Solo hay algo más doloroso que una muerte inevitable: una muerte, 79 muertes, evitables. El dolor infinito de la pérdida sumada al absurdo se multiplican por 79 en la víspera del día de Santiago. «¡Somos humanos, somos humanos!», se lamenta el maquinista. Sí. No somos máquinas, las conducimos. De ahí, al absurdo: morirse a destiempo, cuando no toca. No les tocaba. Imaginen a los pasajeros antes de tomar asiento. Y esta cuestión flotando en el aire: sus vidas están en manos del maquinista. Si él se despista, si comete un error, no hay nada que hacer. ¿Cuántos, de haberlo sabido, habrían subido?
El tren a Galicia perdió su ingenuidad el 24-J. ¿Era casi imposible que algo así pudiera suceder? Sucedió. En un instante, el tren pasó de ser el sol a convertirse en agujero negro. El tren, ese tren de vida, transporte seguro entre todos los transportes. Cuentan en un diario anglosajón: si queremos seguridad total, salgamos de nuestras casas: la mayoría de los accidentes mortales ocurren en el hogar. Pero no estamos para estadísticas. Estamos para analizar los hechos, y las palabras. Las del maquinista y las de quien corresponda. Lo dice ahora, a buenas horas, el presidente de Renfe: «El ERTMS estará operativo antes de fin de año». No para Eva Pérez, no para Celtia Uxía Cabido, no para Jean-Baptiste Loirat... no para una lista de 79 vidas por delante.
La tragedia es una curva de 90 grados en la historia de Galicia. Nada puede ser ya igual. Nada es igual para las familias de las víctimas. Pasado el luto oficial, lloraban saber toda la verdad. Qué menos que toda la verdad. Ya no será lo mismo para los vecinos de Angrois, héroes entre otros muchos héroes, el pueblo llano recortado y la función pública, extraordinaria en su función. Qué ironías de la muerte. Reaccionaron sin tacha. Y ya nada debería ser lo mismo para la maquinaria institucional, ansiosa de buscar un solo responsable en los primeros instantes de la crisis, una sola causa: el hombre, el error humano desencadenando la mayor tragedia de la historia reciente de Galicia. Un argumento tan frágil como la curva a la entrada de Santiago, una curva en mentira, la mentira de esa alta velocidad que se apresuran a desmentir quienes la propagaron. Resulta que ahora «hay un tramo de transición hacia la alta velocidad, y un tren que no es de alta velocidad»... Hasta el juez del caso está perplejo, al subrayar «lo que conlleva que cualquier despiste (por debajo de 200 kilómetros por hora) no tenga otra respuesta que la humana» (sic). Ahora Fomento, ADIF, Renfe, asumen que todo es mejorable...
Éramos perfectos, indestructibles, una plácida tarde de finales de julio, en los instantes previos a los fuegos en la fachada de la catedral. Y ardió Galicia a 179 kilómetros hora. El hombre y sus circunstancias, y sus errores, al mando de un tren con 218 vidas por delante. Viajábamos sobre raíles. Caminamos ahora entre tumbas, con 79 preguntas que exigen 79 respuestas. ¿Por qué la vida depende en exclusiva de la inspiración de un hombre?, ¿por qué aquí sí y en otros lugares no?, ¿por qué ahora se aplican balizas y señales?, ¿por qué a 201 el tren hubiese frenado plácidamente, meciéndose en los raíles?, ¿por qué todo hubiese sido distinto con una homologación?, ¿por qué dentro de unos meses, ahora sí, 79 vidas después, estaremos, por fin, y ya es tan tarde, homologados? Demasiadas preguntas, demasiado absurdo, demasiadas muertes a destiempo. Pues una sola ya es demasiadas.