Las ventajas del atraso

Jorge Casanova
Jorge Casanova OUTEIRO

GALICIA

Reportaje | La vida en el pueblo La estructura social en el mundo rural portugués es muy sólida, con muchos niños y pocos mayores viviendo solos. Pero el éxodo a las ciudades empieza a tener su impacto

30 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

Son las nueve de la mañana en Outeiro, una freguesía (equivalente a una parroquia en Galicia) con 1.200 habitantes dispersados por un sinuoso valle. El conductor del camión de Superbock apila cerveza a la puerta del bar, que todavía no ha abierto. Cuando llega el dueño hay ya 32 cajas y 3 barriles esperando para entrar. Outeiro despierta a un largo fin de semana de fiestas en el que honra a tres patrones y la noche se presenta dura. «Hoy estaremos cinco a despachar», dice Antonio Painhas, el responsable del negocio. Habrá orquesta, baile y jarana para los vecinos de este pueblo al que hace año y medio le colocaron a 500 metros una salida de la nueva y lujosa autovía A-28, algo por lo que cualquier alcalde gallego mataría, pero que en Outeiro apenas ha tenido relevancia. Treinta años atrás Es un argumento común entre los gallegos que conocen Portugal comparar la vida en el medio rural luso con la que existía en Galicia hace 30 años: lugares con problemas o sin electricidad, viviendas sin baño... imágenes vinculadas al atraso. Outeiro parece responder al tópico, pero el atraso se manifiesta con características y lecturas diferentes. La actividad principal de Outeiro es la agricultura, en la mayoría de los casos de subsistencia, más el cuidado de animales para carne, porque la regulación láctea se llevó a todas las frisonas por delante. La segunda actividad en importancia es la construcción civil, pero con una relevancia infinitamente inferior a la de los florecientes huertos y a las cuidadas viñas del valle de Outeiro. La consecuencia es que el colegio del pueblo, al que van los niños de hasta diez años, tenga la friolera de 76 alumnos, la verdadera razón por la que un alcalde gallego debería matar. La huida hacia la ciudad, sin embargo, empieza a notarse. Antonio, el responsable del bar, tiene dos hijos. Ambos trabajan en Viana do Castelo (10 kilómetros). El mayor va y viene todos los días. La pequeña trabaja en una tienda y ya no regresa. Se las ve duras para pagar la hipoteca, pero ha decidido quedarse en Viana. Puerta de salida La autovía empieza a mostrarse como una puerta de salida, por la que también se van un buen puñado de jóvenes y no tan jóvenes a buscarse la vida en las obras de Galicia. Pero, de momento, la estructura del pueblo es sólida y eso tiene sus ventajas. En Outeiro, por ejemplo, el servicio de ayuda a domicilio es tan precario como en Galicia, pero mientras en el rural gallego es una necesidad acuciante, en Outeiro es sólo una necesidad con una demanda escasa porque hay muy pocas personas mayores que vivan solas. En la escuela hay poco barullo. La mayoría de los chavales se han ido al teatro, a Viana, y sólo quedan los de preescolar. En el patio vacío, Cristina, una educadora con 17 años de trabajo en el centro, se queja de lo apretada que está la vida: cobra 493 euros por una jornada de 35 horas semanales. Su marido, con 29 años de antigüedad en una compañía de seguros, recibe un salario de 1.020 euros y de ahí aún tienen que deducir los impuestos de la renta (55 euros en su caso) y pagar la hipoteca (402 euros) de la casa que se han construido en el pueblo: «Si me propusieran hacerme española, no lo dudaba, me hacía ahora mismo», dice entre risas. Pero yo no me lo creo. El supuesto atraso del rural portugués ha impedido al parecer el desarrollo de fenómenos tan gallegos y tan modernos como el del feísmo. Resulta insólito visitar una localidad en el norte del país por pequeña que sea que no cuente con algún espacio urbano singular, tratado con gusto y respeto. Las construcciones nuevas pertenecen en muchos casos a emigrantes retornados que invierten parte de sus ahorros en viviendas que dan aliento a las pequeñas industrias locales. El pasado fin de semana, Outeiro vivió sus días más animados del año y se dejó casi 25.000 euros en organizar unas fiestas como las de cualquier pueblo gallego. La diferencia es que, tras la fanfarria, en Galicia la gente regresa a las ciudades para hacer su vida cotidiana, y en Portugal la mayor parte de los que estuvieron en la fiesta del pueblo todavía se quedan en él al día siguiente.