El narco brazo de la ley

GALICIA

Estados Unidos detiene a los jefes del servicio antinarcótico de Guatemala, a los que acusa de colaborar con traficantes, con la artimaña de invitarlos en Virginia a un curso policial

17 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

El capitán Castillo, el teniente Aguilar y el sargento Palacios se regocijaban escuchando los elogios que el Gobierno guatemalteco les tributaba. Sus hojas de servicio no hacían otra cosa que adquirir proporciones faraónicas, con atinadas actuaciones contra algunos de los más afamados narcos de la zona. No había duda, se trataba de los tres mejores sabuesos del cuerpo, que se habían ganado la admiración de sus compañeros y hasta de la DEA norteamericana, que los instruyó. Pero salieron ranas. En lugar de frenar el trasiego de cocaína hacia Estados Unidos se hacían los suecos. La historia parece sacada de una película de coña: el capitán Castillo, jefe del Servicio de Análisis e Información Antinarcótica de Guatemala, pronto se volvió un animal hambriento de riqueza que saqueó dinero sin freno. Ya a los pocos meses de su nombramiento se hizo querer por algunos de los más temibles narcotraficantes colombianos y venezolanos. Su misión: hacerse el loco. Tan pronto atracaba un barco en Guatemala cargado hasta la chimenea de cocaína, el capitán Castillo le echaba morro. Ni lo veía. Así tuviese las proporciones de un trasatlántico, que él miraba hacia otro lado. Pero su éxito se hundió repentinamente. A la DEA (Departamento antinarcóticos de Estados Unidos) le llegó el soplo de que su fiel escudero en Guatemala no era trigo limpio. Investigaron y confirmaron sus sospechas. El lince Castillo se la había jugado y los norteamericanos tenían sed de venganza. Temían que en Guatemala fueran castigados con una multa ínfima, incongruente con el tamaño de su felonía. De ahí que idearan una forma de atraparlos. De lo más rocambolesca. Enviaron una carta a los tres agentes con billetes de avión a Virginia y una invitación para asistir a un curso policial. Al capitán Castillo, al teniente Aguilar y al sargento Palacios se les hizo la boca agua. Una semana con gastos pagados a cuenta del Tío Sam suponía para ellos una golosina irrechazable. Y allí se fueron. Pero nada más bajarse del avión en Estados Unidos, agentes de la DEA les pusieron los grilletes. Estrellas mediáticas Estos delincuentes que llegaron a ser aclamados en la prensa del país como estrellas, que con gran exhaustividad contaba los logros de estos hombres, les negaban el principal, pues los agentes, aunque achacosos, eran unos sinvergüenzas. Los que tan bien hablaban de ellos son hoy los que con más ganas les cincelan el epitafio. Ahora aprovecharon el desliz para escarnecer su prestigio y rememorar su hilarante historial de meteduras de pata, algunas flagrantes y apoteósicas. Como el haber ocultado en la sede del departamento antinarcóticos de Guatemala 19 kilos de cocaína y 23.000 dólares. Por no hablar de la entrevista que concedió hace seis meses el capitán Castillo a un periódico guatemalteco: «Dejaré el cuerpo el año que viene porque mis superiores no me apoyan». Ahí acertó. Ya no estará en el cuerpo.