Un pasado próspero y el círculo virtuoso de la economía española explican, grosso modo, la bonanza de una tierra que destila, y vende, el gusto por la calidad de vida
05 dic 2007 . Actualizado a las 02:00 h.Sobre el papel, Cantabria debería ser una comunidad deprimida. Tiene carencias en infraestructuras comparables a las de Galicia, orográficamente es muy compleja (está cercada por montañas) y está situada en la periferia. La realidad, sin embargo, es menos descorazonadora. Muy al contrario, hoy Cantabria destila calidad de vida y vende amabilidad, una baza a la que sacar partido habida cuenta de su cercanía al País Vasco, un polo industrial de primer orden lastrado por el conflicto del terrorismo.
Lo cierto es que, pese a las carencias que acusa, Cantabria ha vivido en el último lustro un período de crecimiento espectacular en el que su PIB ha repuntado muy por encima de la media española y en el que, por ejemplo, se ha convertido en la cuarta comunidad que más empleo ha creado proporcionalmente (un 24% más), solo por detrás de Murcia, Canarias y Madrid.
Son varios los factores que, a juicio del Gobierno, empresarios e investigadores, han incidido en esta positiva evolución. La proximidad al País Vasco -que ha generado un trasvase de empresas y personas en favor de Cantabria- y el círculo virtuoso de la economía española, que ha tirado de todas las comunidades pero especialmente de aquellas más pequeñas, son dos de los pilares que explican esta etapa dorada.
Sin olvidar la historia. El presente de Cantabria tiene mucho que ver con su próspero pasado. Durante el siglo XIX y principios del XX, la comunidad vivió una apogeo económico y social impulsado por el puerto de Santander, que era uno de los más importantes de España por sus relaciones comerciales con las colonias. De esa riqueza surgió una burguesía mercantil que, con el tiempo, asentaría los pilares de una sociedad cuya sanidad y educación han figurado en las últimas décadas entre las mejor consideradas a nivel estatal. No en vano, su hospital de referencia, Valdecilla, fue en los años ochenta y noventa un centro de referencia en materias como el trasplante de corazón del que salieron decenas de cirujanos de alta cualificación. Paralelamente, sus dos universidades, la de Cantabria y la Menéndez Pelayo, aparecen repetidamente en los análisis del Ministerio de Educación entre las mejor valoradas a nivel estatal.
Calidad de vida
«Para una comunidad pequeña -explica José Villaverde, catedrático de Economía de la Universidad de Cantabria- contar con dos universidades de prestigio y un buen sistema sanitario son elementos decisivos. Al igual que el entorno. Esta es una región medioambientalmente privilegiada. Aquí se vive muy bien en el buen sentido de la palabra y eso contribuye mucho a que aparezcamos muy bien valorados en los informes sobre calidad de vida».
En realidad, que en Cantabria se vive bien es algo muy difícil de cuestionar. Sus paisajes, su mezcla de playa y montaña o su gastronomía son, al igual que en Galicia o Asturias, un lujo para el visitante. Paradójicamente, de sus virtudes ha surgido un grave problema. La comunidad se ha convertido en una presa apetecible para la especulación inmobiliaria y ya se cuentan por miles los vascos y madrileños que disponen de su segunda residencia en tierras cántabras.
De esta coyuntura habla a las claras un dato. El sector de la construcción creció en Cantabria entre el 2001 y el 2006 un 33%, de acuerdo con los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), solo dos puntos menos que la media española y siete más que, por ejemplo, el promedio de Galicia. Los destrozos del urbanismo salvaje son visibles especialmente en la zona oriental, en municipios como Laredo, Santoña o Castro Urdiales, donde la presión generada por la demanda, sobre todo del País Vasco, ha generado imágenes similares a las de, por ejemplo, A Mariña lucense.
La situación es grave y el propio presidente cántabro, Miguel Ángel Revilla, reconoce que la presión urbanística en la zona oriental es «demoledora». Su receta es clara: blindaje de la costa. «No queremos matar la gallina de los huevos de oro», arguye.
La otra gran obsesión de Revilla y, en realidad, de casi todos los cántabros, son las infraestructuras. Decir que Cantabria está peor que Galicia en infraestructuras no es exagerar ya que todavía no dispone de conexión con la Meseta por autovía -tendrá que esperar hasta el año que viene para que este proyecto sea una realidad- y su proyecto de AVE está todavía tan en pañales que no se conoce ni una fecha aproximada de cuándo llegará. Su tabla de salvación en esta materia es su excelente conexión por carretera con el País Vasco y, por tanto, con Europa, un factor de competitividad nada despreciable.
Pese a estas carencias, los cántabros son visiblemente optimistas respecto al futuro. Creen que cuando se ponga fin al aislamiento en materia de comunicaciones se podrá potenciar todavía más el modelo de región amable, preparada y situada estratégicamente. El presidente de la patronal cántabra, Miguel Mirones, sentencia: «Si con el aislamiento no nos ha ido mal, cuando dispongamos de las comunicaciones adecuadas podremos hacer grandes cosas si se trabaja correctamente».