Con un pan y una crisis bajo el brazo

GALICIA

Las ayudas a la natalidad apenas han paliado el impacto económico que el año 2008 ha dejado en familias como la de Ruth, la primera lucense del año que terminó

04 ene 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Ruth vino un poco como la crisis. Sin que la esperaran. Sus padres, Ramón y Carolina, ya habían superado ese túnel por el que pasan todas las familias jóvenes cuando los niños son pequeños y hay que dedicarles todo el tiempo del mundo. La hermana de Ruth ya tenía nueve años y Ramón y Carolina habían recuperado la vida social. Pero sucedió lo inesperado y la última Nochevieja se vieron todos de parto en el Hospital de Monforte.

La llegada de Ruth les llenó de felicidad, pero lo trastocó todo y les devolvió a una realidad que casi habían olvidado. Una realidad con crisis. «Cuando tuve a Nerea -recuerda su madre-, yo no trabajaba. Solo teníamos un sueldo y vivíamos en Ourense. Mi marido iba y venía todos los días a Rubián (Bóveda) y no recuerdo que tuviéramos grandes apuros. Ahora, trabajamos los dos y apenas podemos ahorrar».

El cuento ha cambiado. Especialmente en Quiroga, una pequeña villa del sur de Lugo donde el parón inmobiliario ha dejado temblando la economía del pueblo, muy vinculada a las canteras de pizarra. Afortunadamente, ninguno de los dos ha visto su empleo amenazado por la crisis. Ramón trabaja como administrativo en una sociedad que se nutre de fondos públicos y gestiona el desarrollo rural en la Ribeira Sacra. Carolina está empleada en una pescadería de Quiroga: «Ya lo creo que se nota la crisis. Si antes compraban pescado dos días a la semana, ahora lo hacen uno». Tampoco muestra inquietud por su empleo, pero no esconde que el pueblo está algo deprimido: «Las cosas están mal, hasta han embargado ya algunos pisos en el pueblo. Aquí hubo mucha gente que estuvo hasta cinco meses sin cobrar».

Pero toda calamidad se diluye en la sonrisa de Ruth, que camina aún con inseguridad por el comedor mientras sus padres charlan y no llora ni cuando se cae. «Es una niña especialmente buena», dice su madre. Ruth vino con un cheque de 2.500 euros, que se fue rápidamente con los primeros gastos. A Carolina todavía no se le ha pasado el susto del precio de los carritos: «¡500 euros! Cuando Nerea costaban 30.000 pesetas los buenos. Los 2.500 euros son una ayuda, pero no un estímulo, porque sales adelante igual sin ellos y tampoco dan para tanto». El bebé también trajo la ampliación del permiso de maternidad, que Ramón hubiera querido compartir, pero le pareció que era robárselo a su esposa. Y una paga de 100 euros al mes hasta que Ruth cumpla tres años, siempre y cuando Carolina mantenga su empleo.

Guardería

De momento, todo va bien. La vida no es lo que era, pero la guardería, a 50 metros de casa, se ocupa de la pequeña toda la mañana por una cantidad que no alcanza los 50 euros al mes (la mitad de la paga gubernamental). Es un servicio municipal que les permite a todos ocupar la mañana en sus actividades y pasar la tarde juntos. De todos modos, Ramón y Carolina no se engañan: «Todo esto sería mucho más difícil si viviéramos en una ciudad». Ella sabe lo que cuesta una guardería en Barcelona, porque se lo cuenta su hermana, y lo que tarda en llevar al niño hasta allí. Así que, con el estacazo hipotecario que ellos también han sentido -«Cuarenta euros al mes este año» (la otra mitad de la paga)- y los gastos que genera la pequeña, unos cien euros semanales incluyendo pañales, leches, potitos y demás, los Morillo están convencidos de que sin los dos sueldos no podrían salir adelante.

Ramón celebra que el precio de la gasolina esté bajando y espera que también lo haga la hipoteca, pero no se hace ilusiones: «El año que viene será peor». Aunque siempre les quedará el plus de resistencia familiar, en la aldea, de donde sale mucha carne y mucha verdura, aunque ellos dicen que lo que más echan de menos de la vida anterior es poder salir a cenar de vez en cuando. En eso el 2009 tampoco les va a ayudar, pero seguro que no lo van a echar tanto de menos cuando Ruth empiece a hablar.