Supervivientes del choque en cadena de Amorebieta, con 18 muertos en 1991, revivieron el siniestro al conocer el de Abadín, también en la A-8 y también provocado por la niebla
10 ago 2014 . Actualizado a las 07:00 h.El azar nos devuelve a veces a donde nunca queremos volver. Esto le sucedió a María Dolores Pereda, de 69 años, cuando el pasado 26 de julio veía en la televisión el accidente en cadena ocurrido en la A-8 entre Mondoñedo y Abadín (que ayer estuvo otra vez cortada). Loli, como la conocen en casa, enseguida vio el paralelismo con el accidente que sufrió en el puente de la Constitución de 1991, cuando se dirigía de Valmaseda a Biarritz con un matrimonio de amigos que finalmente fallecieron junto a otras dieciséis personas en el peor siniestro múltiple de la historia de España. «Nada más verlo dije: Madre mía, este es como el nuestro. Y no pude seguir viéndolo. Enseguida se me revolvió el estómago», cuenta María Dolores Pereda desde su casa en el País Vasco.
En este suceso ocurrido en Amorebieta (Vizcaya) concurrieron los mismos factores que el que recientemente implicó en Galicia a 35 vehículos, causando una víctima mortal -una enfermera de 35 años- y 49 heridos. También se produjo en la A-8 -aunque ahora el tramo vasco se denomina AP-8 por ser de peaje-, también fue provocado por la intensa niebla y también ocurrió en un tramo en descenso. La principal diferencia estriba en que el accidente vasco fue mucho más mortífero, pues provocó una explosión en cadena de los depósitos de combustible, de tal manera que las víctimas murieron carbonizadas o por intoxicación de monóxido de carbono. Quizás ahora sea más difícil que se produzca un incendio masivo de vehículos, pues hay muchos más coches diésel, un carburante bastante menos volátil que la gasolina.
Pero el accidente de Amorebieta de hace 22 años y medio es un triste espejo en el que mirar los terribles efectos del peligroso cóctel formado por la niebla y las velocidades que se alcanzan en vías de alta capacidad. Si los viajeros del accidente en Galicia no hubiesen decidido salir de sus coches quizás se estaría hablando ahora de un número de víctimas similar o incluso superior, pues hubo más vehículos implicados en el siniestro gallego que en el vasco (35 frente a los 25 que chocaron en Amorebieta).
Miedo al coche
Aún hoy Dolores Pereda no viaja tranquila en coche. Rehúye las autovías y autopistas. «En cuanto veo que hay muchos coches pienso que me va a pasar lo mismo», dice, de ahí el efecto inmediato que tuvo en su ánimo el accidente ocurrido hace un par de semanas en el recién inaugurado tramo de autovía de montaña que circula por el entorno de Mondoñedo. También le obsesiona la distancia con los coches que van delante y siempre dice a quien conduce que no se arrime. «Es una fobia terrible», lamenta. Solo se atrevió a pasar por el lugar del accidente una vez. Y no quiere volver a repetirlo.
Aquel día de 1991 Dolores charlaba tranquilamente con su amiga Aurora y apenas repararon en la repentina niebla. Su marido, Antonio Olazábal, iba de copiloto, y aunque rehúsa remover este episodio del pasado, describe la niebla como «una pared, un muro opaco» que de repente les impedía ver lo que tenían delante. Fue como si el paisaje se convirtiera de pronto en una fotografía velada.
Paró en la niebla
«Nos contaron después que una chica que iba delante paró repentinamente [por efecto del pánico que causa la niebla en algunos conductores, quizás lo más desaconsejable en una situación como esta] y el resto de los coches se empotraron uno encima de otro». Luego comenzaron las explosiones de los depósitos de combustible, el incendio de los coches, los gritos de la gente atrapada en sus vehículos quemándose. «Oíamos gritos de socorro por todas partes. Aquello era como el infierno», recuerda Dolores, que no disimula en absoluto su horror, como si siguiera revisitando aquella escena cada día. «Sí, aún tengo pesadillas relacionadas con aquel accidente», confiesa.
Su amigo Eduardo, el que conducía el coche, murió en el accidente. Días después, en el hospital, falleció Aurora, tras sufrir quemaduras en el 38 % de su cuerpo. Fue la víctima número 18. Dejaron huérfanos a dos adolescentes que ahora tienen sus propios hijos. Pudieron salir adelante con la ayuda de todos. La hija viajaba aquel día en otro vehículo que iba detrás.
Antonio y Dolores ven como un milagro que aquel día se salvaran, pero sigue atormentándoles los gritos de la gente en los vehículos incendiados. Cuando Aurora salió del coche, con el pelo ardiendo, empezó a gritar que su marido Eduardo seguía dentro de él, que había que sacarlo. Tuvieron que pararla para que no entrara en el coche. «Ni siquiera sabíamos en aquel momento si él estaba dentro o había podido salir. Pero era imposible volver a entrar», recuerdan. El coche era completamente inaccesible.
En la mitad de la cadena
El turismo en el que viajaban Dolores y Antonio quedó en la mitad de la cadena de vehículos accidentados. Fue el número 12 de los 25. Ella sufrió quemaduras en la cara de las que se recuperó bien. Pero en una pierna tuvieron que hacerle un injerto. La mayoría de las víctimas murieron abrasadas en los coches al no poder abrir las puertas. Fue tanto el calor desprendido por los incendios en cadena que poco después hubo que reasfaltar este tramo de autovía. En este accidente se hizo el primer banco de datos de ADN para solventar cualquier duda con las identificaciones de los cadáveres.
Dolores explica que el accidente «fue sobreseído» en la vía judicial. Todo quedó en que la causa fue la pétrea niebla repentina que a veces se forma en tramos como este de la AP-8, en el País Vasco. Aunque no tanto como en la cota más alta de la A-8 en Mondoñedo, que ha obligado a Fomento a cortar el tráfico en varias ocasiones después del accidente cuando las condiciones de visibilidad son mínimas. «No hubo ni juicio ni nada», comenta. Así que después de una breve investigación judicial fueron los seguros los que corrieron con las indemnizaciones. Estos flecos no se cerraron hasta el año 2000. No hubo culpables. Tan solo la niebla.