La entrada de distintos sectores en la comisión que organizará la asamblea del 10 de mayo despeja la transición del nacionalismo pero no debilita los resortes de la UPG
17 mar 2009 . Actualizado a las 23:34 h.«É unha catarse necesaria para que poidamos traballar todos xuntos». Xosé Manuel Beiras impuso el pasado sábado su clarividencia para sintetizar el alcance del ejercicio purificador que escenificó la cúpula del BNG para purgar responsabilidades por el revés electoral del 1 de marzo y renovar el proyecto nacionalista. Su análisis reveló el cúmulo de emociones vividas por los principales actores de puertas adentro, una tensión que liberaron a la salida de la reunión del consello nacional con insólitos y sonoros abrazos. Aunque la caída de Quintana y el resto de la cúpula ya había sido debidamente cocinada en las intensas jornadas previas, esa maniobra no resta trascendencia a un gesto que era imprescindible para rendir cuentas ante la militancia y abrir una nueva etapa.
Pero tan relevante como el paso a un lado de los que figuraban en primera línea, que permanecen de forma transitoria en sus cargos, ha sido la elección de la comisión que organizará la asamblea extraordinaria que el próximo 10 de mayo elegirá la nueva cúpula del Bloque. En la equilibrada conformación de ese equipo queda patente una sibilina asunción de que el camino que llevó a aplastar las voces críticas para extender el dominio hegemónico de un partido sobre el resto no fue el más acertado.
Precisamente, uno de los principales temores de las corrientes minoritarias era la posible tentación de la UPG (Unión do Povo Galego) de perpetuar su control desde la tutela del proceso renovador. Pese al caramelo que el consello nacional ha puesto en la boca de los críticos, esos recelos no se han disipado.
Francisco Rodríguez
La presencia de Francisco Jorquera y Alberto Ansede como representantes de la UPG en esa comisión de seis pone a más de uno en guardia. Aunque Francisco Rodríguez ha pasado a la interinidad con Beiras, su formación sigue controlando el poder. Y la aparente tregua sellada en el consello nacional no ha aplacado las pugnas intestinas poselectorales, con amenazas de expulsión incluidas de discrepantes del sindicato nacionalista por supuesta deslealtad con la línea política que marca la U.
La teoría dice que ni Francisco Jorquera ni Alberto Ansede podrán ejercer ese control en la comisión, en la medida en que esta tiene el compromiso explícito de garantizar la neutralidad del aparato.
En aras de la pretendida diversidad de acentos, la comisión incorpora a Mario López Rico -de Encontro Irmandiño-; Alberte Xullo Rodríguez Feixoo -de Esquerda Nacionalista-; y Noa Presas -que representa al sector de la corriente Movemento pola Base que no se ha escindido del Bloque-. Completan el equipo organizador de la asamblea extraordinaria los quintanistas Carlos Aymerich y Roberto Mera.
Sin «pratos precociñados»
A esa comisión le corresponde determinar el formato de la asamblea del 10 de mayo, lo que permitirá calibrar el calado real de la apuesta renovadora iniciada con la reclusión de los actores principales entre bambalinas. La propuesta abierta de Anxo Quintana eleva de 1.500 a 2.500 el número de delegados, con el compromiso de que no quede excluido ningún militante que quiera participar, pero los beiristas darán la batalla para que la apertura sea total.
Esta corriente, que estará muy activa en las próximas semanas, sostiene que lo que corresponde ahora es recuperar el sistema asambleario para preservar la participación directa de las bases en el proceso de renovación de las estructuras y los cuadros directivos. Advierte de que no participará de ninguna componenda que suponga la presentación de un «prato precociñado» a la militancia. El pulso sigue abierto.