarismo gallego, es posible que nunca los haya visto. Pero están ahí. Desde el primer discurso. Algunos literalmente, porque el cuerpo de ujieres del Parlamento gallego se ha renovado poco. En muchos casos se trata de funcionarios que sacaron su plaza antes de que Fraga se imaginara siquiera que algún día presidiría la Xunta, y que han visto toda la evolución de la política gallega desde un palco de lujo: «No, no es la mejor época -lamenta con cara de circunstancias uno de los ujieres que prefiere no identificarse-. Aquí hemos tenido parlamentarios brillantísimos: Portomeñe, Guerreiro, Camilo Nogueira, Barreiro, Beiras... Ahora hay alguno que trae el discurso tan preparado que, aunque en la réplica les cambien el sentido de lo que esperaban oír, la contrarréplica la leen igual».

El funcionamiento del Parlamento requiere de unas cien personas que se encargan desde la seguridad informática a limpiar los ceniceros. Sí, también hay algún cenicero en el magno edificio que un día fue un cuartel militar. «No, no. Yo no he visto ninguno -dice sonriendo una empleada de limpieza-. Nosotras no vemos ni escuchamos nada, no sabemos leer ni interpretar».

«Esta es una administración muy endogámica, se renueva poco», admite un buen conocedor de la población que tiene en el Parlamento su puesto de trabajo. Eso provoca alguna fricción: «Como en los matrimonios muy largos», señala esta fuente. Y será así. Pero seguro que esas cosillas son lo de menos, porque lo cierto es que el escenario tiene su encanto. No solo por codearse con los representantes políticos de todos, sino, por ejemplo, por la espléndida colección de arte repartida por todo el edificio.

Aunque no son muy amigos de hacer declaraciones, en general los trabajadores del Parlamento consideran que su trabajo es cómodo, «aunque un poco monótono», apostillan varios. «Calculo que en todos estes anos haberei ensinado o Parlamento a uns 300.000 rapaces», dice Higinio Estévez. Si alguna vez visitó el edificio de forma organizada, el hombre que se lo enseñó fue él: «Os rapaces veñen cunha actividade preparada, están aquí a recibir información. Os adultos, normalmente non, veñen a pisar o Parlamento», dice Higinio. De todos los ciudadanos que han pasado por allí para escuchar sus explicaciones, el que recuerda de forma especial es un joven de A Coruña: «Era cego e xordo e podía entenderme poñendo o seu dedo no meu pescozo». Como para olvidarlo.

¿Sabe cuánto cuesta un café en el bar del Parlamento?: 0,95. Una tapa de tortilla 0,65; un tercio de cerveza, 1,30 y un menú, 6,80. El camarero se hace el loco y dice que él no dice nada. Un guardia de seguridad manifiesta: «Yo no me manifiesto». Y es que, aunque la mayoría no son empleados públicos, el Parlamento está bien nutrido de periodistas. Y muchos de los trabajadores ya saben que, cuanto menos abran la boca, tanto mejor. Para hablar ya están los otros. Los elegidos. Ellos solo se encargan de que el Parlamento funcione.

Los informáticos crecen, los ujieres languidecen

El funcionamiento del Parlamento evoluciona igual que la sociedad. Hay ujieres que recuerdan el enorme volumen de papel que trasladaban de un lado a otro constantemente: «Ahora se trata de presencia física pura y dura», admite uno de ellos, que considera que entre el grupo hay una inevitable sensación de estar minusvalorados.

Pero mientras el cuerpo de ujieres languidece, el de informáticos tiene ya un aspecto bastante robusto. En un amplio espacio del edificio se encuentra el grupo que controla la seguridad informática, las aplicaciones y los dispositivos de sus señorías: «Hay de todo -explica el responsable sobre la habilidad tecnológica de los diputados-. A algunos esto les pilla en fuera de juego. Pero hay muchos que no tienen ningún problema». Los parlamentarios reciben un teléfono Android, una línea de teléfono y un ordenador portátil. En cuanto a la seguridad, el responsable del área lo resume con una frase: «Duermo muy tranquilo».

Un día de pleno se ve por las tripas del Parlamento al equipo de realización televisiva, donde no se puede decir que la actividad sea frenética, como tampoco el objeto de la retransmisión; o las intérpretes del lenguaje de signos gesticulando en otra dependencia para traducir los discursos... Nuevas tecnologías y costumbres, pero lo cierto es que siempre aparece algún ujier, como una guardia militar. Ellos, que llegaron a vestir con traje de Florentino, retienen toda la esencia de la ya no tan joven vida del parlamentarismo gallego: «Si le digo la verdad, yo ya tengo ganas de jubilarme», dice una de ellas. Con ellos se jubilará una época.

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