Reportaje | Revolución en el Camino Turismo estudia cobrar en las hospederías del Camino de Santiago para mejorar el servicio, lo que ha reavivado el debate entre hosteleros y peregrinos
01 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.El tiempo, el uso y la incultura han dejado su huella en los 19 albergues que gestiona la Xunta a lo largo del Camino Francés entre las montañas de O Cebreiro y la tumba del Apóstol. Todos ellos necesitan reparaciones después de un año que, en términos cuantitativos de paso de peregrinos y excursionistas, ha sido un auténtico éxito. Las albergueiras se dividen ahora en dos grupos. Las que miran con desconfianza el posible pago de una tarifa por parte de quien pernocte en esas instalaciones y las que optan por el silencio absoluto ante esa medida anunciada como digna de estudio por la Dirección Xeral de Turismo. En los albergues se ha colocado una hucha para donativos, que recibe más la visita de los extranjeros que de los nacionales. De esa hucha se sacan en ocasiones cantidades ridículas, que son controladas por la Sociedade Anónima de Xestión do Plan Xacobeo, dependiente hasta ahora de la Consellería de Cultura y, desde hace semanas, de la de Industria. Como globo sonda, súmesele a todo lo anterior la noticia dejada caer desde la nueva Administración autonómica de que esas instalaciones podrían pasar a depender de los ayuntamientos. ? Cebreiro. La albergueira de la primera hospedería del Camino nada más entrar en Galicia, la popular Edita, no para. Ha hecho buenas migas con la responsable de la oficina de información, llamada también Edita. El albergue es su segunda casa, aunque los bajos reclaman una mano de pintura, los sillones se ven muy gastados y los techos de las duchas aparecen saturados de humedad. El alcalde de Pedrafita se lamenta de que el albergue esté «abandonado por parte de la Administración». Las cosas se ven distintas desde la siguiente parada, Hospital, con 18 plazas. Conchi no quiere opinar sobre si hay que cobrar o no a los peregrinos, pero sí lo hacen cinco peregrinas italianas en la cincuentena: «Cinco euros para agua y limpieza sería lógico», dicen. Triacastela. En este establecimiento -el único con albergueiro, así en masculino- un enchufe reclama su inmediato cambio, hay que repetir lo de la pintura, y el techo de uno de los baños de mujeres muestra que hace tiempo que no se ocupan de él, humedades y bacterias se han instalado. Calvor. Ofrece una buena cocina, y excepto unos rasguños en el exterior, por dentro muestra una cara amable: ha sido pintado el pasado enero. Quizás necesite alguna ducha más para sus 22 plazas, y su albergueira, María Jesús, cree que si se decide cobrar «eliminaríase parte desa xente que chega esixindo e moitos maleantes». Sarria. La calle Mayor de la localidad es el escenario del bum de los albergues privados, con los que comparte espacio el de la Xunta, con una pared del comedor muy rozada y otra desconchada por la humedad en las escaleras. Semeja un local grato, con piedra en las paredes. Barbadelo. El albergue lo conforma una escuela unitaria bien rehabilitada. En una de sus 18 camas se ha tumbado Alfredo, ciudadano de Ponferrada que lleva cuatro años haciendo el recorrido Astorga-Compostela. «Claro que habría que abonar algo, como tres euros o así, porque si no mucha gente se toma esto como el pito del sereno y no te deja ni descansar, y yo tengo algún problema de estabilidad y necesito dormir bien». Alfredo asegura que nunca se detiene en O Cebreiro: «Por experiencia sé que en los albergues aislados como éste hay menos gente joven que los que abren sus puertas a las villas y que son más tranquilos». Ferreiros. Está en el municipio de Paradela. Ahí Primitiva cuenta que hace unos días tuvo que llamar a la Guardia Civil porque unos falsos peregrinos no querían levantarse de las camas. Las instalaciones se han visto beneficiadas por una reforma hace unos meses: pintura, un pequeño porche, duchas nuevas, y muebles de cocina a estrenar. Claro que todo ello dejó daños colaterales: en las plaquetas sobresalen manchas de cemento que, aunque Primitiva asegura que se empeñó en quitarlas, siguen ahí. También hay típicas frases pintadas en camas y taquillas. Portomarín. Presume de flamantes instalaciones, después de largas obras. No se ven humedades y el estado es satisfactorio. En palabras de Tina, la albergueira, «xenial, moi ben». La mujer se muestra prudente cuando se le pregunta por el cobro. «Sen cobrar nada xa protestan e esixen, cobrando vano facer moito máis», dice. Los gallegos, para esta albergueira de Portomarín, son los que más protestan, y los extranjeros -y esto último se oye en la mayoría de los albergues- «teñen moi bo trato e son os mellores». El nivel de donativos lo resume en «mínimo». Gonzar. En una pequeña aldea con un bar al lado y en la parte alta de Portomarín y en buenas condiciones. Tiina Nurmimäki, de Finlandia, dice: «España es muy barato para nosotras, y desde luego tenemos que pagar porque nada es gratis: la recogida de basura, la electricidad, el agua...». Sobre la cantidad, dice que cinco euros estaría bien. «Siempre damos donativo», finaliza la peregrina. Ventas de Narón. El último de Portomarín. Inaugurado en el 93 -año del primer Xacobeo-, un desconchado afea la pared y un lavabo presenta una grieta no demasiado grande. Airexe no queda lejos. La albergueira ha salido un momento y se halla al frente, de manera altruista, Pedro Gil, un jubilado de Levante con 81 años. Se trata de un veterano del Camino, que lo ha recorrido en 16 ocasiones echando una mano aquí y allá. «Hay que cobrar, desde luego que sí, porque lo de los donativos no es nada. Y eso que dicen de que disminuiría el número de peregrinos yo no me lo creo». Christopher y Liza, una pareja alemana que se encuentra en la zona rumbo a Compostela, se muestran de acuerdo: «Una pequeña tarifa estaría bien, como cinco o seis euros, y así podrían estar más limpios». Palas de Rei. Es un choque visual. El albergue ocupa un buen y clásico edificio que se levanta frente al ayuntamiento, y que todo el verano tuvo que soportar fuertes olores desagradables de los antiestéticos contenedores situados enfrente. Es el más baqueteado de todos: el pasamanos se ve muy rozado, ha habido que poner carteles pidiendo que no se pinten las paredes y los sillones tampoco pueden ocultar su deterioro; las paredes de los baños y de parte de las habitaciones están desconchadas. El barcelonés Joseph, que arrancó a andar en León, lamenta que ahora pueda entrar cualquiera en un albergue, y que si se cobra «se evitaría el desmadre». No oculta su crítica: «Aquí en Palas la limpieza es mala, los baños son mixtos y para ducharte no te puedes separar bien con una cortina...», pero no se define sobre el pago. Casanova. Aparecen por allí tres jóvenes checos literalmente derrotados. Uno de ellos, Teresa, dice que llevan muy poco dinero y que para ellos es mejor que no se cobre. «La tarifa, si se pone, debe ser inferior a veinte euros», dice. Un familiar de la albergueira, que se ha quedado al mando durante un rato, dice que «hai moi pouco tempo que se rehabilitaron moitas cosas aquí, e temos lavabos novos». Pocos inconvenientes se pueden poner a este albergue. «Italianos e portugueses, xunto cos españois, son os máis difíciles de levar», afirma el familiar. Melide. Es enorme: 130 plazas en literas y 80 colchonetas, todo él muy oscuro. Algún enchufe está destartalado. Concepción, la albergueira, se encarga de la limpieza y mantenimiento de todo el edificio, que fue pintado en el 2004 pero que reclama otra nueva mano. «Acaban de utilizar un extintor e puxeron todo perdido, e hai uns días fixeron o mesmo con outro», dice. Sobre si habría que pagar responde: «¡Aínda así, gratis, esixen...! Y añade: ¡Se ve como deixan isto cando marchan!». Ribadiso. Presume de diseño y espera al viajero en muy buen estado de conservación. En él está trabajando, codo con codo con la albergueira, un voluntario de Alicante que se empeña en defender las lenguas autóctonas ante todo aquel que le quiera escuchar. Cree que sí habría que cobrar, pero uno o dos euros por noche y persona. En el de Arzúa, cuatro kilómetros más allá, Vera, madrileña que arrancó en Triacastela, lamenta que no haya papel higiénico en los albergues y no se muestra contraria al cobro. Santa Irene. Está aislado. En junio de esta año se pintó la entrada, la cocina y el salón. Su albergueira no duda de que si se cobra «baixaría o número de peregrinos», y lo resume así: «Sería bo para os albergues e malo para o turismo». La mujer coincide con alguna de sus colegas al afirmar que los españoles exigen más y se quejan «do estado do edificio, de que se termina a auga...», y que los extranjeros «son unha marabilla, sempre moi agradecidos». Es visible una gran mancha vertical de humedad en una de las cuatro habitaciones. Pedrouzo. Está muy mal situado, en una hondonada nada grata, está muy rozado y el entorno inmediato necesita algún tipo de arreglo visual. Es el penúltimo, y los peregrinos llegan cansados, muchos de ellos sucios y la imagen no resulta idílica. Queda el de Monte do Gozo, el más utilizado y también el más cuidado. Como manifestó a este periódico una albergueira que pidió el anonimato -«Eu non me quero meter en líos. Fago o que me mandan»-: «Moito coidado con iso de cobrar porque o Camiño é unha riqueza para Galicia e pódena matar nun ano». Otra además añade: «Se se lles cobra dez euros pedirían máis e non aceptarían durmir en sacos». Y una tercera remacha: «Cinco euros xa sería moito».