A los nueve años emigró desde Pontevedra a Baleares; su etapa como vendedor de ilusión fue la más importante de su vida
22 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Preside una organización que, al finalizar el 2005, tenía más de 67.000 afiliados. Miguel Carballeda Piñeiro (Pontevedra, 1959) cree firmemente que la fuerza sólo puede ser producto de la unión. -Con estos apellidos, no podía ser madrileño, no... -Desde luego, aunque a los nueve años tuve que emigrar con mi familia a Baleares. -Acaba de ser nombrado presidente de Unidad Progresista... -En enero hará 25 años que tuvimos en la ONCE las primeras elecciones democráticas. Unidad Progresista nació de la fusión de grupos progresistas internos, aunque sin ninguna relación con los partidos políticos de fuera. -Lo de progresista es una declaración de principios... -Sí, y de la capacidad que los ciegos españoles siempre han demostrado para afrontar sus problemas unidos, porque no se los arreglaba nadie. Hemos conseguido la unión del mundo de la discapacidad en general, 3.500.000 ciudadanos en España, más sus familias. -¿Va cumpliendo metas? -Sí, pero lo hemos pasado muy mal. Nuestras ventas han descendido y nosotros vivimos, casi al cien por cien, de la recaudación de nuestros juegos. ¿Por qué han descendido? Porque hay una dura competencia desde la propia Administración, como en pocos lugares del mundo. -Le he oído quejarse de que las loterías del Estado ganan cada vez más... -Claro, porque además se puso en marcha una lotería europea, que empezó como una broma, pero ahora fíjese: el último premio era de unos ochenta millones de euros para un solo ciudadano. Eso me parece una barbaridad. -¿Competencia desleal? -Socialmente no es muy saludable para la población, no adelantamos nada y se perjudica seriamente la actividad de la ONCE, que no existe en ninguna otra parte del mundo. -¿Cómo le hacen frente? -Con muchísima imaginación y trabajo. Los españoles no saben que nosotros no podemos hacer un sorteo extraordinario en Navidad. -¡Anda! ¿La Navidad es exclusiva de los niños de San Ildefonso y del calvo? -Es injusto, pero hay una veda. Este año, al calvo no lo han aforado [sonríe]. Defendemos que tenemos que tener un límite de recaudación impuesto por el Gobierno, pero también que nos dejen llegar a ese límite. ¡Es como si a La Voz de Galicia la obligasen a editar en blanco y negro, en papel rosa y, además, le prohibieran hablar de política y de deportes! -¿Qué le preocupa para lo que le queda de mandato? -Una seria apuesta por las tecnologías, porque nos pueden desenganchar de ese tren del progreso. El apagón de la televisión analógica puede hacer que un ciego sea mañana un marginado con un mando a distancia en la mano si la televisión digital no se adapta. Y me preocupa mucho el juego ilegal, que sigue campando en este país a pesar de las diferentes promesas electorales. -Parece que la ONCE hubiese existido siempre, aunque no hace tantos años que muchos ciegos se ganaban la vida cantando coplas... -¡Yo lo vi antes de salir de Pontevedra! Era una ONCE pobre, por eso algunos cantaban coplas, porque ganaban más que vendiendo aquellos iguales de tres cifras. Hemos conseguido una organización modélica que ya la quisieran en otros países y tenemos la ayuda de la sociedad española porque así lo reconoce; si por los premios fuera, nosotros no seríamos competitivos. Nuestros juegos son el impuesto social voluntario más importante del mundo. -Preside el Comité Paralímpico ¿Tiene tiempo para algo que no sea trabajar? -Le dedico todo el tiempo que puedo a mis hijos, Laura, que tiene diez años, y Héctor, que va a cumplir nueve y que tiene síndrome de Down. En mis ratos libres hago pocas cosas: leer, ver Televisión de Galicia... ¡Y esperar el puente de la Constitución! El 6 de diciembre será mi cumpleaños y el 9 el de Héctor y nos iremos a Muxía. -Me han soplado que conoce tan bien su organización que incluso usted mismo fue vendedor... -Una de las grandes preocupaciones de una gallega como es Azucena, mi madre, era sacarme adelante. ¡Quién le iba a decir que iba a convertirme en presidente de la ONCE! El 18 de marzo de 1978 empecé a vender en Palma aquel cupón de tres cifras a diez pesetas, casi diez años y la etapa más importante de mi vida. Vender el cupón es un máster en la calle. -Algún premio daría... -No era muy bueno, pero lo intentaba.