Casas con el pasado más oscuro

La de Teo de Rosario Porto y la de los asesinatos de Aranga se venden, a la del crimen de Xermade regresó la única superviviente y el piso coruñés en el que mataron a los mellizos está vacío


Redacción / la voz

El timbre del tercero se ha quedado mudo. El silencio sobrecoge. Porque esconde la ausencia de dos niños. Porque guarda un crimen. En el tercer piso, Alejandro y Adrián, dos hermanos mellizos de diez años, fueron asesinados a golpes por Javier Estrada, su padrastro. Fue en agosto del 2011. Nadie ha vuelto a vivir allí desde entonces. Alquiler sin inquilinos. «Non hai día no que alguén que pase por esta rúa non levante a cabeza e mire para aquí», cuenta Carmen. Ella es una de las dos vecinas que quedan en el edificio, una construcción pequeña, sin ascensor y con solo tres viviendas del barrio de Monte Alto, en A Coruña. «Ao principio tiña aquel recelo, aquela cousa. Volvía de pasear á tardiña para non meterme na noite. Agora xa non», dice.

Pero recuerda, claro que recuerda. Asegura que ni ella ni su vecina oyeron nada aquel día. «O dobre teito que separa os pisos», explica. Y habla de un domingo tranquilo, de misa y de televisión, que se rompió cuando llamaron a su puerta. El policía preguntando su nombre, la calle acordonada, las cámaras de día y de noche... Pero dice que no se imagina viviendo en ningún otro sitio. Está viuda y esa es su casa, su barrio. Seguramente se quedará allí «ata que morra».

«A nena de Santiago»

El horror pasado no inmuniza contra el horror presente. «Mira o que pasou coa nena de Santiago...», dice Carmen. El crimen de Asunta ha dibujado otro mapa del espanto. Incluye la casa de Teo, uno de los lugares clave en la investigación de la muerte de la pequeña. El inmueble, a la venta por 990.000 euros, es la joya de las propiedades de Rosario Porto, madre de Asunta e imputada por asesinato junto a su expareja, Alfonso Basterra. Pero la casa ahora atrae a más curiosos que compradores. Hay coches que ralentizan la marcha en sus cercanías, otros directamente se paran. En una zona en la que se cruzan muchos caminantes, algunos modifican su ruta habitual para acercarse con la esperanza de ver alguna escena similar a CSI, con investigadores realizando el penúltimo registro, o de apreciar si los columpios de Asunta se mecen o no con el viento otoñal.

En Montesalgueiro, Aranga, hay una casa rosada de planta baja que, como la de Teo, también está a la venta en un portal de Internet: «Embargo bancario, tres dormitorios y finca de 1.017 metros». La vivienda está rodeada de maleza. Hierba alta y alguna que otra xesta han colonizado la entrada. Las zarzas trepan por la escalera exterior. La persiana tapa por completo la ventana principal. La galería pierde encanto de cerca. Tiene un cristal roto y en el interior descansan macetas huérfanas y plantas secas. Pero se percibe que el abandono no es crónico. Es como sobrevenido. El tiempo se detuvo en abril del 2009, cuando fueron descubiertos dos cuerpos descuartizados en la fosa séptica de una casa abandonada del municipio coruñés de Culleredo. La investigación condujo hasta otra casa, la de Aranga. En su propia cocina, Jose Ramón Blanco había matado a tiros a dos vecinos de Muros en noviembre del 2008 tras una discusión por una deuda en una compra de drogas. Después desmembró los cuerpos y cambió el suelo. Ahora, la casa, que pertenecía a la familia, se va marchitando mientras espera un nuevo dueño. No deja de ser una amarga ironía que al otro lado de la carretera haya un viejo palco para orquestas. Hasta Montesalgueiro se ha acercado algún posible comprador preguntando por el inmueble. Y nada más. Los vecinos creen que es una pena «porque o chalé é grande e estaba en boas condicións». Vivir cerca del escenario de un crimen brutal no les incomoda. Más bien se lo toman con filosofía. «Virán outros que serán peores ou que serán uns santos», comentan. Su conclusión es que no hay casas malditas, hay malditas personas.

Y esa lista de malditos reserva un lugar especial para los asaltantes que un miércoles de Ceniza del 2012 irrumpieron en una casa de la parroquia de Burgás, en el municipio lucense de Xermade. Ataron, torturaron y asesinaron a cuchilladas en su propio domicilio a Víctor Hermida, de 74 años, y Eulogio Hermida, de 51. Sobrevivió al ataque Domitila Rodríguez, esposa y madre de los muertos. «Estou viva de milagre, déronme cun machado na cabeza», dijo cinco meses después al regresar a su casa. Juan José Calaza y Brais Lozano Osa están encarcelados, imputados por asesinato a la espera de juicio. Supuestamente, mataron por un ajuste de cuentas. Domitila continúa en Burgás. Vive, literalmente, en el escenario del crimen. Si hay algún temor que transmite, es el del miedo a la soledad. «Pois eu sigo aquí, soíña. Vou tirando», dice con un hilillo de voz. Su familia no quiere que vuelva a recordar la pesadilla. El aspecto exterior de la casa apenas ha cambiado desde la noche del crimen. El verde de las paredes. La misma puerta.... Pero, para los que cada día ven estas casas, el rastro más doloroso no es el del miedo. Es el de la ausencia. La tristeza. El de un timbre callado.

Informaciones elaboradas con las aportaciones de César Delgado, X. M. Palacios, Xurxo Melchor y Rocío Ramos

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