La triste ruina de la manta

El negocio de los vendedores ilegales de discos se esfuma y los cedés pasan al último escalón de la venta callejera. Esta es la crónica de un día de trabajo por cero euros


redacción/lavoz.

Mediodía en la calle Real de A Coruña, corazón comercial de la ciudad. Denso tráfico humano. Por las callejas que la cruzan se deslizan en silencio un grupo de senegaleses. Entre ellos, Álex, uno de los últimos manteros en la era de Internet. El grupo se encuentra, se saluda, se distribuye y va colocando en el suelo su mercancía: sombreros, relojes, gafas... material de verano. Álex extiende un paño cuadrado, cruzado con un cordón y extrae de la mochila un taco de discos. Lenta y ordenadamente los pone sobre la manta. Cada dos o tres, una mirada al fondo de la calle, a la esquina. El proceso le lleva diez minutos largos. Álex es minucioso. Los discos están ordenados: coplas, éxitos del verano, películas de acción, infantiles... Con el escaparate completo, se apoya en la pared y mira a la gente como si no fuera con él. Enseguida, llega una grúa municipal. No le busca a él, que sigue sin darse por aludido. Pero, a su lado, otro vendedor dobla su expositor de gafas y se va de allí. Como Álex no se mueve, la grúa para y baja un municipal:

-Si no te vas, me tengo que quedar con los discos.

Y Álex, fastidiado, tira del cordón, el paño se dobla y recoge en un hatillo todos los discos. Todos en un montón. El grupo dobla una esquina, espera dos minutos y, con la grúa ya lejos, regresa a montar otra vez el tinglado. A los demás les resulta fácil. Pocos segundos. Álex tiene que clasificar de nuevo todos los discos, extender el paño y volver a colocarlos.

Así discurrirán las próximas dos horas, entre cientos de personas que miran escaparates, van y vienen con sus cosas pero apenas prestan atención al mantero. Como máximo Álex atiende algunas peticiones imposibles:

-¿Tienes un disco de Francisco?

-¿De Shakira?

Esa es otra. El idioma. Álex me contará luego que lleva cuatro años en España, casi todos en A Coruña, pero su mirada dice muchas veces «no lo entiendo». Así que frente al fan del cantante valenciano saca otro montón de discos de la mochila y los va mostrando. Francisco no está y el transeúnte reemprende la marcha. No hay venta.

Sin novedad

En realidad, la crónica podría acabar ya aquí. Durante el resto del día no se producirán muchas más novedades y hoy, 28 de junio, Álex va a cerrar el día sin vender un solo disco. Mira su móvil que nunca suena; charlotea con sus colegas en algún idioma ininteligible y ve a la gente pasar. A las dos de la tarde recoge los bártulos, ordenadamente esta vez y se va hacia el sur de la ciudad.

Álex dice que descartó hace tiempo la ronda por los bares, con el taco de discos en la mano y escuchando un no detrás de otro: «Mucho caminar, no vender nada». Así que no volverá a abrir su mochila hasta las ocho de la tarde, cuando estará de nuevo en la calle Real. Igual que a mediodía, el grupo de vendedores se resitúa por la calle a medida que los comercios van cerrando. Es un pacto tácito. Si se ponen antes, los comerciantes llaman a la policía.

Así que a las ocho, Álex espera que un padre con sus dos hijos abandone su lugar predilecto por tener vista a dos calles. El grupo soporta las compras de la madre que finalmente sale cargada de bolsas con firma. La mujer carga con compras por un valor que supera lo que este hombre puede ganar en medio año. Con suerte.

La tarde es igual que la mañana. Una pareja de municipales desbaratan un par de veces con su sola presencia el improvisado mercadillo. Más tirones del cordón, más tiempo para clasificar y reordenar los discos. Rutinas improductivas. Al menos, entre el grupo de senegaleses la tarde propone un atractivo especial: Brasil-Chile a través de la ventana de una cafetería cercana. A medida que la canarinha va goleando a los chilenos, crece el grupo de vendedores arremolinados en la ventana. Álex se acerca solo para ver la repetición de los tres goles. El resto del tiempo permanece junto a la manta. Al fin y al cabo, es prácticamente todo lo que tiene en la vida. Aunque no le interese a casi nadie.

El primer disco

Antes de recoger, un joven mendigo que comparte el mismo trozo de calle le pregunta por un disco de Melendi. Álex lo mira y se descuelga la mochila por última vez. En su taco ordenado aparece el cantante asturiano:

-Toma. Melendi.

Al joven mendigo, que tiene las piernas destrozadas, le surge una sonrisa. «¿Cuánto es?», pregunta. Álex cierra los ojos y mueve las manos. «Nada, nada. Es para ti».

Nuestro hombre se desprende de su primer disco del día a cambio de nada.

«¿Por qué se lo has regalado?», le pregunto.

-Mira sus piernas. Yo tengo piernas. Si yo regalo al que tiene menos que yo, vendrá mi suerte.

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