El campus sur de Santiago está aún empapelado de ofertas de pisos. La Universidad todavía se está desperezando. Entre los estudiantes que desfilan entre los edificios universitarios los hay que acaban de llegar, pero también los que apuran los últimos exámenes antes de decir adiós a la alegre vida académica: «Lo voy a echar de menos. Sobre todo seguir siendo estudiante». Es una confesión en toda regla, Esther, una ferrolana de 24 años, expresa sus temores a la vida que le espera. Está a unas horas de examinarse de su última asignatura: «Pensaba prepararme para abogada del Estado, pero las oposiciones están medio paradas, no sé que haré. He dejado un montón de currículos, pero solo encuentro buenas palabras». Hasta ahora estaba cobijada. Ahora deberá salir a la tormenta.
Alrededor de la vecina Facultade de Farmacia pululan Alejandro y Arón, dos recién llegados de Vigo que acaban de iniciar su experiencia universitaria. La matrícula les ha salido a 800 euros por barba, más el piso que comparten: «El resto lo traeremos todo de casa», dice uno de ellos. Son bisoños pero comprenden perfectamente el esfuerzo que han tenido que hacer en sus casas para que ellos estén allí: «Claro que nos inquieta una posible subida de las matrículas. Si ya vamos justos este año...».
Aunque las tasas apenas han subido, a nadie le parecen baratas. Los calificativos van de «carillo» a «carísimo». Algunos creen que la congelación está directamente relacionada con las elecciones; otros se quejan de esos huesos universitarios que suspenden sin piedad, encarecen matrículas y machacan becas. Pero si se busca un punto de vista unánime, no hay nada como preguntar por el futuro: «Está fuera de España, todo el mundo lo sabe». Lucía, que empezará segundo de Química, lo expresa con toda naturalidad. Flo, compañera de clase, asiente. Y Julia, calla. Las tres van a comprobar la nota de selectividad de la última, que, si aprueba, ingresará en el Centro de Hostelería de Galicia: «Creo que la matrícula son 7.000 euros. Pero acabas con trabajo seguro».
Profesor o en un burguer
Julia es la única estudiante que confía en un empleo tras su formación, de todo el personal al que consulto por las animadas calles del campus. Unos están más contentos, otros más presionados; todos aún con el chip del verano. La vida a los veintipocos es multicolor. La juventud es un tesoro y, por allí, casi todo el mundo lo sabe. Por eso, el tema del futuro es tan escabroso: «O primeiro día, o decano díxonos que a maioría non seríamos mestres e que acabaríamos traballando nun burguer. Imaxínate como te quedas», explica una joven de Lalín que entra en segundo de Magisterio. Va con dos compañeros que admiten que sí, que el futuro está fuera del país. Tal vez incluso sin formación, como le ocurrió a la generación anterior. «Estou nervioso e ilusionado, pero se endurecen as becas e suben as taxas, non poderemos seguir», concluye un joven que empieza Filoloxía.