«Por aquí pasas se che deixo eu»

KIKO NOVOA

GALICIA

En una pequeña aldea de Cabana de Bergantiños se enfrentan dos familias por un pequeño sendero. Es la excusa de muchos vecinos para perpetuar un enfrentamiento casi secular

29 oct 2007 . Actualizado a las 03:16 h.

Cotón es de esas aldeas en donde la aparición de un coche levanta la expectación lógica en un paraíso de tranquilidad. En el corazón de Cabana de Bergantiños, en pleno recibidor de la Costa da Morte, las carreteras impiden el paso de dos vehículos al mismo tiempo. Un joven camina con su teléfono móvil. Se para, arrimado al arcén, y procura adivinar quién conduce el vehículo.

Tras varias curvas y algunas ramificaciones surge entre los eucaliptos la parroquia de Cundíns. Capital, Cotón. El cemento que receba las casas quema la vista del forastero. Pero es allá, en lo más alto, en donde dos casas se enfrentan puerta con puerta. Es la metáfora física de lo que sucede en el interior.

Un pequeño camino separa las dos fincas. La una, habitada por la familia de María Amado; la otra, por la familia de María Varela. Un remolque impide la entrada a la propiedad de los Amado. María Varela dice que ese camino es suyo y que puede colocar un remolque y hasta un montón de estiércol, algo que ya ha hecho. María Amado repite que ese camino es de todos, que sus padres le cedieron a María Varela el derecho a acceder por él a una finca posterior. Ahora, afirman los Amado, el remolque descansa desde hace un par de años en el mismo lugar

María Amado vivió en Suiza durante veinte años. Cuando decidió regresar, lo hizo a la casa en donde vivían sus padres, en Cotón. Herme es la hermana de María. Vive en Carballo, pero pasa muchas horas en la aldea. «Papá está moi afectado. É lóxico. Esa muller está obsesionada con nós. Ela e os seus fillos. Un día botáronnos esterco pola ventá. Non poden estar ben da cabeza», atiza Herme. «Estamos á espera dun xuízo polo que nos fixo na parede que está tras a cancela. Vén, voucho amosar». Herme acompaña a los periodistas a la zona cero del conflicto. Allí, en el camino que separa las dos casas, un desconchado atestigua sus denuncias.

Mientras esta conversación sucede, María Varela entra en su casa empujando el carrito de la pequeña nieta de ocho meses. Tras oír las acusaciones de Herme y su hermana, se aproxima a la verja sin salir de su finca:

?Calade, veña, ese camiño é meu, que ben o sabedes.

?Cala ti, anda, cala... que xa che dixo o aparellador que se ese camiño fora teu non poderiamos construír estas ventás.

?Mira, dígoche que este camiño é meu. E por aquí pasas se che deixo eu.

María Varela decide entrar en acción. Abandona la finca y se aproxima veloz a sus vecinas:

?Oe, estou moi chea de vós. Marchade de aquí, que chamo ao meu fillo, ¿eh? Que si el estivera, vós xa non andabades por aquí.

?Conta que non queres cortar as polas das árbores. Sabes que está prohibido que entren no noso terreo, que ben cho dixeron.

?Ti xa tes dabondo. Cala, que se conto o que debería contar... Tes moito que calar, que ben o sabes. Verás, vou chamar ao meu fillo.

María Varela vive con su marido. Ambos tienen tres hijos. Dos viven en A Coruña y el otro, al que pretende telefonear, en Laxe. «Agora virá o meu fillo e xa verás, xa», repite.

La Guardia Civil y la Policía Local conocen bien la zona. También el alcalde de Cabana, José Muíño, ha intentado mediar en el conflicto. ¿La solución? En principio, ninguna, a no ser que los juzgados decidan expresamente sobre las pertenencias y que sus sentencias sean ejecutadas. La familia Amado asegura que los jueces ya han declarado que el lugar en donde se ha cruzado el remolque y se ha depositado el estiércol es un camino público. María Varela insiste que de ninguna manera piensa ceder, que esos terrenos son suyos y punto: «Poden ir por outro lado se queren, pero o único que lles gusta é amolar e provocar».

Intentos de razonar

«Hai anos intentamos razonar con eles, pero nada», dice Herme. Un poste de electricidad justo a la entrada del manido camino agudiza el conflicto. También un muro. Y las aguas fecales que caen por la orilla de la carretera y que, dicen los Amado, provienen de la casa de la vecina de la discordia. «Ela é parente da miña avoa, que ata lle cedeu unha parte da finca, porque ela non tiña nada. E mira que fai», reitera Herme. Pegada a la casa de María Varela, vive una viejecilla en una finca, por cuyo exterior discurre el regato de las fecales que denuncian las vecinas. ¿Qué dice esa anciana? «Prefere calar, claro. A esa señora tamén lle fixo moito dano. É unha tortura para todos», exclaman las Amado.

Las tensiones se remotan a casi un siglo. Y por lo que se ve, los más jóvenes de la familia siguen mamando la dureza de las rencillas. La tradición se perpetúa.

María Varela regresa a su finca. Desde allí sigue reclamando la propiedad del camino. Su marido asiente de fondo.

En los pocos metros que separan ambos domicilios, la tensión no pasa de verbal, pero todos están de acuerdo que algún día todo explotará. «¿E non teñen medo?», pregunta el periodista a las partes.

María Amado responde rauda: «¿Medo? Estou cagada...».