Emilio González trabajaba en la coordinación de voluntarios en Camariñas hace cinco años, y ahora vive un desastre semejante en Estados Unidos
18 nov 2007 . Actualizado a las 02:00 h.«En los primeros días de la marea negra, se dijo que las playas quedarían esplendorosas, que el vertido no afectaría a la fauna y a la pesca, que tan solo morirían algunos pelícanos de la isla del Tesoro, situada debajo del puente, y que la culpa era del capitán. Sólo faltó remolcarlo por toda la costa de California».
Así de irónico se expresa desde Berkeley, en la Bahía de San Francisco, en la costa oeste de Estados Unidos, Emilio González, técnico de empleo, funcionario del Concello de Camariñas, que ha pedido una excedencia de dos años para irse a vivir a la otra parte del mundo, donde su esposa tiene un trabajo. Emilio, hace cinco años, trabajaba en la coordinación de voluntarios del Prestige, que llegaban a cientos a su municipio (aunque en realidad es oriundo de Baños de Montemayor, Cáceres). Y ahora se encuentra, en la inmensa bahía, con escenas y situaciones que le recuerdan, a veces casi exactamente, lo que vivió en las playas y acantilados de la Costa da Morte.
La bahía de San Francisco (ciudad que, por cierto, ayudó a fundar uno de Malpica apellidado Cambón, que tiene allí una calle) sufre desde la semana pasada una marea negra fruto del vertido del buque mercante Cosco Busan , de 250 metros de eslora que transportaba contenedores, que derramó 220.000 litros de fuel en el mar tras chocar contra una torre-pilar del puente que cruza la bahía, el famoso Golden-Gate, mientras navegaba, tras salir del puerto de Oakland, entre una espesa niebla. La marea negra pronto alcanzó los 20 kilómetros de extensión e impregnó numerosas playas de fuel, con decenas de aves afectadas y una situación de alerta que provocó que el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, decretase el estado de emergencia.
A Emilio, lo vivido durante estos días le suena a déjà-vu . Los argumentos le salen casi a borbotones: «Los voluntarios llegan, pero no a mogollón, como en la Costa da Morte. No los quieren, porque las autoridades dicen que el fuel derramado es muy tóxico. No es petróleo lo que ha esparcido por el mar, sino el propio combustible del barco». En una visita a las inmediaciones del derrame, notó cómo le picaba la garganta, ese mismo picor que muchos voluntarios sintieron en sus carnes hace cinco años.
Los que van llegando a San Francisco reciben una charla rápida de cinco horas para explicarles cómo actuar. Les dan máscaras, gasas, plásticos y capazos. No son negros, como aquí, sino claros. Se dedican mucho a vigilar, a ver a dónde llega el fuel, las aves. Advierten al público, al turismo de catástrofes, que se retiren.
Las playas afectadas son «preciosas, como las de Camariñas. No se ven tan negras como cuando el Prestige, sino con manchas, muchas galletas, también en las rocas». En algunos lugares recogen el fuel como hicieron en Arousa, «con las manos». Y los políticos hablan. «Son iguales en todas partes. También se habla de descoordinación. Tienen 15 barcos para limpiar, pero tardaron seis horas en llegar», cuenta Emilio.