CUANDO la Guerra Fría saltó al espacio exterior con el lanzamiento del Sputnik I, los satélites más conocidos en Galicia eran los músicos de la orquesta coruñesa por excelencia. Los Satélites de Pucho Boedo garantizaban lleno en todas las verbenas, y felicitaciones a los de la comisión de fiestas. Para avisar de que empieza la actuación de la orquesta, todavía se utiliza el método de la bomba de palenque; el ingenio más aproximado en Galicia a los cohetes que suben hacia el espacio exterior. El fogueteiro fue, quizá, de lo más parecido que teníamos a los científicos que trabajaban en laboratorios militares para extender la Guerra Fría a la atmósfera. Por eso, el anuncio de que la Xunta analizará la viabilidad de lanzar un satélite de órbita baja para suturar la brecha digital ha causado el estruendo de una bomba de palenque. No habían pasado doce horas, y ya se estaban haciendo chistes sobre la forma del aparato -que si de zueco o de centollo-. A día de hoy, cualquiera puede enviar un satélite si paga para que se lo fabriquen y se lo lancen, sea el contratante una Xunta, una empresa o un millonario caprichoso. Sólo es cuestión de dinero. Lo saben muy bien en Bruselas, donde el proyecto de la UE de colocar en el espacio treinta satélites -el programa Galileo- lleva cinco años dando vueltas alrededor de los despachos de los burócratas porque la iniciativa privada ha dejado de soltar euros. Mientras tanto, a cada minuto que pasa, miles de europeos se suman a los millones que ya dependen del GPS (sistema de posicionamiento global) para volar, navegar o para viajar sin mapas en el coche particular. A todos ellos les guía el Ejército de los Estados Unidos, propietario de la red de satélites del GPS, frente a la cual la UE pretende crear una alternativa muy necesaria con el demorado proyecto Galileo. El lanzamiento esta semana de Galicia hacia la carrera galáctica también ha azuzado la guerra fría que se traen los bandos de la Xunta. No habían pasado 24 horas del anuncio y el conselleiro Fernando Blanco, BNG, ya había desplumado el satélite de Touriño, a quien la propuesta apadrinada por la fundación de empresarios que ha creado a su alrededor se le fue de las manos. A través de fundaciones u organismos paralelos de nueva creación o ya existentes, cada uno de los dos partidos de la Xunta intenta actuar y acaparar poder en áreas de gobierno que tiene asignadas el otro. En el caso de Innovación, el conselleiro titular, Fernando Blanco, no hace falta que diga en público que concibe como una incursión malévola del PSOE en su territorio la Fundación para a Sociedade do Coñecemento -de la cual saldrán proyectos más razonados que el satélite de órbita baja para mirarnos a nosotros mismos-. Porque es una intromisión del rival, a la primera de cambio se vengó apoyado en argumentos técnicos y desacreditó la propuesta, casi hasta la parodia. Pronto se enterrará en el olvido el Galisputnik no nato. Pero una ocurrencia tan poco meditada ha servido para dar un salto en el espacio y poner el acento político en el déficit de Galicia en las nuevas redes de telecomunicaciones. Esas que no necesitan asfalto, ni cemento, ni traviesas, pero que son igual de vitales.