«De aquel equipo solo quedamos tres»

La heroína acabó en Arousa con la vida de decenas de chavales nacidos en los años sesenta. El grupo Dejadnos Vivir de Vilanova se convirtió en la imagen de aquella generación perdida

Los jóvenes cuyo número está rodeado por un círculo negro  fallecieron: 1. Gelucho, el entrenador. 2. Pacheco.  3. Jesús María Carnicero. 4. Rafael Fernández Padín. 5. Manolo Panadeiro. 6. Manolo Macuta. 7. Manuel Fernández Padín. 8. José Lorenzo. 9. Adolfo Reigosa.  10. Paulino Baretta.
Los jóvenes cuyo número está rodeado por un círculo negro fallecieron: 1. Gelucho, el entrenador. 2. Pacheco. 3. Jesús María Carnicero. 4. Rafael Fernández Padín. 5. Manolo Panadeiro. 6. Manolo Macuta. 7. Manuel Fernández Padín. 8. José Lorenzo. 9. Adolfo Reigosa. 10. Paulino Baretta.

redacción / la voz

«Me acuerdo de mis amigos todos los días. He perdido a más de veinte. Y eso es mucho, porque no es decir que fueran de una pandilla de una ciudad grande como A Coruña o Vigo. Eran todos del mismo pueblo, de Vilanova de Arousa, un concello que ahora tiene unos 10.000 habitantes. Padezco depresión derivada del consumo de LSD y eso agrava esa nostalgia. También echo de menos mi tierra, la ría de Arousa, a la que no puedo volver». Manuel Fernández Padín trabajó para los Charlines. Se arrepintió y fue uno de los testigos clave de la operación Nécora en 1994. También es, como su hermano Rafael, uno de los diez jóvenes que aparecen en la foto del equipo de futbito Dejadnos vivir, de Vilanova. La imagen representa esa generación que se subió a un caballo desbocado que la condujo hasta el abismo.

Es la generación perdida a la que hace referencia el auto de la Audiencia Nacional que permite salir de la cárcel a Sito Miñanco para trabajar en una empresa de seguridad. Pero a principios de los ochenta, cuando los reyes del contrabando todavía apostaban por el tabaco, la muerte entraba en la ría abrazada a la heroína. Y no solo hubo generaciones prácticamente desaparecidas en esa parte de las Rías Baixas. También en Monforte, en Ferrol... y muchos otros puntos del país. Porque hasta Arousa llegaba gente de todas partes para comprar. Había incluso quien enterraba pequeños paquetes de droga en la base de las palmeras de la plaza del mismo nombre en Vilanova.

«Cuando sacamos la foto no todos consumían, solo algunos habían empezado a tener contacto con la heroína o con los porros», recuerda Fernández Padín. El equipo se había improvisado para jugar un torneo organizado durante las fiestas patronales: «Era complicado juntar a ocho o a nueve para jugar». De los diez de la foto, «solo quedamos tres. Sobrevivimos mi hermano Rafael, el que está de pie marcando victoria con la mano; Jesús María, el chico que está apoyado en él; y yo, el que está de pie a la derecha». Pero aquel año, en 1982, aquel equipo que había elegido la A de anarquía para sus camisetas triunfó en el torneo. No podrá nunca nadie quitarles, al menos, ese honor.

Los jóvenes de la foto son una pequeña muestra de una generación rebelde. Inconformista. Unos chicos que jugaron, pero a los que también se la jugaron. No había pasado mucho tiempo desde la muerte de Franco, querían libertad y no se conformaban. Había algunos que no habían estudiado. Otros no tenían trabajo en un país cuya tasa de paro se había disparado desde el 15,33 %, de aquel 1982, hasta más de un 21 % en 1985. Y algunos de los que tenían empleo trabajaban en cosas que no les gustaban. Pero también había niños bien a los que no faltaba de nada. En cierto modo, comenzaron a coquetear con las drogas porque eran curiosos, porque les gustaba experimentar. Porque no sabían qué les esperaba al subirse a aquel tren cargado de cerveza, tabaco, porros, cocaína, anfetas, heroína y, a veces, dinero fácil.

Cuentan algunos de los que vivieron aquella época que entonces en Vilanova solo había un pub, el de Pilita, un local que también frecuentaba gente de Vilagarcía y de los alrededores para hablar. De ahí, la marcha nocturna ya continuaba en una discoteca de Portonovo que ya cerró.

El mercado de la heroína, explican otras fuentes consultadas, estaba controlado entonces por los turcos que la distribuían mayoritariamente a través de los poblados gitanos. Dice uno de los que vivió esos días que había también algún contratista venido a menos o algún emigrante que la traían de Europa. «Había en Vilanova quien traía también pastillas de Holanda y Alemania», recuerdan también. Los que importaban la droga, añaden otras fuentes, comenzaron a utilizar a algunos jóvenes para que la distribuyeran. A cambio, les daban gratis la que precisaban para su consumo. Otros comenzaron a participar en las descargas de tabaco primero, y de hachís después. A cambio, además de la paga (por una descarga de una noche podían cobrar 25.000 pesetas cuando un maestra cobraba al mes 50.000), también llevaban algunas chinas.

Pero la heroína fue apalancando poco a poco toda la inquietud juvenil. «La probé, pero no me gustaba porque no daba euforia como otras drogas. Muchos de mis amigos dejaron incluso de bajar al pub. La probé esnifada. Solo una vez la inyecté en la vena. Íbamos en una piragua a la Illa. Un amigo no paró hasta que le di el brazo. No sé, pero puede que fuera ahí cuando me contagie la hepatitis C», recuerda. Aquella enfermedad derivó en un cáncer de hígado. Tuvo que ser trasplantado. Su amigo acabó suicidándose al saber que padecía VIH. Durante los primeros años de la década de los ochenta poco se sabía de una enfermedad que se diagnosticó en el país por primera vez en Barcelona en 1981. Pero el VIH y sus consecuencias fueron solo una de las vías que catapultó a la muerte a muchos de aquellos jóvenes. Otros murieron por sobredosis, por inyectarse heroína adulterada.

Directa o indirectamente, las drogas fueron acabando con aquella generación. Murieron jóvenes, pero la mayoría no dejó un cadáver bonito. No sabían las consecuencias de sus viajes.

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