EL PRESIDENTE de Aragón vive en su casa familiar de Huesca y despacha en Zaragoza; el de Asturias hace una vez al día el recorrido Gijón-Oviedo-Gijón; el de Castilla-La Mancha, en cambio, se afeita, se viste y celebra los consejos de gobierno en el palacio de Fuensalida, construido en la misma piedra que el resto de Toledo.
29 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.España no es una nación de naciones, pero al menos cada presidencia posee su idiosincrasia. Seis comunidades cuentan con una residencia oficial. Chaves ordenó construirla en la reforma interior emprendida en el palacete de San Telmo, y en las demás el cargo no incluye hogar. Sea porque éste es un país plurinacional o sólo porque las 17 autonomías están todavía muy lejos de gozar de una identidad ordenada y simétrica, ni siquiera en las que incluyen residencia oficial existe un único modelo. Al símbolo de poder que representa Ajuria Enea en el País Vasco sólo es equiparable San Telmo, en cuya proyección se ven a leguas las huellas del ex presidente manchego José Bono. En las Canarias, por aquello de la insularidad, hay dos: en Gran Canaria y en Tenerife. La que ocupa Ibarra en Mérida sólo sirve para la vida privada de la familia, porque su estrechez le impide albergar el despacho oficial y los consejos del Gobierno extremeño. Como en la de Navarra durmió el infausto Urralburu, su sucesor se quedó en su domicilio particular, quizá por supersticioso. En Valladolid, la residencia es un simple piso grande, como otros muchos de la misma calle Recoletos. Galicia tiene Monte Pío, una construcción de Gallego Jorreto sobre una colina que mira a la catedral y donde, si el viento no sopla del norte, la Berenguela anuncia la hora. En cambio, aquí es como si Monte Pío todavía no existiese. La totalidad de las autonomías reservan a la sede de la Presidencia -en los casos ya citados, también domicilio- un edificio singular que transmite la jerarquización del poder. Son comunes los palacios, como San Esteban, Murcia; Manises, Valencia; la Real Casa de Correos, Madrid; Sant Jordi, Cataluña; o el Consolat de Mar, Baleares. En Galicia existe Monte Pío, pero el despacho antes de Fraga y ahora de Touriño está ubicado en San Caetano. Es un lugar triste y gris, como la sala que alberga las reuniones del Ejecutivo, tan ridícula y estrecha que si un conselleiro de piernas largas las estira le da en la canilla al de enfrente. Manuel Fraga obtuvo el apoyo unánime de los grupos parlamentarios del PSOE y del BNG para construir un símbolo común del poder político en Galicia. El valor que tuvo para levantar Monte Pío le faltó para dar el paso definitivo. Porque ni despachó ni reunió allí a su Ejecutivo. Las pocas veces que le confirió al conjunto arquitectónico el significado de algo más que una habitación con una cama fueron porque estaba convaleciente o para recibir a miembros de su partido en la crisis que desató el Prestige, preludio del ocaso de sus mandatos. Su sucesor tiene en sus manos cambiar los signos del poder autonómico; abandonar el oscuro cuartel de San Caetano. Puede hacerlo o puede ocurrirle a Monte Pío lo que al primer hueso de dinosaurio, antes de que se conociese que aquellos animales gigantes habían existido. Lo descubrieron en Nueva Jersey en 1787, pero no supieron ver qué significaba y lo metieron en un almacén.