Dosinda Mosquera, natural de O Pino, regenta un templo de cultos afro-brasileños en Montevideo, donde se convirtió en la sanadora más célebre del país sudamericano
02 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.Dosinda Mosquera Gago nació en Lardeiro (O Pino), hace 66 años. A los 19 hizo las maletas y siguió el camino de la emigración, como tantos otros gallegos de aquellos tiempos. Siguiendo casi una tradición, en Montevideo abrió un almacén, una tienda de ultramarinos, igual que cientos de paisanos. Hasta ahí todo es normal. Pero Dosinda Mosquera cambió un día de apellido. Ya no es más Mosquera, ahora es Dosinda de Oiá o de Iansá, una sacerdotisa de una serie de cultos afro-brasileños como la umbanda, la quimbanda o el batuque. Oficia en su templo, en el 1666 de la calle de La Paz, donde recibe a sus fieles y, claro está, a sus clientes. Su marido, Fernández, explica ella, no cree en esas cosas y anda por el templo como quien no percibe que a su alrededor proliferan figuras de orixás y collares hechos con dientes de mal aspecto. Al fin y al cabo, Dosinda de Oiá tiene clientes que hacen cola para que les eche los bucios (caracoles) y el negocio parece que va viento en popa. Pero ¿cómo una gallega de O Pino, tendera para más señas, llega a convertirse en mae-de-santo (así le llaman a las sacerdotisas de la umbanda) en Uruguay? Espíritus Dosinda seguramente no sabe que la umbanda proviene de un lugar cercano a Nigeria. Tampoco tiene ningún obispo que le de reglas, así que improvisa un poco. Al tiempo que echa los caracoles sobre una mesa repleta de collares y enumera a los orixás representados (una especie de espíritus) por sus nombres tradicionales: Xangó, Iansá, Oxú, Hosanna, Iemaxá¿ toca una campana que tiene en su empuñadura una figura de Santiago Peregrino comprada en una tienda de regalos en la plaza de Platerías. Un escudo de su Galicia natal pende también de la pared del templo, junto a una representación algo chabacana de Xangó y una figura de Santa Bárbara. Dice Dosinda que ella es cristiana pero que al final todas las religiones van a lo mismo y que tampoco importa mucho cómo uno las interpreta. Ella de vez en cuando va a misa y también de vez en cuando le sacrifica un cordero a Ifá. Lo hace con el animal mirando hacia el altar, no hacia la puerta como pretenden otros paes y maes más heterodoxos. Prestigio La de Lardeiro tiene ya cierto prestigio y la tienda de ultramarinos forma parte del pasado. En su casa se hacen colas y le tienen envidia porque, parece ser, la gallega tiene buena mano: «Nosotros ofrendamos y pedimos por la salud y a veces ellos (los orixas) hacen algún milagrito», cuenta con buena geada. Dosinda tiene bastantes diplomas y viajó por cuestiones de trabajo a Argentina, Italia o Canadá. Es una auténtica experta que bate cabeza cada mañana para agradecer la vida. Dice que notó que estaba marcada por un Orixá ya en España, cuando se desmayaba en misa en el momento en el que el cura consagraba. Los padres decían que se dormía y ella lo pasaba muy mal. Ahí empezó todo y la mujer llegó lejos. Dice que nada de magia negra, que lo suyo es ayudar a la gente sólo por la voluntad. Eso sí, parece que la voluntad va cara porque el templo tiene parqué y mucho metro cuadrado que no desapareció con la crisis. Tal vez también porque Dosinda no confió en el sistema financiero uruguayo y guardó dólares, en lugar de pesos, debajo del colchón. Se entiende, es gallega. «Que tenga un buen axé», dice para despedirse. Significa suerte, no se sabe si en yoruba o en esa lengua inventada con la que le canta a Xangó con inevitable música de muiñeira.