Wonenburger estuvo en Yale, Ontario y fue profesora en la Universidad de Bloomington (Indiana).
15 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.A MARÍA Wonenburger le gustaron siempre las matemáticas. Tanto, que aunque su padre estaba empeñado en que estudiase una ingeniería, lo convenció para irse a la Complutense a hacer exactas, y luego ya verían. Desafortunadamente, su padre falleció un año después de finalizar la carrera, por lo que María ya pudo dedicarse plenamente al álgebra moderna. A finales de los cuarenta las mujeres en las facultades eran pocas. Y en matemáticas, menos. «Siempre hubo profesores sin un entusiasmo particular en que estudiase una mujer», bromea María, que se marchó en el año 53 a la Universidad de Yale con las primeras becas Fulbright concedidas en España. Allí comenzó la brillante trayectoria de esta matemática de 79 años que hoy recibe un reconocimiento en Santiago, en el marco de unas jornadas en las que se presenta la Unidade de Muller e Ciencia en Galicia. De los Estados Unidos, a María le llamó sobre todo la atención la familiaridad que había entre profesores y alumnos, algo que desde luego no ocurría en España. Aunque regresó a su país a los dos años, decidió que su carrera profesional se desarrollaría en aquel país, cuando su familia insistió en que opositase a una cátedra, lo que le parecía «una pérdida de tiempo». En Estados Unidos se codeó con los mejores matemáticos del país. Uno de sus alumnos fue el prestigioso Robert V. Moody, e incluso en torno a ella circula un rumor sobre su relación con el proyecto Manhattan, cuyo objetivo final -tristemente logrado- fue desarrollar la primera bomba atómica. María aclara el rumor. Ella no trabajó en el proyecto. Sólo matiza que un verano hizo prácticas en un laboratorio de física hallando valores de una ecuación. En qué trabajaban otros compañeros del departamento, no puede confirmarlo. Desde que volvió a Galicia prefiere pasear y acudir a conciertos, «porque aunque tengo muy mal oído me gusta mucho la música». Esta experta en álgebra poco amiga de las nuevas tecnologías y que no se casó porque no ha tenido tiempo, asegura que para tener vocación matemática «hay que tener una mente abstracta».