El líder sin sombra de una ejecutiva cortada a su medida

GALICIA

Feijoo anula el riesgo de contestación en un PP que merma el poder de las baronías

11 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Puede ser el partido que más se parece a Galicia, como sostienen sus dirigentes con los resultados electorales en la mano, pero de lo que no hay duda es de que la nueva ejecutiva que dirige el PP gallego es la que más se asemeja a su líder. Feijoo ha completado en el congreso de A Coruña una renovación radical de la cúpula, sin apenas rostros reconocibles del fraguismo y sin componendas territoriales. El ourensano desafía el tradicional equilibrio entre las baronías con el que su predecesor cimentó cuatro mayorías absolutas, pero a cambio liquida a medio plazo cualquier posibilidad de réplica de las continuas tensiones sucesorias que convirtieron el partido en un polvorín.

La configuración del aparato del partido destaca por la ausencia de cargos que puedan identificarse con una corriente distinta a la del líder que los eligió. Entre los vocales electivos, el pleno es absoluto. La presencia coruñesa procede en su totalidad de la órbita de Romay, padrino político del albertismo, y del propio Feijoo: María Faraldo, Carmen Borbujo, Belén do Campo, Ángel Espadas, Diego Calvo y Juan Juncal. La lucense ofrece pocas dudas, con los diputados José Manuel Balseiro y Jaime Castiñeira, la delegada territorial de la Xunta, Raquel Arias, y Julio Álvarez, alcalde de Quiroga. En la ourensana, José Manuel Baltar aparece junto a Eloína Núñez, prima del líder Feijoo; Antonio Mouriño, alcalde de Celanova; y la nueva secretaria xeral de Turismo, Carmen Pardo. Y por Pontevedra están, entre otros, los alcaldes Salvador González (Ponteareas) y Jesús Vázquez Almuíña (Baiona), y la portavoz en Marín, María Ramallo, recién incorporada como diputada en el Congreso por la designación de Javier Guerra como conselleiro de Industria. Como en el Gobierno, la mayoría comparten generación con Feijoo.

La proyección de Rueda

Su liderazgo tampoco tiene sombras en el núcleo duro de la ejecutiva, ni entre los 10 coordinadores de área, ni en los cinco vicesecretarios, ni tampoco en una vicepresidencia, la que revalida Xosé Manuel Barreiro, sin apenas responsabilidades orgánicas. La figura con más proyección en el nuevo organigrama del PP es la de Alfonso Rueda, cuya trayectoria política es indisoluble de la de Feijoo. La del conselleiro de Presidencia es la única excepción a la regla impuesta por el presidente para evitar duplicidades entre la Xunta y el partido. Feijoo apostó por Rueda para la compleja tarea de recomponer un PPdeG deprimido tras 16 años subido al coche oficial y al que se auguraba una larga travesía por los fríos bancos de la oposición. Y Rueda se convirtió en artífice de la victoria al primer intento. Su sentida intervención en la clausura del congreso reventó ayer el aplausómetro.

Sin delfines a la vista, Feijoo tiene en el partido las mismas manos libres que en un Gobierno confeccionado con el mismo criterio de suprimir cualquier cuota territorial o personal. De hecho, el ajuste de mayor calado de Feijoo en términos de control del poder político afecta a la Xunta, con la desaparición de la estructura de delegaciones provinciales. Ahí está el verdadero golpe a las baronías y, por extensión, al modelo clientelar del fraguismo. Al concentrar la estructura tradicional en cinco delegaciones territoriales, Feijoo no solo rinde cuentas con su compromiso de austeridad, sino que arrebata a los presidentes provinciales una fuente copiosa de prebendas. Con su poder mermado, los barones pasan a ser un problema menor para el liderazgo del partido, como se ha visto en su nula capacidad para rebatir las imposiciones realizadas por el presidente.

Así las cosas, lo que más inquieta a Feijoo no es la sombra que nadie le hace en el PP, sino la misma tarea de gobernar. Lo recordaba ayer Rajoy: «Quien gobierna es quien tiene que tomar las decisiones». El recado era para Zapatero, pero seguro que a Feijoo le sonó preocupante.