Yahora qué, Francisco? ¿No será mejor que devuelva la medalla? El 25 de julio del 2003, el Gobierno de Manuel Fraga condecoró a Álvarez Cascos con su máxima distinción: la Medalla de Oro de Galicia. Lo hizo a contracorriente, en medio de severas críticas sociales y políticas por el papel que aquel había jugado en la catástrofe del Prestige, ocurrida apenas unos meses antes. Fraga obvió el clima hostil contra su decisión. Y la justificó ensalzando la crucial aportación de Cascos como ministro de Fomento para el desarrollo de las infraestructuras galaicas, muy especialmente para el AVE.
Lo que hay que ver... El lunes, el político asturiano, en calidad de presidente del Principado, pisoteó el honor que hace ocho años le concedieron los gallegos. Una absoluta falta de lealtad con los ciudadanos de estas tierras de Breogán y una muesca más en una trayectoria cuya principal virtud no ha sido precisamente la coherencia. Pero sobre todo es un error político. Disparar contra el AVE gallego para reclamar su parte de la tarta resulta disparatado. Asturias y Galicia no solo son comunidades vecinas. También comparten problemas: posición periférica, crisis demográfica... Lo propio sería que formen un frente común, no que pugnen por las migajas de un sistema que históricamente las ha marginado. Cascos, además, se expone a recoger tempestades. Porque los gallegos también podemos tener la tentación de escrutar cada euro que se invierta en el Principado...