«Estoy segura de que mi marido está muerto en las montañas»

GALICIA

La esposa de Martin Verfondern, el holandés que falta de su casa en Petín de Valdeorras desde hace un mes, descarta que se fuese por voluntad propia

19 feb 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

A las dos y media de la tarde se cumple un mes de la última vez que Martin Verfondern fue visto en la plaza de Petín de Valdeorras, el concello ourensano en el que reside desde hace más de un decenio. Treinta y un días después de aquel 19 de enero, en el pequeño pueblo de Santoalla ya no queda ni rastro de las patrullas de voluntarios y guardias civiles que durante días lo buscaron por las inmediaciones de la carretera que lleva a su casa, tratando de localizar alguna pista que evidenciase una salida de vía, ya que el coche del hombre, un todoterreno de grandes dimensiones, tampoco ha aparecido. Pero no se encontró nada, ni un indicio que ayudase a seguir una línea de investigación. Tampoco en el fondo del embalse de San Fiz, cercano a la carretera, siguiendo la posibilidad de que hubiese sido víctima de un crimen. Nada, así que los investigadores están a la espera de alguna pista que diga por dónde continuar. Mientras, en Santoalla solo queda el silencio habitual de un lugar alejado 13 kilómetros de la capital municipal -comunicado por una sinuosa carretera bordeada en una de sus márgenes por barrancos- en el que solo residen dos familias (sin relación entre ellas). En una de las dos viviendas habitadas está Margo Pool, la esposa del desaparecido (que se encontraba en Alemania en el momento del suceso), que combina su trabajo en la granja con labores de búsqueda de Verfondern. Y es que Pool está convencida de que su marido no se fue por voluntad propia. Sin movimientos bancarios Dice estar completamente segura de que Martin no la ha abandonado, pero, para quien pueda desconfiar del amor, avala su afirmación con un hecho constatable: «No ha habido movimientos en las cuentas bancarias». Y un mes es mucho tiempo para arreglárselas sin dinero. También es mucho tiempo para sobrevivir si sufrió un accidente en la carretera (la hipótesis que su mujer siempre defendió). Por eso, dice estar segura de que su marido «está muerto en las montañas», esas que se ven desde el balcón de su casa y que ella misma recorre en su tiempo libre. «Salgo a buscarlo, porque tengo que hacer algo, no puedo estar sin hacer nada», cuenta. No está sola. La acompañan cuatro voluntarios que la ayudan en las labores de su granja y que también colaboran en sus batidas por el monte. «Hemos ido varias veces, por si quedó algún sitio en el que no se haya mirado», cuenta en español, recurriendo al inglés por momentos. Estos cuatro voluntarios son ahora parte de su familia, sobre todo porque la suya y la de su marido están lejos, repartida entre Alemania y Holanda. No están en Petín ni se les espera, pero Pool lo justifica: «No pueden hacer nada aquí», explica. Aún así, ella tercia con su soledad (a la que estaba habituada porque Martin pasaba temporadas trabajando fuera) y asegura que no piensa irse. «¿Marchar? No, no, no; no puedo irme, tengo que hacer algo, tengo que encontrarlo...». Entonces los ojos se le llenan de lágrimas, pero, tras pedir disculpas (en un gesto que ha de entenderse por su cultura germánica), esboza una sonrisa. Y añade: «Procuro estar alegre; porque puedo llorar, pero llorar no ayuda...».