«Flower power» en el claustro

Eduardo Eiroa Millares
eduardo eiroa CEE / LA VOZ

GALICIA

MARCOS RODRÍGUEZ

Una entidad recupera y abre un monasterio en Muxía

18 ago 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Hay muchas formas de entender la hostelería, aunque seguramente la puesta en práctica en el monasterio de San Martiño de Ozón, en Muxía, es de las más originales. Es muy probable que la asociación que reabrió las puertas del cenobio benedictino no esté de acuerdo en aplicar el concepto «hostelería» a lo que han hecho allí, y es que San Martiño merece una explicación.

Este verano la asociación Aurora del Camino abrió al público, tras firmar hace un tiempo un convenio con el Arzobispado, el monasterio muxián tras una leve y respetuosa rehabilitación.

El edificio del siglo XII está a disposición de los vecinos como salón de té. Sus promotores no tienen como principal objetivo hacer caja; de hecho, hace unas semanas no tenían muy claro cómo cobrar a los visitantes. Funciona con la voluntad.

En San Martiño vive una comunidad de personas que un día coincidieron haciendo el Camino de Santiago y que decidieron apearse del ritmo frenético de sus vidas para vivir otras -o para vivir a secas- en contacto con la naturaleza y con los demás seres humanos sin esa relación mercantilista que todo lo impregna en las sociedades occidentales.

No son un grupo antisistema ni nada que se le parezca, sino personas que han decidido vivir con otro ritmo y ayudar a los demás a despojarse de la pesada carga de las obligaciones ficticias. De hecho, todo tiene un aire un poco hippy en Ozón, entendiendo la expresión en su sentido más noble, pero también más epicúreo.

Por la puerta de chapa del viejo cenobio no pasa la prima de riesgo. Las urgencias consumistas y el mundo de las tarjetas de crédito se quedan extramuros. Dentro los niños juegan en torno a una vieja alberca y desde una de las habitaciones se escucha, a través de la ventana, el sonido de una fuente que mana entre frutales. Por supuesto, no hay televisión, aunque sí un ordenador con conexión a Internet, media docena de ovejas y campos que cultivar en torno al monasterio que conserva, con su mínima restauración, el encanto decadente de las ruinas salvadas en el último momento. La vida allí sigue siendo monacal, y cualquiera es bien recibido en el oasis de paz en el que se ha convertido San Martiño, área de descanso en la vertiginosa autopista de la vida, donde manda el sosiego de unos muros con ocho siglos de paciencia.

Por la puerta de chapa del cenobio de Ozón no pasa la prima de riesgo