«¡E din que é polo progreso!»

GALICIA

Cientos de casas han quedado atrapadas por la red de infraestructuras de Galicia.

15 mar 2010 . Actualizado a las 13:30 h.

Primero fueron las gallinas. En Alvedro el único vuelo con futuro es el de los aviones y las pitas de Manuel Rivera nunca pondrían huevos suficientes para satisfacer el interés general, de manera que una vez aprobada la conexión del aeropuerto con la tercera ronda de A Coruña, el Ministerio de Fomento decretó la expropiación forzosa. «Pagaron poco, quitando el gallinero y los frutales, algo más de 20 euros el metro cuadrado», explica el propietario. La parcela le había tocado en el reparto de la herencia de sus padres y sobre ella levantó una vivienda de dos plantas donde se instaló la familia en 1991. Manuel Rivera fue trabajador del campo hasta su jubilación, tiene 79 años y, desde hace uno, quiere marcharse de casa.

El viaducto del aeropuerto discurre doce metros por encima de su tejado, siguiendo la trayectoria del sol. Se aprecia ahora que la obra está avanzada. Antes el problema era el «ruido de los martillos eléctricos y de las explosiones, llegué a contar más de 100 en un día, y el viento, que nos traía la arena del hormigón para casa», afirma el hombre. Pero a medida que la gran plataforma fue creciendo sobre el vacío y los ruidos de las taladradoras cesaron, la vivienda de Rivera, tan bien orientada como estaba, quedó hundida en la sombra. «Fue lo peor. Yo siempre tomaba el sol unas horitas, para los huesos, veía a los nietos jugar, a mí y me daba la vida. Pero ahora nada. Una casa sin sol... eso no se compensa nunca».

La casa está dentro de la franja de 25 metros paralela al viaducto, en la que está prohibida cualquier obra, y su valor de mercado, calcula la familia, ha descendido el 50%. Están dispuestos a dejarla y ya han puesto el caso en manos de abogados para reclamar a Fomento la expropiación total de la finca. No para mudarse a otra vivienda unifamiliar, pues el precio medio en esta zona supera los 300.000 euros y la economía doméstica no alcanza, sino a un piso en Vilaboa, pequeño, pero con sol.

Al otro lado de la carretera, ladera abajo, Jorge López también espera respuesta de Fomento. Pide una indemnización por la pérdida de valor de su propiedad, que incluye un taller de aluminio de 400 metros cuadrados en el sótano de la vivienda. La casa se encuentra en el arranque de los pilares de 20 metros de altura que sostienen el viaducto y a cero metros de su proyección ortogonal (la línea imaginaria que discurre en vertical desde el borde de la vía hasta el suelo). Es una «vivienda a extinguir». No vale la mitad, no podrá reformarse nunca. A esta familia le expropiaron 305 metros cuadrados de terreno urbano con pozo, árboles y huerta por algo menos de 40.000 euros. «Fomento expropia lo justo, luego ocupan las fincas con material de obra sin pedir permiso, exceden el umbral máximo de ruido, protegen la carretera de los desprendimientos, pero no las casas, y así nos caen desde arena a trozos de hierros, poliespán, piedra... Arrasan, y la impotencia es total. Engañan, mienten, manipulan y no pasa nada», afirma este vecino indignado con el Concello de Culleredo después de denunciar reiteradamente el incumplimiento de la normativa en materia de ruidos. «Como no pusieron pantallas acústicas, el ruido era insoportable. Encargamos una medición y registró 105 decibelios. Entonces nos dirigimos al Concello, pues es de su competencia, y después de mucho insistir contestaron que era un ruido normal y necesario para la ejecución de la obra».

Expropiación

El caso de Culleredo es una muestra de los conflictos generados por las obras de infraestructuras en un país que en veinte años ha multiplicado por diez su red de autovías y autopistas (111 kilómetros en 1990, más de mil en el 2010) y que hasta la entrada en vigor de la Ley de Suelo del 2007 se regía en materia de expropiación forzosa por una norma de 1954, cuya inspiración era fortalecer la posición hegemónica de la Administración más que ofrecer garantías a los ciudadanos, entonces súbditos.

La dispersión de la población gallega tampoco mejoró las cosas, pero son muchos los propietarios convencidos de que el recurso fácil y socorrido de la expropiación ha ejercido una función perversa, por cuanto ha desanimado a la Administración a buscar soluciones o trazados de menor impacto. Eso cree Angelita González Piñeiro, una octogenaria de Rianxo que vio cómo le llevaron diez ferrados de la huerta que le dejaron sus padres -«din que se cho levan é porque o tes, pero a nós non nolo regalaron, se o temos é porque o traballamos»-, y cómo aquel terreno donde crecían las patatas y el maíz diez años después cría silvas por un cambio de trazado que en el lugar de O Burato nadie entiende.

Otro trazado posible

«En lugar de discurrir unos metros más al sur por una zona que no está poblada», explica la hija de Angelita, al final la autovía del Barbanza traza una curva y pasa como un interminable convoy por el corazón de la aldea, a pocos metros de las ventanas de la primera planta de las viviendas. Grietas, vibraciones, suciedad, la pérdida de vista de la playa de donde salía en su barco el padre de Angelita para vender la fruta en Ribeira -«se puxeran pantallas contra o ruído transparentes aínda podería ver o mar», sugiere la mujer-, ruidos y la necesidad de mantenerse alerta para evitar el abuso durante toda la obra -«si no llegamos a pelear para que nos pusieran un muro de contención, nos dejaban la casa encajada entre dos taludes», lamenta la hija-, decidieron a la familia a reclamar un justiprecio a la Xunta, responsable de la autovía.

En una vivienda más allá vive José Alonso con su hija y su nieta. Le pagaron 17.000 euros por «dúas cuncas e pico de terreo con pexegueiros, laranxeiros, pereiras e unha masanseira» y en principio quedó conforme. Pero aseguró la casa, empezaron a abrirse grietas y ahora está pendiente de que la Consellería asuma la reparación de los muros.

Y más allá aún está Arturo Pousa, que no pidió justiprecio porque no fue expropiado, pero sigue sufriendo vibraciones, ruidos, grietas y un torrente delante de la puerta de su vivienda cada vez que la canalización de aguas pluviales rebosa por falta de mantenimiento.

La impotencia es común a todos ellos. La maquinaria pesada arrasando perales centenarios representa la supremacía de la Administración, enrocada en un interés general a menudo arbitrario. «Protestas ¿e sabes que che din? -resume Angelita- ¡Que é o progreso!».