«Agora cóllense, como moito, cen gramos»

GALICIA

La desembocadura del Miño es el último reducto de la angula gallega. En sus orillas se encuentran los viveros más importantes. Pero el negocio ya no es lo que era.

14 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

Desde que comenzó la campaña, en noviembre, las capturas han sido escasas, y, sin embargo, más que suficientes. Esta Navidad no ha sido necesario recurrir a las importaciones, porque el precio era tan desorbitado que la demanda cayó en picado. «La cosa sigue igual en enero ?asegura Montse Gago, de Angulas Galán?, con lo cual el mercado nacional no demanda ni un kilo, va todo para exportación». Ni siquiera desde el sector se encuentra justificación para que un kilo de angula cueste más de mil euros. Pero sí explicaciones. La primera está relacionada con la merma que se produce desde que los animales entran en el vivero hasta que salen al mercado. Por cada día que permanecen en cautividad, las crías pierden un 1,5% de su peso, ya que se nutren exclusivamente del oxígeno que hay en el agua. Ese período suele durar unos ocho días, el tiempo necesario para conseguir el lomo negro, que es el principal distintivo de calidad. La merma final ronda el 10%, al que hay que sumar otro 30% que se pierde durante la cocción, de modo que, cuando el proceso termina y el producto llega al mercado, el kilo por el que se habían pagado a los pescadores 400 euros -cotización de la última marea en el Miño- se ha reducido a 600 gramos. Pero el motivo fundamental de que las angulas sean más caras que cualquier marisco es su escasez. Mercedes todavía recuerda cuando su marido llegaba a casa con siete u ocho kilos después de una noche en el Miño. «Agora cóllense, como moito, cen gramos», asegura. Tal vez por ese motivo son cada vez más los pescadores que optan por dejar las redes en el muelle, igual que, no hace muchos años, fueron abandonados los trueiros en la desembocadura del Anllóns, entre Ponteceso y Cabana, y bastante antes dejaron de utilizarse los cedaños en el río Oria, en Guipúzcoa. Los vascos fueron pioneros en la pesca de la angula, y, aunque la especie está agotada, el negocio continúa, porque los empresarios han trasladado sus viveros a países como Francia o Portugal. Igual que los anguleiros del Anllóns atribuyeron la escasez a las extracciones masivas de arena, los del Miño creen que la contaminación de su cauce tiene mucho que ver. Sin embargo, el problema parece estar, básicamente, en las corrientes. Las larvas simplemente se dejan arrastrar desde el mar de Los Sargazos hasta las costas europeas, y todo depende de dónde vayan a desembocar. «A lo mejor entra en ríos de Holanda o de Dinamarca, donde no se pesca», señala Montse Gago. Pero el caso es que a Galicia hace ya unos cuantos años que no llega angula, y «a pouquiña que hai ?explica Mercedes- vén como se o río non tivera forza». A pesar de todo, en la desembocadura del Miño, tanto en la orilla española como en la portuguesa, algunas luces todavía alumbran en las noches de luna nueva para atraer a las pequeñísimas crías de anguila hasta las redes. Todos insisten, con más esperanza que otra cosa, en que no se trate más que de un nuevo ciclo en el ir y venir de la angula a la costa gallega: «Xa hai moitos anos que desapareceu tamén, e logo volveu». Cuando nació la hija de Mercedes, hace 35 años, su marido decidió celebrarlo por todo lo alto. Se fue al río y regresó con las angulas necesarias para preparar una tortilla «boísima». «Antes non se lle daba importancia», apunta esta antigua intermediaria entre los pescadores y los viveros. Los ribereños desconocían el valor de la especie y ni se les pasaba por la cabeza que un japonés pudiese pagar medio millón de las antiguas pesetas por una larva del Miño engordada en China. Lo peor que podría pasarle a la desembocadura del mítico río gallego es que su angula siguiese los pasos del sábalo, una especie de sardina de río que podía superar los cinco kilos de peso, y que durante años fue «a riqueza da zona». En el verano se pescaba en A Guarda y en el invierno, río arriba. La extinción del sábalo es un hecho, y la lamprea, sigue su estela: «Algunha hai, pero poucas». Mercado exterior Franceses y chinos son los principales clientes de los viveros gallegos. El proceso de exportación es casi tan complicado como el de la propia reproducción de la especie. Las angulas se envían por transporte aéreo en unas cajas especiales que les permiten sobrevivir durante las más de cuarenta horas que pueden tardan en llegar a Hong Kong, donde serán sometidas a la preceptiva cuarentena. El principal hándicap de los empresarios gallegos del sector es, precisamente, la ausencia total de vuelos directos de España a China, con lo que el riesgo de mortandad se incrementa, y, en consecuencia, también el de que los asiáticos recurran a suministradores de Francia o Gran Bretaña, los otros dos gigantes, junto con España, del negocio. Los chinos exigen calidad, que para ellos es sinónimo de blancura. Por eso sólo aceptan la angula europea. Pero las granjas del país más poblado del mundo sólo son una escala más en la peregrinación de las crías, que una vez engordadas y convertidas nuevamente en adultas irán a parar a las mesas más sibaritas de Japón. Ahumada, salada o en conserva, los nipones llegan a pagar cifras astronómicas por la anguila, que es el auténtico oro del río Miño.